El bueno de Ulises, Odiseo, fecundo en ardides, ordenó a su tripulación taparse los oídos con cera y él se hizo atar al mástil de la embarcación para poder escuchar el canto de las sirenas. Lo hizo, y fue testigo de la terrible canción que provocaba la locura en quienes recibían su influjo. Algo así, parece ser, temen las autoridades que nos ocurra a los esclavos pagadores de impuestos si prestamos oídos a otra cosa que no sea el discurso oficial. Después de la tragedia ferroviaria de Adamuz, a la que han seguido más percances –con un maquinista muerto en Cataluña– el relato se les ha ido de las manos. La reacción inmediata ha sido la esperada: cacarear la palabra bulo como si no existiese otra y hacer un llamado para que no se preste atención a nada que no sea lo que ellos nos digan. Hablan de bulos, el término que escogieron en sus laboratorios de ingeniería social, para referirse a la mentira. Esto ha venido adornado con una amenaza, advirtiéndonos del hecho de que nos están espiando continuamente en las comunicaciones. Ya lo sabíamos, carajo. Hay que ser cenutrio para no ser consciente de que nos encontramos controlados, mirados, leídos, en lo más íntimo. ¿Para qué si no nos dieron los móviles, las cámaras en los ordenadores, tabletas y demás parafernalia? Un saludo, señores censores, por cierto. Que tengan ustedes un buen día ejerciendo de viles sicarios.
La diferencia es que al mando de nuestra nave no se encuentra Ulises, que pidió a los suyos que desoyeran los cantos para protegerlos. Nosotros, por el contrario y por desgracia, padecemos a un grupo de subcontratados por el poder que reciben órdenes encaminadas a conducirnos hasta la esclavitud o la extinción. Así que no hablamos de bulos, sino de mentira, la palabra de siempre. Porque nosotros hablamos claro, sin consignas ni neolenguas orwellianas. Y sabemos, además, desde hace mucho, que quien miente es el poder y que lo hace de modo constante, irremediable, irresponsable y sin remordimiento alguno. ¿Qué remordimiento puede albergar un psicópata? El poder no conoce la verdad, que nos hace libres a decir de Cristo: nos desea esclavos. Por lo tanto, esa cera que el político de turno aconseja que nos pongamos en los oídos para taponarnos el entendimiento y que no escuchemos la realidad ya suponéis por dónde se la pueden meter.
La otra tarde, en el bar, escuché a ciertos tertulianos –qué horror que esa palabra tan noble haya degenerado tanto– repitiendo las directrices recibidas en el móvil y repasadas minutos antes en la salita en la que toman café y pastas. Dos mensajes les habían ordenado lanzar descerebradamente: el primero, que sólo hay que informarse a través de ellos; el segundo, que no es momento de pedir responsabilidades. Han intentado, infructuosamente, instalar la idea de que pedir responsabilidades a quien las tiene supone una suerte de falta de respeto hacia los fallecidos.
Como siempre, lo cierto es todo lo contrario a lo que proclaman: primero, hay que desconfiar del discurso oficial, pues ya sabemos que sólo está encaminado a mantener las cadenas del sistema; y segundo, pedir responsabilidad a quien la tiene es la mayor muestra de respeto que puede haber hacia los muertos. Y no sólo eso: detectar qué está fallando es el único modo de evitar que esto vuelva a ocurrir. No lo hicieron con el Alvia de Santiago de Compostela en 2013, y de aquellos polvos, estos lodos.
El hecho de que saquen a un mandarín a amenazarnos y a nombrarnos herejes si no nos taponamos los oídos y si dejamos de repetir como el rosario los mantras inventados por el poder supone un signo claro de que han perdido la narración. En España no queda nadie que no dependa materialmente del sistema que no sepa que el setentayochismo, al completo, es el responsable de la situación de precariedad, inseguridad, indefensión, pobreza y guerracivilismo en que nos hallamos. Da igual cuanta cera encarguen. Acabarán gritando para que no escuchemos la verdad.
Pero la verdad no necesita gritos: se propaga callada, mediante un doloroso silencio que hoy es el llanto de los familiares que han perdido a alguien en un tren, pero también el de quienes tienen que cerrar su negocio ante la imposibilidad de hacer frente al expolio estatal, de quienes han visto a los violadores de sus hijas salir de la cárcel, de quienes siguen pagando la luz y la hipoteca mientras que los ocupas son protegidos por la ley, de quienes ven que sus hijos ya no tienen ni futuro ni presente, de quienes han visto arder los campos, anegar Valencia, arrancar los olivos, vetar el paso de su coche pese a todo lo que se paga por él… De quienes saben que, en vez de Ulises, al timón hay un grupo de dementes que orientan la proa del barco hacia los escollos, buscando intencionadamente un naufragio en el que perezcamos. Un saludo, señores censores. Hala, a monitorear. No os faltará labor.