De barro y oro

Descreo de los géneros periodísticos y literarios, que entiendo como etiquetas ideales que luego, llevados a la práctica, poco tienen que ver con el resultado material de lo escrito. Sin embargo, es de ley conocer sus definiciones y saber manejarse con ellas: sólo desde el dominio de los cánones puede uno hacerlos suyos. En este sentido, de las distintas desembocaduras mediante las que la actividad periodística se vierte en las letras –quizá se pueda entender este tipo de periodismo, a su vez, como un género literario–, siento predilección por cuatro: el reportaje, la columna, el titular y la entrevista.

Digo esto porque estoy de enhorabuena: hace unos cuantos días leí con gusto De barro y oro, de Nacho de la Serna, una compilación de entrevistas en las que el autor se reúne con gentes del toro y practica el noble arte de la conversación. Se trata de charlas realizadas entre 2007 y 2013, publicadas en su día en Taurodelta, revista mensual para los abonados a la plaza de Madrid, y que ahora la editorial El Paseíllo ha tenido el acierto, uno más, de publicar. Barquerito se hace cargo de un prólogo ya valioso de por sí.

Leer e ir a los toros son dos experiencias que, para mí, tienen mucho que ver, puesto que ambas consisten en un ejercicio vicario: alguien crea una obra y el lector/aficionado aporta una percepción particular que es la que, para cada uno, dota de sentido al hecho en sí. Pocos libros me gustan como pocas veces salgo de la plaza satisfecho con lo visto. Es como ir al Museo del Prado con los cuadros tapados por una cortina e ir descubriéndolos uno a uno: casi nunca hay nada más allá del velo, pero, ay, ¿y si te encuentras con un Velázquez, un Greco, un Goya…?

Varios son los aciertos, a mi juicio, que Nacho de la Serna ha conseguido en este De barro y oro, comenzando por un título que indica que en la tauromaquia no todo es oropel y éxito, sino que abundan el légamo, la dureza, la supervivencia, el sentimiento de injusticia, el casi haberlo conseguido para después descarrilar del triunfo. Hay más cielos rozados pero no alcanzados que fincas y fortunas. La selección de los entrevistados no esquiva esta circunstancia, aunque en ella figuren nombres consagrados como los de Ángel Teruel, Joselito o El Capea. Ahí están Manili, Raúl Sánchez, José Fuentes, Chamaco o Julio Pérez Vito.

De la Serna pregunta como hay que hacerlo: con respeto pero guardando las distancias, sabiendo mucho del asunto pero formulando la cuestión como si supiera poco. Eso fue lo que me enseñó Juan Cruz, perro viejo y sabio en el oficio: tienes que saber mucho y preguntar como si no supieras nada. El autor no imposta tal actitud, se nota que la tiene interiorizada, pues el único modo de no fingir es no tener que fingir. Y consigue, un capítulo tras otro, que el libro quede permeado por esa actitud de buen periodista que insinúa, apunta y dice, pero también calla, para, sale discreto de la suerte y no oculta con adornos lo esencial. El entrevistador ha de desaparecer, prácticamente, quedar en segundo término, no robar los focos al entrevistado, que es el protagonista. Qué arrobo me invade cuando un entrevistador pretende dar clases a su interlocutor, o intenta quedar por encima a fuerza de apostillas, o fatiga el texto contando cuánto se ha preparado él para la labor, como si esto fuese un gimnasio y exhibiera el sudor a modo de logro.

No. Nacho de la Serna ha ido al meollo, queriendo saber con interés sincero qué pasa por la cabeza y por el corazón de esas gentes que se han jugado la vida en la cara del toro en busca de una gloria que sólo llegó en contadas ocasiones y, a veces, de forma efímera. ¿Es un libro de toros? Sí, claro, pero algo más. Es un libro sobre el alma humana. Y como el alma humana no cambia, estas charlas no se han marchitado, se muestran tan vigentes como cuando fueron realizadas.

Qué difícil debió de ser la de Conchita Cintrón, que cierra el libro. Tan difícil, me temo, como que a mí me guste algo –puede que por deficiencia mía–. Cuando uno encuentra algo así, como cuando ve algo extraordinario sobre la arena, qué alegría tan íntima siente y qué ganas de compartirla. Se sale leyendo de la plaza. Se sale toreando de De barro y oro. A ver cuándo sucede el próximo milagro, en toros o en letras. Y que conste que está bien que así sea: escribir o torear bien no es fácil, es muy difícil. Hasta el intento sincero posee mérito y merece respeto. Es casi imposible. De ahí su valor.


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