Me llegan noticias de la muerte, como supongo que nos está ocurriendo a todos durante esta realidad silenciada por los medios en la que enfermedades inesperadas golpean con dureza a viejos y jóvenes. Al viejo se lo daba por finiquitado y al joven, pues eso: que siempre ha ocurrido, que son cosas que pasan… Nada que no estuviera avisado desde que en 2021 comenzaron a ocultar con bailes de pasillo un crimen generalizado y global. Les gusta la palabra global. Les gusta trabajar concibiendo al planeta entero como una gigantesca granja dividida en parcelitas.
Se esfuerzan a la hora de hacer pasar como extraordinario lo normal –el frío en invierno, el calor en verano, los resfriados y las gripes– y para que lo provocado nos parezca natural –la pobreza inducida, el odio inoculado en la sociedad, el robo masivo por parte de los que se ocupan de la cosa pública–.
Pero la muerte, insisto, la muerte. Cuando nos enteramos de que no sé quién ha muerto, tempranamente o no, la información nos llega como un anticipo de la muerte propia. Ante la inminencia del fin, he visto a personas deponer sus odios ancestrales, reconocer que se equivocaron en no sé qué cruce de vías o lamentarse por no poder retomar la capacidad de decidir. Me contaba mi madre el otro día que mi bisabuela, nacida en 1900 y a la que recuerdo como una señora menuda y con olor a jazmín, siempre decía que a ella le gustaría volver a la juventud pero sabiendo lo que ya sabía. Aseguraba que de nada le valdría volver a ser joven sin conocimiento, pues cometería los mismos errores que antaño. A mí me impresiona tanta lucidez, máxime en una persona sin estudios ni preparación académica, lo cual demuestra que para vivir no hace falta carrera alguna, sólo una buena cabeza y mucha ocupación que nos evite caer en la telaraña de las tonterías. Quizá por eso la gente más tonta que conozco –y no es poca– tiene muchos diplomas colgados en el despacho.
A mí ya la única idiotez que me preocupa es la mía. No caer en mis propias trampas. No enredarme en prejuicios, conflictos estériles o batallas que no elegí yo. Hay labor. Y la muerte, vuelvo a ella, es una gran dadora de vida, porque impulsa a la consciencia, a la tranquilidad, al aprovechamiento de los días. Cualquiera puede ser el último, no importa eso. «Envejecen mal porque han vivido mal, sin perspectiva», dice el verso de Bukowski. A mí me parece que tiene razón el viejo poeta y que lo malo de cumplir años es ir dejando asignaturas pendientes que se acumulan y que se intentan aprobar cuando ya no es tiempo. Lo veo en los recién divorciados cuarentones o cincuentones, algunos de los cuales pretenden retomar sus veinte años como si nada. Pocas vías tan directas hacia el ridículo.
Entonces, ¿cómo hacerlo? No lo sé. Cada uno busca su manera. El tiempo es el que es. No es demasiado ni demasiado poco. La sociedad actual está bien diseñada para que entreguemos nuestra existencia a un sinfín de banalidades, intrascendencias y bobadas. Frente a eso, el reto es aprender a morir, o sea: vivir como si no existiese la muerte, pero preparados para que ésta ocurra en cualquier momento y ocupados en que la parca no se lleve a un tipo que seguía postergando lo importante para el año siguiente.
Cuando alguien se nos muere da la sensación de haberse colado en la fila, de habernos adelantado. Y todos los que guardamos turno damos un paso adelante hacia la ventanilla en la que seremos atendidos. Por eso, vivir, vivir, a manos llenas, con sentido, sin prisa. «La vida pasa muy rápido. O tengo paciencia o no me voy a enterar de nada», dice Juan del Valle, el protagonista de mi última novela. Creo que Juan comprendió de que va esto.
Tomando un vino con mi amigo David, le comentaba el otro día lo que quiero que pongan en mi epitafio: «Siempre tuvo razón en todo». Él opinaba que suena pretencioso. Yo le dije que sólo si no fuese verdad. Y sí, es pretencioso, pero qué lujo darse ese lujo y que te importe poco. Nada de esto saldrá en las noticias ni será trending topic ni la puta que los parió. Pero es que ahí no hay ni vida ni muerte, sólo vacío. Feliz año.