Cada vez que abrimos el ojo saludando al recién estrenado sol de la mañana, lo primero que tendríamos que hacer es dar las gracias por la nueva oportunidad e, inmediatamente después, recordar lo que nos enseñó Orwell: es a través del lenguaje como manipulan lo que piensas y lo que sientes.
La palabra es siempre el arma más afilada que dirigen contra nosotros, antes de echarnos encima el resto de sus males. Lo vemos por enésima vez durante estas semanas, mientras prosigue la invasión de Ceuta como parte de la guerra híbrida que los mandarines del mundo están lanzando contra España a través de ese instrumento suyo creado a mediados del siglo XX llamado Marruecos.
Y lo vemos en un hecho tan simple como el que, mediante sus medios de propaganda, hayan dado la orden a sus voceros de negar la mayor: la invasión. Negar que Ceuta está siendo invadida es como negar que se está acabando agosto y que ahora vendrá septiembre a ajustar cuentas, pero ahí los tienes, diciéndoles a sus empleados que repitan en las tertulias, columnas, cuentas bots, canales oficiales, que estamos ante una crisis migratoria. Que ésa es otra: tampoco se permiten decir inmigrantes; y ni siquiera ya migrantes –como los flamencos de Doñana–, sino personas migrantes, en ese delirio que emana de los despachos donde urden la ingeniería social.
Al pan, pan. Y al vino, vino. Recuperar el sentido real de las palabras y no concederles a los carceleros la victoria de hacernos hablar como ellos ordenan. Ésa es la batalla del lenguaje, tan importante que, si se pierde, no es que ellos ganen, es que directamente acabas pensando y sintiendo como desea la mafia al cargo del gobierno de las cosas.
«Habla bien, habla andaluz», decía un eslogan cateto de la Junta de Andalucía de hace algunos años –como si hablar bien o mal dependiese del acento–. Pues aquí podemos decir lo mismo: hable bien, no hable orwelliano. Al pan, pan. A la invasión, invasión. A la guerra, guerra. A los impuestos, robo. A la Agenda 2030, crimen. Al Régimen del 78, sistema mafioso. A la inflación, devaluación de la moneda para empobrecerte. Al sistema educativo, adoctrinamiento. Al cambio climático, burda mentira para imponerte las cadenas de la esclavitud. Al falso ecologismo que practican, crimen contra la agricultura y la ganadería y fomento del hambre. A la guerra, creación ficticia de los que mandan –con muertos reales entre los que son mandados–. A los planes de igualdad, siembra de odio hacia el hombre.
Y, ya si nos ponemos: al pan, antiguo alimento estupendo, hoy, engendro modificado por ellos. Como sigamos así, hasta sin vino nos dejan estos canallas.
In-va-sión. Por otra parte, como la que Europa padece desde hace unos treinta años, con la participación directa de sus propias instituciones, contrarias a la gente.