Ayer me enteré de que dicen haber encontrado un poema inédito de Lorca. La historia de cómo se ha producido el hallazgo nos suena muy conocida, porque echa mano del tópico literario del manuscrito encontrado: el cantante Miguel Poveda sostiene que compró un libro del poeta en Alemania y que ahí se encontró los versos. Por lo que he podido leer, varios expertos andan a la gresca sobre si la letra es o no la de Federico, intentando verificar su autenticidad. ¿Estamos ciertamente ante un tesoro lorquiano que Poveda ha rescatado del olvido como Indiana Jones extrajo el Arca del Pacto de su sueño de siglos? ¿O se trata de una campaña de promoción discográfica ideada por el cantante o por cualquier gabinete de comunicación que promueva sus ventas?
El lector de Lorca que uno alberga y alimenta en sus entretelas –es decir, el duende, que es el salvaje que llevamos en la sangre y que es quien se revela y se rebela cuando nos ponemos a escribir– desea que esto sea verdad y que el poema, en efecto, fuese escrito por Lorca. Dicen así los versos, por cierto:
Canta el reloj.
Cuento maquinalmente las horas.
Es lo mismo las siete que las doce.
Yo no estoy aquí.
Es la señal de carne que dejé, al irme
para saber mi sitio
al regresar.
Suena a Federico, desde luego. El canto del reloj, la señal de carne, la música del último verso como un eco del antepenúltimo… Y contiene, además, un ramalazo que yo distingo como propio del granadino, y es el hecho de que el poema incita a su continuación. Es como si el duende que citaba antes sintiese la llamada de su cómplice –Lorca y el duende eran novios– y se volviese loco –como si enlorqueciera– por ponerse a escribir más: Canta el reloj. / Cuento maquinalmente las horas. / Voy dejando espacio en el espacio / para hacerte hueco en el tiempo. / Para cuando vengas desde donde estás. / Para que vuelvas / a darme cuerda / y a desvelarme / a las lunas en punto.
Ayer, haciendo tiempo para que empezase la Corrida Goyesca, meditaba yo todas estas cosas en un café cercano a Las Ventas –pero no tan cercano como para andar atestado de multitudes–. Encontré una esquinita solitaria para tomar un café y darle vueltas a lo de Lorca. Federico, ¿te acuerdas?, le escribe Neruda. Y a mí me dio por repetir el verso del chileno. Federico, ¿te acuerdas de Canta el reloj? ¿Es tuyo ese poema?
No lo sé. Federico no me respondió. Pero luego, mientras ya estaba en la plaza viendo torear a Javier Cortés, recordé la voz de Borges diciendo que todos los hombres somos el mismo hombre –Borges, que proclamaba su rechazo por la poesía de Federico, sospecho que por saberse incapacitado el maestro argentino para alcanzar las honduras flamígeras lorquianas. Le pasaba algo parecido con Lovecraft–.
Si todos somos todos, ¿qué más da que el poema sea de Federico? ¿Es bueno? ¿Nos resuena? ¿Canta el reloj interior cuanto recuerda los versos leídos?
Sí parece triste el hecho de que en torno a Federico siempre se monte una guerra civil. No ya la que sirvió de excusa para asesinarlo –eso es el guerracivilismo: la tapadera perfecta para odiarse a muerte con el de al lado, con el vecino y con el hermano, y por eso es un arma tan terrible en manos de los poderosos que promueven que nos matemos entre nosotros–. La batalla ahora es la de los expertos que andan lanzándose obuses intelectuales. A mí sólo me interesa lo que diga el duende después de un vino de más y una vergüenza de menos.
¿Qué hora canta el reloj? Las Federico en punto.