No creo que en mi barrio se dé una concentración inusual de genios. Hay de todo, como en todos lados. Es una zona normal, sin demasiado que destacar ni por arriba ni por abajo, de gente fundamentalmente trabajadora y con una presencia creciente de jubilados. Sin embargo, a pesar de que aquí no contemos con demasiados aspirantes a Pitágoras o a Aristóteles, encuentro desde hace un tiempo a esta parte una serie de certezas entre mis vecinos, entre la gente de la tertulia, en la calle. Y esto que me ocurre con ellos lo aprecio también en los numerosos vaivenes que me traigo, por cuestiones laborales, de un lado a otro de España. Hablo con mucha gente, de todo tipo, y, como digo, existen unas cuantas ideas que observo que se han extendido entre una mayoría significativa y que puede que tengan poco que ver con lo que los medios de comunicación –de propaganda– cacarean e intentan vender como verdad.
Por ejemplo, no encuentro a nadie que no comprenda que la inmigración es algo que los de arriba emplean contra los de abajo. Se sabe que es un arma del poderoso contra el pueblo, que nadie se mueve de su país si previamente no se lo han destrozado y que los mismos que hablan de solidaridad son los beneficiados por este inmoral tráfico de personas. Se sabe que la masa de inmigrantes –que no migrantes: no son pájaros– se utiliza para que descienda el nivel de vida en el país receptor, que se hace mediante subvenciones a través de lo que nos roban los políticos vía impuestos y que las consecuencias sobre la convivencia resultan incontestables. Esto lo sabe todo el mundo, y no hace mella en la opinión ninguna de las amenazas del sistema, con sus epítetos de laboratorio: ni racista, ni ultraderecha, ni insolidario, ni ninguno de los adjetivos que figuran en la orden del día de los subempleados de los partidos políticos o demás instituciones causan que mis vecinos pierdan la perspectiva. Cuando sacan a sus alfeñiques a gritar en los mítines, esos lugares a los que no van más que ellos y que tan caros nos cuestan, todos en el barrio saben que están mintiendo, que simplemente cumplen órdenes y que se están forrando a cambio de destrozar el país. Sí hallo discordancia respecto a las intenciones: muchos opinan que la intención de traer a tantos inmigrantes es para que voten a los denominados partidos de izquierda. Nosotros, por contra, sabemos que esto no es así, puesto que nadie cuenta los votos y que las urnas son sólo un paripé de cara a aparentar que la masa pinta algo en este zoológico en el que nos mantienen.
Otro de los consensos de barrio es el de que todos los políticos son un banda. Unos tiran más para un lado, otros para otro, pero en general, sí tú sueltas ahora mismo «son todos iguales», nadie te replica. Ni los más abducidos se ven con fuerza ya para defender al ministro de turno, al presidente de comunidad de no sé dónde, al portavoz de no sé qué. Están todos para irse. Para entregarse, más bien. Además, se está de acuerdo también en la clara idea de que los políticos no mandan: se sabe ya que son otros quienes manejan el asunto y que ellos se limitan a robarnos mientras hacen el paripé para que andemos entretenidos y enfrentados.
Más acuerdos que percibo: los impuestos son un robo. Al menos, en estos niveles. ¿Hay que pagar carreteras, trenes, pensiones, educación, sanidad? Sí, pero una cosa es eso, que nadie lo duda, y otra es este expolio criminal al que nos han conducido. Y ya véis lo que hacen con el dinero en vez de emplearlo en lo que dicen, aunque eso cueste vidas… Se entiende el concepto: los impuestos no se nos cobran para mantener nada, sino para mantenernos pobres. Si fuesen para pagar, pagarían, y no robarían. Y si los amos del cortijo permiten a sus empleados robar es para empobrecernos.
Insisto en que estas ideas las percibo. Y las percibo de verdad. No digo que el cien por cien de la gente ande en esto, pero sí de un modo mayoritario y, sobre todo, creciente. La comprensión de que todo era un entramado para parasitarnos, el hecho de que el 78 es una trampa para que nos creamos libres en esta cárcel diseñada por la CIA, el que la UE es una herramienta de esclavitud y de pobreza a través del euro…
Y otra idea extendida: el colapso. Estamos al borde del colapso. No queda mucho para que todo se vaya al carajo. Y nadie vendrá a rescatarnos de nada. No hay nadie que pueda hacer nada. Yo no comparto esa idea de resignación, sólo digo que la percibo. Claro que llegaremos al colapso, ya estamos en él. Es una consecuencia de todo lo anterior: un país destrozado, enfrentado, empobrecido, apaleado, depauperado, desculturizado, desindustrializado, con el campo maltratado… y todo por nuestro bien.
Creo que en mi vecindad pocos se llaman a engaño ya, lo cual no significa que muchos de ellos vuelvan a votar –contra alguien, pocos a favor–. Pero el asco hacia el sistema, amigos, es el asco la clave. Los abuelos saben que sus hijos y nietos no tienen presente. Los padres saben que sus hijos carecen de futuro. Los hijos saben que sus padres morirán viéndolos acechados por la indigencia. El hambre, ya lo dijimos, los despertaría. E irá a más. Sin necesidad de ser Sócrates ni Arquímedes. Eureka…