Cada 24 de agosto cumple años Borges. Ciento veintisiete hace hoy, en 2026, el viejo sabio bonaerense. Descansan en Ginebra sus restos mortales, y uno, que no participa de casi ninguno de los rituales de masas, posee los suyos propios. Entre ellos, dos objetivos me rondan desde hace décadas: visitar la tumba de Stevenson, allá en el Pacífico, y la del escritor argentino, proyecto que se antoja mucho más factible que el de alcanzar los mares del Sur. Quién sabe, quizá el próximo invierno pueda acercarme a la sepultura borgesiana y contemplar in situ a los siete guerreros nortumbrios tallados sobre su lápida, esa extraña guardia pretoriana literaria.
Se enorgullecía Borges de haber nacido en el siglo XIX, al que consideraba superior al XX. Llegué a conocer a personas decimonónicas: las más ancianas con las que coincidí en mi infancia temprana. Provenir de aquel siglo parecía obra de encantamiento, como si esas gentes hubiesen sido transportadas desde un tiempo mucho más alejado, incluso desde otro mundo.
Solemos evocar a Borges como un anciano ciego, apoyado en el bastón y pontificando sobre lo suyo, que era lo de siempre: el propio Stevenson, Chesterton, Whitman, Las mil y una noches, Joyce, el Palermo de su infancia… Sin embargo, como es lógico, antes que viejo, Borges fue un señor maduro, y antes aun, joven y niño. La vejez es el resultado de las muchas metamorfosis que vamos experimentando, pero siempre queda algo de lo anterior. Lo estamos comprobando nosotros mismos en esos individuos que ya andan por los ochenta y pico o más pero a quienes conocimos en plenitud, y seguimos viéndoles dejes, maneras, gestos de aquellos que fueron.
A Borges lo conocí realmente al leer el extensísimo libro de Adolfo Bioy Casares, titulado así, Borges, y que recoge más de cuarenta años de notas diarias con los asuntos más cotidianos. «Come en casa Borges», dice Bioy, y cuenta todo, absolutamente todo sobre él, sobre su familia, sobre sus cuitas económicas, sociales, íntimas, académicas, intelectuales…
En Alicante coincidí hace unos años con una señora muy mayor que afirmaba haber sido lectora de Borges, cuando él, ya ciego, contrataba a alumnos que iban a su casa y le leían en voz alta. Me habló mal de él en lo personal. Nunca he sabido si creer a la señora o si sólo se daba importancia.
Ya estuve fumando junto a las sepulturas de Cortázar,de Baroja o de los Califas del toreo cordobés. Sueño ahora con acercarme a ese camposanto ginebrino. «Y que no temieran», reza sobre la tumba borgesiana la frase escrita en antiguo inglés. No hay que temer a la muerte, entonces, se parte hacia ella con el ánimo de un guerrero. Sin embargo, sí sabemos que la última llamada telefónica de Borges a Bioy fue para decirle que no habría más conversación, que esto se acababa, y Bioy percibió un temblor en la voz de su antiguo amigo, y quizá el miedo. «No voy a volver nunca más», le dijo.
Cada 24 de agosto vuelve sin volver. Sin volver, puesto que no se ha marchado. Porque pocas veces he sentido una presencia tan continua, tan cercana. Ahí está, riendo a carcajadas, en la foto suya que tengo sobre el escritorio. Hoy tomaré, Georgie, y contra mi costumbre, dulce de leche.