A quien se le haya muerto un ser querido en las vías desasistidas del tren ya nadie podrá volver a engatursarlo con las mentiras del sistema. Porque ha conocido la desgracia, que se le ha instalado en el interior de su casa y de su corazón. Quedan automáticamente desactivados todos los mensajes de laboratorio creados en los despachos de los propagandistas y distribuidos después de forma sistemática y obediente a través de sus medios. La supuesta información, de este modo, se expone con crudeza como lo que es: desinformación. Caen las caretas de los gobernantes y de sus compinches, se evaporan todos los intentos de hablar de bulos, de izquierdas, derechas y progreso y se disuelve la imagen holográfica creada ante los ojos de una sociedad que sólo ha comenzado a despertar de ese sueño dogmático a fuerza de palos. De robo. De pobreza. De crimen. De muerte.
Comentábamos ayer que ya sólo no ve quien no quiere ver. Quien hace un esfuerzo para taparse los ojos, los oídos y la boca, como los famosos monos de la alegoría. Sólo se me ocurren tres razones para seguir asistiendo a esa representación inicua y no experimentar náuseas: o formas parte de la banda, o estás tomado por el miedo o, finalmente, el adoctrinamiento ha calado tan hondo en tu ser que ya has quedado incapacitado para percibir lo más elemental. Como en lo de Orwell.
No es casual el colapso tan acusado que padece España, dado que este país fue escogido como zona de pruebas para ver hasta dónde una población era capaz de soportar el maltrato por parte de quienes mandan en el mundo. Los males que nos asolan no son aislados ni nuestros en exclusiva: toda la zona parasitada por la Unión Europea se encuentra en un peligro similar. Y las voluntades que nos han conducido a esta lamentable situación poseen una vocación mundial. Global, les gusta decir. Pero llama la atención el extremo al que han llegado aquí deshaciendo la sociedad e inoculándole males. El movimiento de millones de personas de país a país, lo que yo llamo inmigración de diseño, se ha cebado especialmente con este corral. Siempre hemos sabido que el poder ha empleado a los inmigrantes como herramienta contra las poblaciones locales. Para ello, lógicamente, primero hay que contar con otros países destrozados desde los que traer a los ejércitos de menesterosos que después introducirás en el país receptor para hacer que descienda el nivel de vida de los autóctonos. Esto lo llevan a cabo, fundamentalmente, valiéndose de esos empleados que son los políticos y que, mediante lo robado a través de impuestos, desde los presupuestos, efectúan sus operaciones de ingeniería social.
No se da abasto para atender a tanto crimen institucional. Esto es la señal más clara del colapso. Europa, zona enferma del mundo, posee un enfermo más grave: España. El euro como arma letal cuenta aquí además con el aliado del setentayochismo, una maraña de leyes y particiones del territorio que tienen a la corrupción como motor del artefacto. Millones de personas viven –malviven, más bien– de la enfermedad que nos carcome. Y no existe arreglo. Esto ya no tiene solución. Veremos cosas peores, pasaremos situaciones aún más acuciantes. Cuando cambien el gobierno de turno y pongan a los siguientes, la ola de asco hacia el sistema no se detendrá. Algunos, sí, creerán que con la caída de Sánchez será suficiente. Pero Sánchez no es ninguna causa, sino una consecuencia. Es consecuencia de un país tomado por los altos poderes, zarandeado, con el mal ya metido en el alma.
No esperemos grandes manifestaciones, gentes en la calle exigiendo no sé qué, revoluciones de ningún tipo. Todos esos fenómenos, de hecho, no suelen ser más que escenificaciones perpetradas por el propio poder, que simula que todo cambia para que todo siga igual. Pero intuyo que el único cambio posible provendrá del silencio, de la respuesta callada, de la desobediencia, de no escucharlos más, de no acudir a sus urnas, de no ir cuando nos llamen. Si consiguiésemos un modo de sobrevivir esquivando el expolio del sistema, si recuperásemos la capacidad de gestionar la creación del dinero, el tinglado se les desmontaría en horas. Pero no habrá pancartas, insisto, y si las hay, habremos de sospechar que han sido elaboradas en los mismos locales en los que ahora se están repartiendo el botín, los dineros que cobran los del medio, los políticos y sus amigos y familiares, a cambio de obedecer las viles órdenes de los de arriba, de los amos.
Como en las películas de muertos vivientes, aquí no valdrá de nada razonar con ellos. Con esa gente no se discute: te limitas a intentar que no te muerdan para no convertirte en uno de ellos. Ellos seguirán robando, devorando, destrozando, hacia el colapso. Hacia el descarrilamiento definitivo, maldita metáfora, tan real, tan dolorosa.