Conrad

De vez en cuando pienso en Conrad, en Joseph Conrad. Cada vez que recuerdo que un señor de ascendencia polaca –aunque nacido en territorio del Imperio ruso– y cuya lengua materna no era el inglés rompió a escribir en ese idioma y de ese modo… aumenta en mí la sospecha de que la escritura posee algo innato que está ahí desde antes, con un toque mágico que se trae de serie. Sostienen algunos traductores de Conrad que el uso que hace del inglés refleja algo extraño, como si trabajase con un significado ancestral de los términos que emplea.

Hubo vaivenes en su vida, un exilio a los cinco años acompañando a su padre, naufragios de temprana orfandad –a los doce–, cambio de ciudad e idioma, en Cracovia. Pronto se hartó de la nueva situación y, ante el temor de que los rusos lo reclutaran forzosamente tal y como se hacía con los hijos de represaliados, buscó un lugar con puerto desde el que hacerse a la mar, donde es probable que encontrase su patria. O donde comprendió que se encontraba expatriado, excluido, fuera de categoría. Que no encajaba.

Antes de acabar en la marina británica, durante unos cuantos años la niebla envuelve las andanzas de Conrad. Intuyo que esa etapa de su vida es una de las zonas más literarias de este escritor. No sabemos ni lo que hizo, ni dónde estuvo, ni a qué extremos llegó. Se sospecha, se dice, se apunta… Queda convertido en un fantasma ubicuo. Hay quien lo quiere ver en el norte de España al servicio del pretendiente carlista, se habla de un intento de suicidio por amores, de un duelo a muerte, de aguas caribeñas…

Lo que sí sabemos es que contempla el horror, esa palabra tan suya. Asiste al modo en el que se está llevando a cabo el colonialismo y conoce una parte del ser humano en la que la tentación hacia la condescendencia se deshace como los recuerdos de los sueños.

Acaba estableciéndose en tierra, casándose, y durante treinta años escribe de forma arrolladora. Pero dos circunstancias me hacen aún más asombrosa la escritura de este hombre. En primer lugar, que le diese tanta pereza ponerse a escribir, algo que yo nunca habría sospechado cuando, como lector, me lancé a navegar sus novelas y cuentos. Y una cosa más: sintió Conrad lo que ahora se conoce como síndrome del impostor. No consideraba que él supiese escribir, ni acababa de entender por qué a otros les parecía tan bueno lo que salía de su pluma.

Reflexiono sobre ese conjunto: dominio tardío pero magistral del inglés, conocimiento del alma humana, pereza y, finalmente, percepción de sí mismo como un intruso en las letras, y acabo confuso y admirado. Contamos con múltiples ejemplos de personas dedicadas a escribir que no colocan dos palabras seguidas –algunas de ellas con gran éxito editorial–. Gentes que demandan que los devuelvan a párvulos para repasar el abecedario y que sin embargo se consideran a sí mismos merecedores del Nobel de Literatura –que nunca dieron a Conrad, por cierto–. Enfrente, el autor de Lord Jim o El corazón de las tinieblas. Resulta que un maestro del prodigioso artefacto de la novela se miraba en el espejo y veía a uno del montón.

A veces me topo con frases magníficas suyas. Algún párrafo he compartido, para ver si alguien experimenta mi estremecimiento. Y, mientras espero reacciones, observo el rostro del escritor, con su esmerada barba, sus ojos achinados, su expresión seria, de hombre que sólo parece aspirar a que no lo molesten más. Cómo lo haces, José, le digo. Cómo imprimes esa estructura invisible, ese modo de avanzar el texto suave pero firme, esa inminencia del desastre, esa doblez tuya, criticando el imperialismo pero obviando que uno de los más atroces fue y sigue siendo el británico.

A veces pienso en Conrad, como decía. Y entonces me da la sensación de que Conrad pensaba en nosotros. En ti. En mí. El horror.


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