De perfil

Llega este sábado como la tregua de una guerra que no se quiere reconocer. Y es que se vive mucho de perfil últimamente: fingiendo, adoptando posturas, existiendo hacia otro lado, esquivando con la mirada los verdaderos problemas.

Se protesta una tarde recordando el hecho de que Ceuta es española, pero al día siguiente la cosa continúa como si no pasase nada; y sobre todo: obviando lo más importante, que es que el resto de España está como Ceuta, tomada, deshecha, destrozada y ya sin solución posible.

Se asume en silencio el atraco en los surtidores de las gasolineras, en la cesta de la compra, en la entrega de los impuestos, y se prosigue, hilando una vida que intenta aparentar normalidad, con sus vueltas al cole, sus partidos de fútbol y sus Mourinhos prejubilados e incapaces ya de enderezar destinos.

Se vuelve de agosto, en fin, adentrándose con desgana en el mes de septiembre, como el que sube a una escalera mecánica y se deja llevar a otra planta donde no espera encontrar nada bueno. Pero el movimiento automatizado de los calendarios, al menos, ofrece la comodidad del dejarse hacer. La tristeza postcoito veraniego se intenta suplir con los coleccionables del quiosco: sartenes del mundo, cien entregas para montar una miniatura del último coche de Fernando Alonso que logró adelantar o una biblioteca de novelas románticas escritas por mujeres que se hicieron la permanente japonesa.

Se vive de perfil para no mirar de cara, para no ver al bicho venir de frente con sus astas de vacío existencial. Y así, retornan los matrimonios a sus conversaciones calladas; se reproduce la berrea de los coches en el atasco diario; los profesores se preparan para recibir a una nueva hornada de futuros ignorantes.

Antaño, cuando la pretensión de que fuésemos esclavos andaba solapada, ya le costaba al personal hacerse al reinicio de septiembre. Ahora, con todo tan claro, con este ataque incesante, feroz e indisimulado por parte de las instituciones, el absurdo multiplica su magnitud.

He visto a gente ir a tirar la basura esperando que el camión se los lleve a ellos, a ver si les reciclan la biografía. La cuestión es la herida, la vida cuarteada, el alma rota, que se percibe con más facilidad en este cambio de guardia entre el verano y el otoño. Y para eso sirve ponerse de perfil, para continuar con la existencia sin mirar hacia el abismo.

Pero, ay, nos quebramos, y por las grietas nos llega la luz. ¿Y si, detenidos, bien plantados, dejásemos de perfilarnos y mirásemos a los ojos del tiempo? Quizá reconoceríamos nuestro propio rostro en la cara del destino. O el de Kafka.


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