Geralt de Rivia

La vencida no ha sido a la tercera, sino a la cuarta. Creo que fue en torno a 2005 cuando Javier Baonza, amigo y aun así editor, en Ediciones Evohé, me pasó el primero de los libros de la saga de Geralt de Rivia, del escritor polaco Andrzej Sapkowski. Más de veinte años ya, ahora que caigo, y aquí seguimos, Javier…

La manera de escribir de Sapkowski me convenció desde el inicio. En su pluma se mezclan con eficacia el folclore, la novela de aventuras, lo fantástico, lo cruento… Y exhibe un dominio sobresaliente de la forma corta, del cuento, y a la hora de contar los hechos mezclando diferentes puntos de vista, a veces desde tiempos distintos. Qué bien hace eso. Literatura fantástica con personajes que sienten y padecen como si estuviesen empadronados en el mundo actual: con sus celos, sus pasiones, sus miserias morales, sus necesidades de dinero, ansias de poder… Y un mapa desde el que ir siguiendo las andanzas de unos y otros.

A lo largo de estos años, varias veces comencé el serial y siempre me quedé en el cuarto de los libros, no sabría decir por qué. Cuando retomaba la lectura, volvía a empezar. Sólo ahora, aprovechando un periodo vacacional, he conseguido hacerlo de una tacada: diez libros, si sumamos una precuela y un tomo de cuentos, un añadido, que era más una triquiñuela comercial que un título que pertenezca a la saga. No sé, dos mil y pico, tres mil páginas habré estado con el brujo, la hechicera y la heredera de un lado a otro, por bosques, ríos, batallas, castillos, aldeas, puertos, mitos.

Sapkowski ha hilado con eficacia lo suyo, ha escrito con paciencia y ha encaminado el conjunto a un final con vuelta de tuerca que quizá no culmine en redondo tanto como había prometido en sus múltiples líneas argumentales. No diré que haya llegado al extremo de Stephen King en lo tocante a su frecuente desinterés por los finales, pero sí que se nota la influencia de King en Sapkowski.

La mujer del César no sólo ha de ser casta sino parecerlo. Digo esto porque la razón por la que ahora he retomado lo de Geralt de Rivia y he tenido motivación para dedicar estas semanas a su lectura completa proviene de un interés personal. Ando escribiendo algo que ocurre en otro tiempo, también con mapas y con personajes que poseen ciertas capacidades que podemos entender como mágicas –o no, quién sabe–. La cosa es que no quería que en mi historia se diese una coincidencia con lo de Sapkowski, ni siquiera por desconocimiento. Nadie iba a creer, en caso de que apareciese algo similar, que no era copiado. El desconocimiento no otorga descargo, en este caso. El adanismo, el ponerse a escribir como si no hubiese nada publicado, tiene patas cortas. Me pasó con 1Q84, de Haruki Murakami, que leí el verano pasado: en la novela del japonés aparece una luna verde. Madre mía, me dije, pero si en mi novela también he metido una luna verde. Pues nada, a cambiar eso. Hay que ser casto, pero también parecerlo. ¿Quién creería, insisto, que se trataba de pura coincidencia?

El problema no es sencillo, puesto que no paran de publicarse títulos y uno no lee lo actual más que muy por encima o nada. Y, reconozcámoslo, no hay modo de saber qué están publicando en todos esos bestsellers de famosos o youtubers escritos por sus respectivos negros o por los novelistas del sistema que sirven con sus opiniones al discurso oficial, a cambio de lo cual reciben acomodo editorial.

Pero, ¿entonces? ¿Para qué escribes?, me pregunta Paco, probablemente con mucho sentido. Pues para qué va a ser, Paco, carajo: para levantarme; no para llegar al día de mañana, como sostiene Kafka, sino para llegar al día presente. Y además, ¿soluciono algo dejando de escribir? ¿Qué ventajas obtendría dejando el folio en blanco? Llevo escribiendo desde la adolescencia, desde la niñez casi. A estas alturas, para qué cambiar de caballo. Seguiré lo que me reste, sea mucho o poco. Ojalá queden numerosas páginas que escribir, que leer, que vivir. Pero sobre todo, que sean intensas, que incluyan atractivas ilustraciones, que resulten cautivadoras. El hechizo más potente, a mi juicio, es el de la vida cotidiana. Y explicar a los que vengan todo este desaguisado en el que andamos inmersos.


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