Bibliotecas

La otra mañana, camino a tomarme un café con mi amigo Jonathan, sentí la belleza. Se lo expliqué a él durante el desayuno y la jugosa charla con la que proseguimos una conversación extendida en el tiempo que ambos llevamos manteniendo desde hace más de treinta años: la calle se puso plácida, con el alumbrado navideño de mi pueblo, Puente Genil, esperando a que se hiciera de noche para ser encendido. Salió el sol entre aguacero y aguacero y las luces cobraron vida, una vida soleada y natural, aún mejor, a mi juicio, que la vitalidad eléctrica nocturna. Y me sentí agradecido por estar dotado de tal capacidad de percepción. Ser capaz de experimentar la belleza no es una cualidad menor.

Hay que dar las gracias. Hay que paladear el agradecimiento. No ya porque nos convierta en bien nacidos el ser agradecidos, sino por el efecto inmediato del acto en sí de agradecer. En ese sentido, valga esta columna para dar dar las más efusivas, sinceras y sentidas gracias a una amiga de X, Twitter, como se llame la empresa ahora, que firma como Susana C.H. y cuyo usuario es @SusanyLosLibros. Esta mujer, a diario, sube imágenes bajo el encabezado de «Bibliotecas maravillosas», y a fe mía que lo son. Desconozco de dónde las saca, pero intuyo que la cosa le lleva un tiempo y un trabajo considerables. El fruto de ese esmerado esfuerzo es que todos los días vemos no sé cuántas bibliotecas, a cada cual más apetecible. De madera, de mampostería, luminosas, en penumbra, en espacios amplios, en rincones bien aprovechados, con ventanales que dan a un prado o a una calle o a un paisaje boscoso. Con cuadros o alfombras o gatos, abundan los gatos. Con colecciones bien ordenadas o constituyendo una sucesión anárquica de obras. Son tantas, tan plurales y tan hermosas que cuesta salirse del ensimismamiento que provoca el contemplarlas.

En su catálogo, se suceden las estanterías colocadas con gusto, preñadas todas ellas de tomos y tomos, listas para ser asaltadas por el lector. Se suele decir que el tabaco engancha y que quien es fumador lo es para siempre. Pero la adicción a la lectura me parece a mí que es más intensa. Las letras tiran más que la nicotina, que ya es decir. Qué lugares más sensuales nos ofrece Susana, qué sofás, qué sillones, qué luces indirectas prometiendo alumbrar las páginas del libro en el que estemos inmersos en ese momento.

Cada vez que veo una imagen de esas bibliotecas maravillosas, me dan ganas de poner un comentario, pero suelo frenarme por no insistir, ya que, si soy sincero, es muy raro que la estampa no me provoque un deseo inmediato de gozo y de escapar a ese lugar para ponerme a leer como un loco –¿cómo es leer como un loco, o como un cuerdo?–.

Que esta mujer esté haciendo esto de una forma constante, cada día, y desde hace tanto tiempo supone una mejora del mundo. El mundo es mejor, quiero decir, gracias a esas fotografías que nos van llegando como un goteo para saciar la sed de belleza, de conocimiento y de olor a papel impreso.

Dependiendo del estilo de la biblioteca reflejada, uno tiende a una lectura o a otra. Algunas me incitan a tomar Las mil y una noches. Otras, a ponerme con Esquilo, ahora que me toca, como todos los eneros, dedicarme a los clásicos. En ocasiones, la imagen me provoca deseos de sentarme ahí, a escribir, en silencio, una vez que hayan acabado de tomar la fotografía, sin exhibicionismo.

Hay veces en que se muestran unas escaleras, una galería superior, y entonces aquello me recuerda a una biblioteca de Babel borgesiana, un delirio atrayente e irresistible. O puede que simplemente aparezca una modesta estantería, un mueblecito con apenas cincuenta o sesenta ejemplares, y me viene a la cabeza entonces la cama-mueble de la casa en la que me crie, bajo el amparo de unos estantes parecidos.

Biblioteca, jardín y bar. Con eso es suficiente. Pero a la belleza, tan necesaria para mantenerse vivo, hay que alimentarla a diario. Y Susana nos está nutriendo con una dieta rica, variada y muy sabrosa. Gracias, amiga. Muchísimas gracias.


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