Procuro que las primeras horas del día sean sólo para mí, alejado de lo que diga el mundo. De este modo, me garantizo la eficacia. Vengo de la noche con nuevos bríos, y no puedo permitirme el desaprovechar el fecundo tiempo que se alarga desde el amanecer hasta el almuerzo en asuntos que no sean míos. Es el momento de la escritura, de la lectura, del trabajo, de mover el cuerpo.
Digo esto porque ayer un amigo me contaba que duerme mal, que está comiendo apresurado y que el físico se le resiente. Lo primero que hace al despertar de su ligero sueño es mirar noticias, intentar comprender el gran teatro del mundo. No le di consejo alguno; primero, porque ninguna recomendación tiene sentido: la gente hace lo que necesita o lo que no tiene otro remedio que hacer; y segundo, porque lo que me vale a mí no tiene por qué valerle a otro, por muy clara que yo vea la situación.
Pero, en fin, que el mundo está ahí fuera. Y sí que por las tardes, si me queda algún rato, escucho diversas opiniones de supuestos expertos en determinadas materias. Suelen ser extranjeros, en su mayoría, con contadas excepciones, y los encuentro a través de las redes. Estos últimos días escuché tres entrevistas de una hora hablando de la política internacional, ya sabéis: que si Venezuela, que si Irán, que si Groenlandia, que si Ucrania… Ya me he referido alguna vez de la teoría de la cebolla: la realidad analizada por capas, sabiendo que es todo una pura ficción, pero que en cada capa se siente y se vive una realidad. Dicho de otro modo: las guerras son artificiales, provocadas, pero los muertos son de verdad. También añado a esto la lectura de algunos ensayos que ciertos conocidos que parecen saber de qué hablan me recomiendan. Suelen acertar, y esos escritos me ayudan a reflexionar, a pasear, a ver entre la niebla.
En contraste con estos puntos de vista, me encuentro con los del bar. Los amigos de tertulia me ponen al día de sus opiniones, que básicamente han sacado de la tele. A través de ellos, me hago una idea de lo que los medios tradicionales están contando de esos mismos asuntos que tan complicados se muestran. La sensación que obtengo es la de que, ante un grave problema mecánico en el motor del coche, se pusiesen a discutir sobre el color de la chapa. Creo que es imposible atender a los medios y mantener, no ya la inteligencia, sino una perspectiva mínimamente cuerda. Me asombran las opiniones que reciben y que ellos repiten, pero de nuevo me ciño a mi modus operandi y procuro no opinar, sino degustar tranquilo la copa de anís de Chinchón mientras ellos enumeran los delirios recibidos desde la tele.
Cuento todo esto para citar un elemento que, obviamente, no aparece en esa tertulia de amigos televidentes, pero tampoco en los sesudos análisis de gente experta en geopolítica, economía, finanzas, cultura o temas militares. Y es un factor clave, a mi juicio: me refiero al asco. Hablan de la importancia de la visita de Trump a China en abril, y de la necesidad del estadounidense de llegar a esa mesa de negociación con buenas cartas –de ahí lo de Venezuela, Irán, Groenlandia y demás–. Hablan de la paciencia de Putin en la contienda con Ucrania. O de la importancia estratégica de Taiwán para los chinos y para los japoneses. Todo eso está bien, pero, ¿y el asco? No parece tener en cuenta ninguno de los sabios el asco que la población ha desarrollado hacia el sistema. En Europa, esto es indudable. La UE ya es percibida a las claras por muchos sectores como la responsable de la mayoría de nuestros males. En las entrevistas internacionales que escucho, dan a la institución de Bruselas por finiquitada y hablan de ella abiertamente como un nido de burócratas cretinos que han cavado la tumba de las poblaciones que los padecen. El golpe al campo, a la ganadería y a la agricultura, ha terminado por quitar la venda a unos cuantos más. Pero no sólo es esto, es todo: el robo masivo al ciudadano, la legislación contra la propia población, el dinamitar los presupuestos dedicando lo robado vía impuestos a una ingeniería social que no sólo no ayuda, sino que perjudica gravemente –en este sentido, la inmigración de diseño es punta de lanza–. La UE no es Europa. Ni los europeos. La UE es una institución perniciosa, liberticida y esclavista que sólo crea problemas sin solucionar nada, que ha acabado con la soberanía monetaria, que atenta contra la libertad de expresión, que ha destrozado el tejido industrial de los países que la sufren y que nos ha condenado a la pobreza energética –y no sólo energética– mediante la locura del wokismo y de la Agenda 2030. Y eso provoca un asco que no tiene ya remedio y que señala hacia el fin de la institución, que además cuenta con la colaboración de muchos de los gobiernos nacionales. No en vano convierten a los diputados en eurodiputados, un modo de seguir succionando el dinero de la gente. El asco, señores analistas. Es el asco. Piénsenlo. O sigan hablando de derechas e izquierdas: de si el coche es rojo o azul o verde o yo qué sé. Que no hay coche, que lo han destrozado. Que sólo queda asco. Y ganas de que se vayan. Todos.