Ceuta

Si nos limitásemos a ver el mundo a través del discurso oficial, mediante sus medios de comunicación, esta mañana, con lo de Ceuta, estaríamos más desorientados que un pato en la Gran Vía. Lo más probable es que no pasásemos de parlotear sobre una crisis migratoria –como si lo que se está produciendo se tratase de bandadas de flamencos yendo de Doñana a la laguna de Fuente de Piedra–. Ahí andan, por lo visto, hablando de mujeres y niños, y con la matraca de la solidaridad. Se ha producido un acto de guerra, de guerra híbrida, una invasión en toda regla, planificada, organizada con el beneplácito de todas las instituciones: tanto las foráneas como las españolas.

Y he aquí el quid de la cuestión. Porque, en sentido estricto, ni siquiera podríamos hablar de guerra, entendida ésta como la confrontación entre dos países. Los países, a ver cuándo nos entra en la cabeza, también son creaciones de los de arriba. O, cuanto menos, han acabado constituyendo artefactos que ellos usan a su antojo. Todo cuanto ocurre y padecemos se halla minuciosamente elaborado. España, si nos ceñimos a nuestros contornos, quedó deshecha durante la Transición, bajo la bota de una supuesta democracia que, etiquetada como Régimen del 78, lleva casi cincuenta años siendo manejada por fuerzas supranacionales que son quienes dictan a los políticos españoles sus acciones, pese a que éstas van contra el propio pueblo español. Nos gobiernan traidores, esto dura ya décadas, al servicio de gente que nos malquiere. España ha acabado siendo un corral depredado por el globalismo, el wokismo, la Agenda 2030.

Siguen incendiando los campos, con premeditación y nocturnidad. Meten fuego de noche. Dan la orden de no detener las llamas, dejando que el campo y el monte se consuman para después instalar sus placas solares, sus centros de datos, lo que sea que hayan decidido. A la par, organizan una invasión en Ceuta, en Melilla, y quizá tiene fecha lo de Canarias, que de todos modos ya se encuentra tomada por la inmigración que ellos han promovido. La cosa es ir de emergencia en emergencia, sin dar tregua, alternando los ataques a la población para que ésta, aturdida, acepte todas las medidas que a continuación se van a poner en marcha y que están pensadas para machacarla. Acción y reacción.

El enemigo está fuera, pero también dentro. El sistema entero, de arriba a abajo, es controlado por gente a sueldo de instancias superiores y que obedece órdenes contraproducentes. Y la UE no es más que otro invento en manos de los mismos para dinamitar al continente y dejarlo hecho un erial.

Menos mal que no prestamos atención al discurso oficial. Menos mal que, por suerte, tenemos claro lo que está pasando. No es que eso nos salve, pero sí que nos evita andar diciendo tontadas, creyendo estupideces como lo de la crisis migratoria y no sé qué cuentos más.

La farsa, podríamos pensar, no da más de sí. Pero siempre hay un piso más abajo. El país se encuentra empobrecido, a los pies de los caballos, con los servicios públicos colapsados, los impuestos en niveles que han sobrepasado los de la esclavitud, una invasión que ahora se hace visible en Ceuta pero que en toda España lleva en marcha desde hace al menos dos décadas. La indigencia energética tampoco es casual. A la vista de los acontecimientos, no parece descabellado suponer que el apagado eléctrico al que denominaron apagón se trató de una prueba bélica más: no para ver cuánto se tardaba en tomar Ceuta –para eso bastan unos cuantos camiones de desarrapados–, sino para calcular cuánto les llevaría presentarse en Madrid.

Estamos mal, pero estamos mejor, como dijo Cantinflas. Porque ahora estamos mal pero es de verdad, no como antes, cuando aún creíamos que esto era de verdad, un país de verdad, con su democracia y demás parafernalia. Aquí no existe democracia alguna, ni libertad; sólo engaño, rapiña y desolación. Hala, a discutir sobre izquierdas y derechas, nacionalismos, machismos, ecologismos… Hala, a votar. Las farolas, por desgracia tan desocupadas, alumbrarán la larga noche de una población desesperanzada y que, en última instancia, va a recibir lo que merece, por crédula, por mansa, por haberse dejado convertir en un rebaño imbécil. Es injusto que paguemos todos por igual. Pero qué le vamos a hacer. No nos dieron a elegir. ¿O sí?


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