Colapso

Si quisiésemos que un sistema colapsara, lo más rápido, eficaz y discreto sería actuar del siguiente modo: establecer un dominio efectivo sobre los cuadros de decisión, colocar en esos puestos a subordinados que asumiesen que simplemente van a poner la cara y a obedecer y –aquí estriba el quid de la cuestión– elegir para esos puestos a gente incapaz, obediente y sin escrúpulos. El ideal, llevado al extremo, indica que esos cuadros de decisión estarían ocupados en gran medida por personas previamente adoctrinadas que actuarían en consonancia con tales ideas. Es decir: que harían todo el daño posible pensando incluso que están obrando bien. Desde luego, en los lugares claves sí que habría que instalar a algunos operarios conscientes y con predominio claro de la maldad frente a la imbecilidad. Y échate a dormir, porque ese sistema estaría llamado al colapso. Inevitablemente.

Algo parecido a esto es a lo que estamos asistiendo en España. Y en Europa, además. El sistema aquí establecido en el 78, supuestamente un régimen de libertades, es la viga maestra de la que pende toda la ruina que nos asola. Porque el setentayochismo instaura varios puntos como vitales. A saber: la corrupción como el combustible que acciona las instituciones; la desarticulación de la industria, el comercio y el sector primario; la desmembración de los órganos de gobierno en reinos de taifas encaminados a crear un marasmo legislativo y presupuestario que conduzca a la ineficacia; la pérdida, vía UE, de la soberanía monetaria, y a través de ella, el paso hacia el empobrecimiento generalizado de la población. Así, para empezar. Además, el régimen, vía educacional y mediático, contemplaba machacar mentalmente al conjunto de la sociedad, dividiéndola, enfrentándola y arrastrándola a un modo de vida sumiso, manso, adolescente y que se rige por una serie de supuestos derechos y ninguna obligación, primando la subvención, penalizando el esfuerzo, imposibilitando la supervivencia de la pequeña empresa, pues se desea que todo quede dentro del Estado y nada en la sociedad civil, casi inexistente. Esto conlleva una subida salvaje de la presión fiscal, de cara a impedir que nadie logre salir de la rueda de hámster a la que nos han abocado. Claro que nadie está defendiendo la abolición de los impuestos. Claro que hay que pagar lo común. Pero de manera sensata, clara, sabiendo qué se paga y cuánto se paga. Los impuestos que padecemos en la actualidad no están encaminados a sufragar lo común, sino a provocar la pobreza. El dinero público ha de ser sagrado, frente a la postura contraria, defendida por ciertos políticos recientes, de que el dinero público no es de nadie.

Ahora que vemos los precios subir desorbitadamente es tiempo de comprender que lo que está ocurriendo es que el valor de nuestro esfuerzo vale menos que nunca. El euro de tu bolsillo –esa arma de destrucción social y económica– vale menos que el año pasado, sobre todo en países como España. Y esa inflación viene provocada por el gasto público desbordado y por una emisión de moneda contraproducente. Esto es, al menos, lo que denuncian ciertos analistas. ¿Por qué alardean de IA y no la dedican a auditar las cuentas públicas para saber en qué se está gastando la ingente cantidad de dineros de la que nos despojan? ¿Por qué estamos tan lejos de lo justo, de que se pague lo que se tiene que pagar, con partidas transparentes? Quien vea aquí un error bienintencionado no comprenderá nada, como es evidente.

Porque estamos ya instalados en el colapso. Infraestructuras que se desploman, sistemas energéticos que se caen desasistiendo al país, servicios públicos que no dan más de sí, con la educación, la sanidad y la asistencia más elemental propias de siglos anteriores. El colapso. Premeditado, diseñado, ejecutado como un rodillo durante décadas, dando igual qué actores hayan sido puestos en el atril o el escaño. Cierto que se ha acelerado en los últimos cinco o seis años, no es casual, desde 2020. Pero aquel año dieron un paso al frente, testando la docilidad de la masa, y algo les debió de decir que podían pasar a la siguiente fase. ¿Qué oposición seria se podría esperar de unos tipos que salen al balcón para aplaudir a sus carceleros a las ocho, con un trapo pestilente en la boca? Ancha es Castilla, juzgaron.

España, laboratorio del wokismo y del globalismo, padece los estertores de un sistema impuesto desde los setenta por altos poderes foráneos que, previamente, ya habían tutelado a la anterior dictadura. La actual, travestida de democracia, camina hacia su fin, como un agotado turno partido de Cánovas y Sagasta. El colapso. La dimisión del muñeco de turno no cambiará, es lógico, los efectos de un sistema corrupto e inicuo que no falla, sino que, por el contrario, cumple con eficacia sus objetivos. No se trata de un Estado fallido, sino de uno diseñado para el colapso. Y en ello estamos, como va comprendiendo, tan dolorosamente, cada vez más gente. El hambre despertará al resto. Y el crimen.


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