Una vez le escuché decir al polifacético Pepín Tre que él se considera experto en algo que ha frecuentado, ensayado y repetido muchas veces en su vida: fracasar. Intentar algo y que no salga. Tener expectativas y que no se colmen. Tirar hacia un camino y tener que regresar sobre tus pasos porque la senda estaba cortada, acababa en un tajo o directamente en una tapia que bloqueaba el paso. Acometer una empresa que no se consigue. Qué carajo es fracasar. Qué pasa con todo eso, en una sociedad que penaliza al fracasado como estigmatizándolo cuando es ella misma, la propia sociedad, la que ha fracasado.
Ayer hablaba de todo esto con Paquito Ruiz, apoderado del torero Tomás Angulo, que mañana, en la plaza de Almendralejo, presenta su cita en solitario del próximo 18 de octubre. Paco es una fuerza de la naturaleza, una voluntad de hierro, lo que quiero ser de mayor. Lleva años luchando junto a Angulo para abrirse camino en la dificilísima carrera de la tauromaquia. Cuando hablo con ellos, mi cabeza va traduciendo toros a literatura, porque yo no he encontrado nada más parecido al torero que el poeta, nada más idéntico al escritor que el matador de toros. La única diferencia es que a mí un verbo transitivo o un objeto directo no me manda a la enfermería. Pero resultan idénticos el modo de hacer carrera, la paciencia que hay que tener a la hora de aguardar, la fe en uno mismo que debes preservar pese a no contar con padrinos, la constancia de los años, la dedicación diaria y plena a tu causa, un compromiso por encima de cualquier otra consideración, el entender que todo cuanto te ocurre es materia prima para tu cometido, el peso de que otros te pregunten con buena voluntad cómo va lo tuyo –cuando lo tuyo está dentro de ti todavía y no necesita publicidad ni le conviene–, el ver que lo que se está consumiendo a través de los cauces generales es de una calidad dudosa cuando no pésima, el entender que no existe la opción de abandonar, el trabajar en otras cosas con gusto porque sabes que eso te está proporcionando el tiempo y los recursos necesarios para continuar con tu plan, el conseguir dar pasos que para otros pueden parecer nimios pero que tú sabes que han costado un mundo y que suponen un logro mayúsculo, el propio disfrute del ejercicio continuo de la escritura –para ellos, el toreo–, que es en lo único en lo que debes centrarte, tal y como aconseja Stevenson… Escribir es torear al lenguaje. Torear es un ejercicio de valor y técnica ante todo, pero mediante el cual algunos logran expresar tanto o más como otros con la poesía.
Consagrando tu vida a una misión, a un propósito, a una causa… ¿qué es fracasar? ¿Que no te publique una editorial grande, de esas que copan los escaparates? ¿Que no te pongan a torear en Madrid? ¿No optar al Premio Planeta? ¿Que no se acuerden de ti ni para tentar en el campo? ¿Que tus novelas te griten desde el cajón, una vez escritas? ¿Que tus zapatillas corran el riesgo de olvidar por dónde se hace el paseíllo?
Habría que confirmarlo con Pepín Tre, autoproclamado experto en esta materia, pero yo creo que fracasar sería dejar de escribir, dejar de entrenar. Levantarte y que la primera cosa que te venga a la cabeza no sea la de sentarte al teclado para dar vida a toda esa gente, reventar el mundo a golpe de endecasílabo y encontrar al fin el verso que lo explique todo. Fracasar es enmudecer, dejar de intentarlo, dejar de hacerlo. Jordan lo dijo también: «Para triunfar una vez he tenido que fracasar cien veces antes». Estamos fracasando tan bien, Paco, Tomás, que pronto dirán de nosotros: «Nadie triunfó fracasando tan bien como esa gente. Son unos maestros». Como Pepín Tre, como Jordan, como Galdós, como José Tomás, como toda persona decente que se mantiene en lo suyo en medio de una sociedad impía que no garantiza la decencia. Ella sí que es un fracaso, pero de los malos, no como los nuestros, tan güenos, tan sabrosos, tan literatoros. El éxito, en fin, es resistir, no ceder a la indignidad, y seguir, seguir… hasta conseguir. Va por ustedes.