Un Borges

Hacerse un Borges consiste en que, te hablen de lo que te hablen, tú vas a lo tuyo y centras la conversación en un tema que sí te es de interés y no en lo que el otro acaba de escuchar por la tele, en la locura que supone este raro frío en invierno o en si echan o no echan a Xabi Alonso del Madrid. Probadlo. Funciona. Yo le llamo a esta técnica de supervivencia hacerse un Borges porque el escritor argentino, cuando lo intentaban enfangar en asuntos que a él nada le decían o que directamente destestaba, salía por peteneras y, por lo general, se echaba al monte redirigiendo el asunto hacia, por ejemplo, Stevenson o Chesterton.

Admitamos que se trata de una estrategia defensiva y que, en época vacacional, durante la que es tan frecuente que surjan reuniones con encendidos intercambios de opinión, constituye una herramienta básica sin la cual difícilmente muchos saldrían indemnes de la celebración. Se trata, en esencia, de hablar para que no te hablen. De aburrir antes de que te aburran. De alzar una muralla de Troya ante la acometida de las tropas de la nada. Vamos a lo concreto, para admirar en funcionamiento la estratagema.

«¿Qué te ha parecido el discurso de Felipe VI?». Y tú, sin aspavientos, asientes y te lanzas: «A mí lo de los reyes siempre me recuerda a Dumas, que a través de Athos explicó muy bien esto de la monarquía como institución que, o cumple con sus obligaciones, o supone una carga innecesaria y perniciosa. Por cierto, de todos los mosqueteros, ¿no te parece que Athos era el más estoico, por encima de la perfidia de Aramis o de la nobleza ciega de Porthos?». Y, ya metidos en faena, recuerdas el modo en el que Aramis, general de jesuitas, temía a la voluntad indomable de D’Artagnan, y decía: «Esas nubes no las traen los vientos: las trae él».

«A ver qué pasa con lo de Putin. Lo que le faltaba ya es que Trump le siga la corriente…». Sin problema. Vuelves a decir que sí a todo, nunca contradigas: «Para choques buenos entre yanquis y soviéticos, lo de Fischer con Spaski en el 72». Y, en cuanto puedas, pasas a contar la anécdota de cuando Fischer se enfrentó a Arturo Pomar en Estocolmo y la cosa acabó en tablas. «Pobre cartero español, con el talento que tienes y ahora volverás a tu oficina a pegar sellos…», apostilló Fischer.

«¿Cómo saldrá vestida este año la Pedroche?». «Qué buena pregunta. Pero para desnudos con clase, el de la maja de Goya, ¿verdad?, aunque se note que el cuerpo no corresponde a la cabeza». Y ahí te espera un filón sobre el desnudo en Grecia, en Rubens, en Velázquez

Es interesante que des todo por sabido, como si tu interlocutor ya conociese cuanto le estás contando, como si simplemente se lo estuvieras recordando para comentar. Que no te importe pasar por pedante. Es en defensa propia. Y hazlo todo con entusiasmo, apasionado.

Hablar para que no te hablen. Aburrir antes de que te aburran. Dar la chapa tú antes de que te secuestren y te arrastren a un laberinto de opiniones huecas acerca de Pedro Sánchez, Abascal, Feijóo, la Agenda 2030 o cualquier otro de los muchos crímenes perpetrados por los de arriba contra los rebaños que padecemos el robo de los impuestos.

Y así un año, y otro, y otro. Y en un lugar, y en otro, y en otro. Hacerse un Borges, hasta que te den por imposible o por chalado, hasta que se reinstaure el bendito silencio o hasta que, oh, milagro, surja la posibilidad real de hablar de Borges y Bioy Casares o alguien deje hablar a los únicos que deberían hacerlo: los niños. Con suerte, se esparcirán sobre la mesa lápices y folios y podrás disfrutar, mientras dibujas nubes y tortugas, de una charla al fin seria sobre unicornios, los siete colores del arco iris o los sueños. Animaos. Merece la pena. Y te permite alcanzar la cama con la cabeza intacta para seguir leyendo.


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