A los campamentos que cercaban la aldea gala de Astérix llegaban las legiones romanas frescas y se encontraban con unos soldados caídos en la molicie, el juego y la falta de aseo. Los entrantes no entendían que Roma pudiese estar dando tan mal ejemplo. Sin embargo, el relevo se producía, los recién llegados recibían la primera paliza por parte de los galos y se entregaban de inmediato a los mismos vicios que antes criticaron.
Esta situación es parecida a la que se vive con los cambios de Gobierno, sólo que los apaleados somos nosotros. Yo era muy niño cuando pusieron a Suárez, Calvo Sotelo o González, pero recuerdo todos los relevos desde la llegada de Aznar. En cada uno de ellos, la situación del país parecía estar, como las legiones romanas, en las últimas. Los nuevos –da igual el color político– prometen arreglar el desastre. Entran, no cambian nada, o apenas nada, mantienen la esencia de todo lo malo que hicieron los anteriores y contribuyen con sus maldades propias. Y así, vuelta a empezar, cada seis u ocho años.
La conclusión, a estas alturas, es que da igual quien gobierne porque nadie gobierna. Gobiernan desde fuera, conforme a intereses que no se corresponden con los de los españoles. Esto ocurre aquí y en todos los países, ya que la farsa es mundial. Pero hablamos del caso español porque han puesto fecha para la fiesta de fin de curso, anunciando nuevas obras de teatro electoral, con sus escenarios, sus campañas, sus disfraces y sus mentiras.
Tiene pinta de que quienes mandan realmente ya le han dicho a Sánchez que se tiene que ir –lo quitan del mismo modo que lo pusieron: no se va él, ni llegó él–. Eso, o que quieran montarnos una guerra, que nunca es descartable. Normalmente, cuando los amos del cortijo cambian de mayoral político es para evitar el hartazgo detectado en el personal. Pero esto va más allá del hartazgo: es asco lo que una parte de la población siente, no ya por el PSOE, el PP, los podemitas, lo de VOX o los sindicatos. Es un asco generalizado hacia el sistema al completo –régimen del 78 y la UE, amén del vasallaje hacia el imperio anglosionista–.
Quien respira asco hacia este tinglado que están empleando para empobrecernos y conducirnos a la esclavitud no acudirá a la urna. ¿A qué, si no es para reventarla? Huelga general indefinida. Insumisión fiscal. Desobediencia civil. Uso de las farolas… Se escuchan medidas diversas, desesperadas, porque la pregunta, cuando alguien admite que es cierto que es todo mentira, llega enseguida: ¿Y qué hacemos? Votar no, evidentemente. Votar es lo que nos ha traído hasta aquí, hasta esta miseria, hasta estas puertas del matadero.
Y, aun así, son capaces de seguir con Sánchez. Dependerá del grado de estulticia y cobardía que hayan detectado en el ganado. Y no es un grado bajo, intuyo. Porque nadie cuenta los votos, pero sí los tontos.