La obediencia

La obediencia, que desde siempre se nos inculcó como una virtud, ha demostrado en los últimos tiempos contener una arista muy peligrosa; en algunos casos, letal.

Obedecer, nos transmiten de mil formas, equivale a ser bueno. Sé un buen ciudadano. Sé un buen contribuyente. Sé una buena persona. Sé un niño bueno. Sé bueno, le exhorta ET a Elliot antes de largarse a su caaaaasa. Y todo eso pasa por obedecer.

A Adán y a Eva los largaron del Edén por desobedecer. Tomaron del fruto prohibido, que hoy se entiende como una manzana pero que durante muchos siglos se representó como un higo y hasta como una naranja, creo recordar. Sin meterme en teologías –que para eso, doctores tiene la Iglesia–, sí que diré que en esa desobediencia original se aprecian también retazos de soberbia y de querer saber demasiado: Seréis como dioses, sisea tentadora la serpiente.

Si obedeces, te irá bien, es lo que se desprende de la enseñanza que nos van lanzando como una fina lluvia desde que nacemos. Sin embargo, como decía, la obediencia se ha revelado en los últimos tiempos como un arma de doble filo. ¿Dónde están y cómo les ha ido a quienes obedecieron todas las indicaciones criminales de 2020? Obedece: pínchate. Ahí los tenéis. O los teníais. O cómo los tenéis o los teníais. Obedece: ponte un trapo sucio, indigno y dañino en la boca. Balidos a las ocho. Obedece: paga todos los impuestos que puedas y algunos más. Obedece: recicla, créate un sentimiento de culpa dejar una huella de carbono –vaya invento– por encima de tus posibilidades. Obedece: abandona tu pueblo cuando llega el incendio provocado por ellos, que te aseguran que los mismos que han prendido fuego van a evitar que se calcine tu casa. Obedece: admite que te expolien y que pretendan que no uses más que un dinero digital para entregar definitivamente tu voluntad. Obedece: cree en el sistema, en sus buenos y sus malos, sus izquiedas y derechas, cree en la materia como única verdad –cuando ni siquiera saben qué es la materia, por cierto–. Obedece: no creas lo que ven tus ojos, sino lo que te dice el poder. No es cierto todo lo que estás viendo en los cielos, ni en las calles, ni en las fronteras, ni en tu pobreza inducida… Debes creerlos a ellos, obediente de espíritu, entregándoles tu percepción, tu corazón, tu alma, tu cuerpo.

No. En los últimos tiempos, la obediencia, lejos de constituir una virtud, se ha destapado como una debilidad. En casos, una debilidad tan extrema que conduce a la muerte.

Pero, entonces, ¿en qué se fundamenta la obediencia? ¿Hay que irse al lado opuesto y desobedecer sin más cualquier mandato, ley, indicación…? Aquí la cuestión está en la confianza hacia qué o hacia quiénes se obedece. Si obedeces a criminales, no sólo te conviertes en un criminal como ellos, sino que lo más probable es que además acabes destrozado moral, económica y/o físicamente. Chesterton dio en el clavo: cuando se deja de creer en Dios, no es que no se crea en nada, sino que se puede empezar a creer en todo. Y en ese todo están ellos, los que mandan, organizando la vida de este aún corto pero exigente siglo XXI –evidentemente, no es cosa actual, sino antiquísima, es muy probable que desde el inicio–.

Los frutos que estos criminales al mando nos incitan a tomar están envenenados. Sin excepción. Sean manzanas, higos, naranjas… Su libertad significa esclavitud. Su alegría, desesperación. Su verdad, mentira. Su vida, muerte. Pero entonces, ¿obedecemos o no? A criminales, no, carajo, que ya no se sabe cómo decirlo. ¿Acaso no venimos de serie con una cabeza, con un discernimiento, con una capacidad para pensar, con libertad? Amigo, tú no necesitas a un ministro, a un presidente, a una tribu banquera, a un gurú findelmundista, a un rey con un pin 2030 o a un prócer ególatra multimillonario que te digan cómo actuar. Lo sabes de sobra. Seréis como dioses, se vuelve a escuchar ahora, si obedecéis al globalismo, a la plutocracia, a los jefes… llamadlos como queráis. La sierpe, tan escurridiza, tiene tantos nombres…


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