Las manos

Las manos sobre el teclado, no para escribir, sino para escribirse. ¿Cómo estás?, me preguntan. Esperad, que voy a ponerme a escribir para averiguarlo. No lo sé. ¿Y el tema? Que lo den las manos.

Podría escribir acerca de La Puebla de Morante,sobre la que han caído las lluvias y los vientos. El torero, abordado de improviso en mitad de la calle, renuente a hablar, tímido, cauteloso, accede más por amabilidad que por convicción, sin querer, pidiéndome de antemano que no le pregunte sobre el Domingo de Resurrección y que, por favor, sea breve, tres preguntas a lo sumo. Al final, son siete u ocho, y sí que responde a lo de su reaparición. Dice más de lo que dice, dice más de lo que quiere decir, de hecho. Yo le agradezco que me haya atendido, y él, me da la impresión, agradece que yo no haya faltado a mi palabra de ser breve. Pero eso saldrá la semana que viene, y lo más importante del viaje en sí es el camino de ida y vuelta. Un paseo mañanero por Sevilla, las lluvias del camino, el ir cruzando una húmeda y solitaria Extremadura mientras escucho varias ponencias acerca de la Ruta de la Seda en boca de la historiadora Eva Tobalina. O sea, que ha vuelto a comenzar la rueda, el ir y venir, la soledad de los hoteles y un equipaje en el que lo que más pesa es una biografía sobre Pío Baroja, de la editorial Renacimiento y escrita por Miguel Sánchez-Ostiz.

¿No vas a escribir sobre la foto del régimen a pie de vía, con el tren siniestrado y el setentayochismo posando para el Goya más negro?, me cuestiona Paco. Pero Paco, hombre, qué más vamos a decir de esa estampa que no se haya dicho ya. Sólo falta en ella Agustín González caracterizado de cura y ya pasaríamos de lo goyesco a Berlanga y Azcona. El concurso del Carnaval gaditano viene huérfano del Selu, tal y como me avisó Tomás Angulo,el torero, tan acólito como yo del chirigotero. ¿Qué nos queda entonces en el domingo? Nada, dice Umbral. Desconectado del fútbol desde hace años, amenaza ya la tarde dominical, que tiene algo triste de por sí, inexplicablemente, pese a que a priori se presenta plácida, llena de manso silencio doméstico y lecturas.

Ya, pero de la foto di algo, insiste Paco, que ahí se han retratado todos. Sí, Paco, sí, que sin querer les ha salido el autorretrato de una época triste, un Guernica picassiano del setenta y ocho, un episodio nacional galdosiano fugaz, la imagen del oprobio, de la distancia insalvable que media entre las instituciones y quienes las padecemos, el haber exprimido a un pueblo hasta deshacerlo. Pero que tiene que haber más cosas, que no podemos estar todo el tiempo haciéndoles caso. La única respuesta debería ser la de Baterbly el escribiente, el personaje de Herman Melville, con su emblemática frase: «Preferiría no hacerlo». Limitarse a no cumplir con las expectativas lanares puestas en el ganado. No ir. Desoírlos. No prestarles atención. Y, por supuesto, no colaborar en nada. Claro que esto debería pasar sin excusas, además, por hallar el modo de evitar ser expoliados sistemáticamente, y de momento en ello seguimos.

El sueño, el agua con limón y sal, la ausencia de apetito, el cansancio, el cuerpo protestando, el recomponerse y pasar la noche en un duermevela que no otorga descanso ni hartazgo, el frío del invierno más caluroso de la historia, la sierra de Gredos blanca y hermosa, terrible, amenazando con vientos gélidos. Otra opción era la de escribir acerca de un modo de vestir que ya había advertido entre los varones más jóvenes: les han puesto ahora una especie de pijama, estampado, colorido y con gorro, y con el que van por la calle sin arrobo. Lo había visto en Madrid. Lo he visto ahora en Sevilla. Suele ser el mismo corte de joven. Me gustaría conocer los mecanismos concretos mediante los que les empujan hacia lo grotesco y lo ridículo, para que no les quede ni siquiera la dignidad del espejo.

Pero quizá sea mejor así, dejando que se agote la columna para que desemboque en el domingo por la tarde, como hacia un estuario indolente. No sé. A lo mejor tiene razón Paco y debería haber dedicado el escrito entero a la foto en la escena del crimen, en Adamuz. Pero me temo que, al final, el que tiene razón es Morante, y que lo mejor es decir poco, lo menos posible, nada, si se puede. Y las manos, claro, picoteando el teclado como una bandada hambrienta.


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