Pobre Casandra, princesa y profetisa troyana. Apolo dio y Apolo quitó, pues si bien le concedió el don del vaticinio, a la par la condenó a no ser creída. Y en ello seguimos. Casandra, metafóricamente, vio venir lo de Venezuela, pero nadie le hizo caso. Casandra nos tenía dicho que el circo mundial no es más que un escenario sobre el que una serie de actores cumplen con su papel, disciplinados y obedientes, profesionales, de cara a desarrollar un teatrito que fomenta que las masas vivan en la confusión y se dejen pastorear dócilmente. Casandra sabía que en Venezuela iban a cambiarlo todo para que no cambiase nada y que iban a quitar al muñeco de turno para simular la transición desde una dictadura hacia otro sistema de control con apariencia de democracia –en España, esto nos debería sonar, ¿verdad?–.
Los pocos que extrañamente creímos a Casandra ya sabíamos que el mundo actual se encuentra en un movimiento de placas tectónicas: están pasando los artífices del cotarro de un acto a otro de la obra de ficción, y eso conlleva un cambio en la parcelación de la ganadería. Nunca hemos de olvidar que para ellos somos ganado, nada más. Y a falta de concretar, los signos señalan hacia un mapa con cuatro o cinco zonas de influencia, a saber: América entera para los USA; Rusia con un pasillo de seguridad hacia el oeste y el sur; China poseyendo los recursos de África e incursionando en el mar –con el dominio efectivo de Taiwán– y está por ver qué pasa con la India y con el entorno de Israel, donde los ayatolás parecen haber sido llamados a finalizar su papel en esta simulación teatral que llamamos geopolítica. ¿Y Europa? ¿Seguirá siendo un ridículo protectorado USA con la población castigada y abandonada a su suerte? Es todo artificial, pero muy real. Real, pese a lo artificial.
Trump ha tomado el mando de Venezuela por una razón: porque puede, del mismo modo que todo se encamina a que se haga con el continente entero, desde el extremo de la Patagonia hasta las puertas del estrecho de Bering, la linde con el vecino ruso. Y esto incluye Groenlandia, según Casandra. El imperio americano concibe el futuro como un parapeto, y se aferrará a ese pasillo de seguridad continental.
Pero el hecho de que esté todo diseñado desde arriba no significa que, en la práctica, los empleados colocados en medio que ejecutan las órdenes recibidas desde arriba no caigan, en efecto, y vivan su rol en la ficción como una existencia cierta. Como ha ocurrido desde que tenemos memoria, los venezolanos han tomado el golpe estadounidense como una liberación de la bota que los oprimía, del mismo modo que si en Europa un protagonista externo interviniera y nos quitase de en medio a la clase política ladrona y criminal que nos parasita –tanto desde la UE como desde los gobiernos locales–, muchos percibirían en tal acción un alivio, y no una agresión. Imaginemos, simplemente, que dejan de robarnos a manos llenas y nos libramos de esta condena a la pobreza y a la servidumbre mediante el atentado fiscal y legislativo que padecemos.
Los diseñadores del parchís que habitamos están cambiando la suerte de los dados, en ese vaivén pendular mediante el que van hipnotizando a la gente para que asuma la esclavitud. No es de extrañar que muchos estén temblando, pues sienten que serán los próximos en ser obligados a desalojar el escenario. Y es que se habían creído que mandaban, que estaban ahí por méritos propios, que pintaban algo, que habían alcanzado la invulnerabilidad. ¿De qué vivirán si les impiden seguir succionando el néctar de los dineros robados? Es el problema del actor que pierde el norte y se cree su propio papel. Estabas puesto ahí porque eras útil. Cuando dejas de serlo, se te liquida. Nadie tiene poder: el poder los tiene a ellos. Y el poder los cría, los aúpa, los coloca, les ordena actuar y los elimina cuando lo estima oportuno.
Luego tenía, tiene y siempre tendrá razón Casandra: el mal gobierna el mundo y lo hace a través de la imbecilidad colectiva. Pobre princesa troyana, a la que nadie cree. Qué cabrón Apolo.