Apareció en el Salón de Pasos Perdidos del Senado sin que nadie supiese por dónde había venido. Contrastó ese modo de llegar tan discreto, tan suave, casi fantasmal, con el barullo reinante. En las paredes, Roger de Flor desfilaba ante el emperador bizantino y Recaredo se convertía al catolicismo mientras Boabdil desalojaba Granada en presencia de Isabel y Fernando. Pero todo ese boato simbólico se disolvió cuando Curro Vázquez, torero, Premio Nacional de Tauromaquia, comenzó a saludar sin aspavientos, con naturalidad. Yo diría que no era muy de su gusto el trance. Ser fotografiado. Ser preguntado por todos. Pasar de uno a otro de la prensa para contar cómo se sentía. Pero encaró el reto con señorío, amable, solícito, y además sin falsas modestias, sin escenificación alguna. Fue la primera de las lecciones que impartió. Se vive como se es. Se es como se vive. Se está normal, coño. Porque la respuesta a un mundo acelerado, de fingimientos, de poses y mentiras, es la verdad de un hombre de verdad. Menos IA y más torería.
Curro Vázquez es Premio Nacional de Tauromaquia y una de las razones que se han argumentado por parte del jurado –amén de su trayectoria, obviamente– es que ha mostrado a los jóvenes un toreo añejo, con sabor, de otra época. Lo hizo durante el festival del pasado 12 de octubre, cuando a muchos en la plaza de Madrid nos regresó la juventud y hasta cierta niñez. Aquella mañana Curro toreó como ayer habló en el Senado. Sin gritos, sin gestos vacuos, todo pleno de contenido, de sentido, de saber. Como se hacen las cosas. Ese cambio de mano. El estar delante del animal. Los naturales sin afectación. La categoría saliendo de la cara del utrero. Qué bien medido. Pues claro que Madrid vio otra cosa. Vio la cosa. Un modo de actuar que nace de dentro, regido por el conocimiento de lo que se hace, que se ejecuta con sinceridad y que emociona precisamente porque no miente: lo que ves es lo que hay. Y cuánto hay. Y qué bueno es lo que hay.
Curro Vázquez tomó la palabra después de las intervenciones de Victorino Martín y de Pablo Aguado, que estuvieron cariñosos, mostrándole su respeto y su admiración. Agradeció el premio acordándose en primer lugar de su familia, sufridora, dada su profesión. Y contó que lo primero que le salió de dentro cuando se enteró de que le daban el galardón fue parar en una venta de carretera y tomar el vino que le gustaba a su padre: un oro viejo. Dos. Se brinda por padre, que te ha criado y te ha puesto la vergüenza. Un hijo evocando con amor a su padre. ¿Os acordáis de cuando existía el respeto? Y mencionó a figuras que supusieron una referencia, de las que le hablaron o que él mismo conoció: Félix Rodríguez, Cagancho, Pepín, Antonio Bienvenida, Chenel… Mientras hablaba, yo me fijaba en los rostros del resto de toreros presentes, que lo escuchaban embelesados. Ahí estaban el citado Aguado, y Uceda Leal y Talavante, y el Fundi y Víctor Hernández y Aarón Palacio, y el novillero Emiliano Osornio, ahora poderdante de Curro Vázquez.
Qué lección. De memoria. De cultura. De humildad: dijo que se puede aprender de cualquiera. Habló regalando sentencias sin pedir nada a cambio, como mi abuelo me daba un duro para que me convidara. Sin papeles. Con la naturalidad del que está en la taberna charlándole a un amigo. Se respeta a los mayores. Se conoce el oficio. Se vive con pasión. Se trabaja con sacrificio y honestidad. Se asumen los reveses. Se toma uno un par de vinos. Y se charla. Y se comparte. Y se emplea la palabra. Y el silencio. Y todo esto sin creerse más ni tampoco menos.
Yo querría que el discurso magistral de Curro Vázquez de ayer se escuchara en todos los colegios. Y pensaba, tomando mi propio vino después, aún conmocionado, que Curro habló tal y como yo me propongo cuando tengo que charlar en serio con mi hija, sólo que a él le sale y yo siempre estoy peor que cuando he ensayado. Querría que a Curro Vázquez lo escuchasen todos los angustiados, los doloridos, los desesperanzados, los agobiados, los perdidos, los olvidados. Porque su verbo tiene algo que prende la llama en el corazón. Acompaña. Anima. Insufla ánimo, que es el ánima, que es el alma. Se intentaron decir grandes palabras sobre él, pero no es compatible la sentencia grandilocuente con Curro Vázquez, que precisa más bien de frases sencillas, hondas, flamencas, naturales y sinceras. Se torea, se escribe y se vive como se es.
Maestro, se escucha en los toros con demasiada ligereza a veces. Porque maestro no es ni puede ser cualquiera. Maestro es el que enseña, tanto de palabra como de obra, tanto por profesión como por su coherencia como persona. Pues bien: Curro Vázquez es un maestro. Y los maestros han sido, son y serán así, como es Curro Vázquez. Qué cambio de mano, ¿os acordáis? Qué torería. Qué torero.