Ayer me encontré con Rocío, una compañera a la que llevaba tiempo sin ver y con la que, a vuelapluma, me puse al día. Cómo te va, en qué programa estás, de qué trata –no tengo ni idea de lo que están emitiendo: yo no veo la tele más que de refilón cuando bajo al bar de Nasser y le pido que la quite o que al menos ponga un documental de animales que no moleste–.
Y me comentaba ella que su quehacer no le ocupa demasiado: llega, hace lo suyo y se larga. «¿Piensas en el trabajo cuando no estás en el trabajo?», me preguntaron hace unos años en una encuesta que se supone que calibraba mi salud laboral. «Yo no pienso en el trabajo ni siquiera cuando estoy en el trabajo», respondí. La conclusión a la que llegaron los encuestadores fue que no me vendría mal aprender a conciliar, prueba evidente de que aquella encuesta no servía para nada, como era de esperar. Ahora mi contestación sería muy distinta, porque en la actualidad sí que disfruto de una labor que considero valiosa y a la que me puedo dar sin temor a estar entregando mi vida a un absurdo.
Rocío sí se encuentra aún en ese absurdo: un programa sin sentido, como casi todos los de la televisión, cuyo único fin es crear un producto audiovisual en teoría encaminado a ejercer la propaganda ideológica pero que, en realidad, posee un objetivo más tangible: instrumentalizar el robo de dinero público por parte de la banda. Recordad: el dinero público, para ellos, no es de nadie. Y de ahí el latrocinio con lo de los impuestos.
Pero la columna no va de eso, sino de la conciliación. «Esto me permite conciliar», concluyó Rocío. Con un marido y dos hijas de cinco y tres años, la mujer mantiene el delicado equilibrio de sus horas, ocupada en cumplir con un horario laboral y en atender, a la salida, un hogar en el que siempre es poco el tiempo que le eches. Conciliar, por tanto, del latín concilium, alude a una asamblea, a una reunión: a un acuerdo. Y lo que se debate es cómo hacer posible que alguien simultanee un tiempo dedicado al trabajo y otro a la vida privada, o familiar, o en casa. También concilian quienes viven solos, lógicamente, aunque sin tantas urgencias. Por eso nos quieren solitarios, para que nos importe menos regalar horas y olvidar quienes somos.
Mi humilde consejo a Rocío fue éste: está muy bien esa conciliación de la que hablas, pero no te olvides de conciliar también tu maternidad contigo misma. Eres una trabajadora, y una esposa, y una madre. Todo eso a la vez. Pero también eres Rocío, la que leía vorazmente tres libros a la semana, la que teorizaba sobre el Quijote, a la que tanto le gustaba la conversación jugosa entre plato y plato. Y además, la que sólo tú entrevés, la Rocío íntima, que ni siquiera Rocío misma conoce enteramente.
Conciliar es permitir a la vez el mundo, o lo que el mundo espera y exige de nosotros –incluso en tareas tan nobles y plenas como la maternidad, ese palco privilegiado desde el que se contempla el crecimiento de los hijos– y la misión fundamental que recibimos al nacer, y que no es otra que conocernos, indagar sobre quiénes somos, por qué somos, hacia qué somos.
Hacer que tales retos sean llevaderos de forma paralela no es sencillo. Porque no hablamos ya de conciliar, sino de integrar, de comprender las partes que nos componen como zonas distintas de un mismo todo. Ser uno. Ser tantos. Ser muchos sin dejar de ser uno. Ser uno sin renunciar a la pluralidad. Y ese afán, en fin, no conoce fin.