Cinco días

El tipo pasaba en ese hotel unos cinco días al año, no más. Sin embargo, qué cosa tan extraña, durante ese breve tiempo en el que ocupaba una habitación con vistas al Guadiana, tenía la sensación de que se encontraba en casa, y de que el otro tiempo, el transcurrido fuera, medía más o menos lo mismo. Era como si siempre estuviese ahí, como si, pese a tantas idas y venidas, esa fachada que daba a un parque en el que los pavos reales deambulaban a su antojo constituyese su lugar natural.

La primera vez que visitó la ciudad, Badajoz, se llevó una idea pobre del lugar. No le dijeron mucho las calles, la plaza de arriba, el barrio que se desprendía desde lo alto hacia la parte nueva, y mucho menos la zona más moderna, que quería ser ciudad sin poder dejar atrás un aire pueblerino. Es como una mujer fea, sentenció, que está mejor cuando no se arregla.

Sin embargo, una vez y otra, una vez y otra, fue volviendo, siempre al mismo hotel, y comenzó a concatenar visitas como si perteneciesen a una misma estancia interrumpida. Fue dibujando una ruta, diseminándola con establecimientos conocidos. Una cervecería, cierta cafetería, varias librerías, estancos, paseos… La calle de San Juan le convenció de que nunca se cansaría de recorrerla. Las estatuas, numerosísimas, le empezaron a susurrar sus historias, porque las estatuas tienen vida propia, una vida secreta, y da igual en honor a quién estén erigidas, que ellas ejercen como testigos mudos del paso de varias generaciones. Porrina de Badajoz, un mascarón de proa con una señora alzando una espada, académicos, políticos…

El parque de Castelar es un bosque literario, con los pavos de Hera enseñoreándose de los caminos de tierra y con farolas que en la noche alumbran una intimidad. La madrugada teje una maraña en la copa de los eucaliptos y en ella se enredan las nubes que cruzan los cielos del oeste al galope, dejando entrever a la luna a través de sus paréntesis. El Guadiana se pone mítico duplicando las luces, y allá a lo lejos, tan cerca, Portugal.

El tipo cruzaba los sábados por la mañana a Elvas, alzada sobre su propio promontorio, y atrasaba una hora el reloj, intentando comprender qué sortilegio hacía posible que el acento portugués estuviese tan a mano. Y caminaba despacio, saciando la vista y la emoción con las aceras blancas y negras, y con los mercados, y con las iglesias, la plaza y el pelourinho. Y pasaba varias horas en una sociedad, parloteando con los ancianos del sitio, tomando café con ellos, fumando y escuchando viejas historias, aunque a él le parecía que en Portugal hasta las portadas de los diarios más urgentes estaban contando leyendas pasadas.

Una de las armas de seducción más eficaces de la ciudad ante el tipo, sin duda, era ese balcón, al que salía para ver el vuelo de los pájaros y los movimientos de los gorrillas, también susceptibles de ser interpretados. Y la ciudad, sabiendo cuánto de gato tenía aquel hombre, le regalaba horas libres para sus asuntos gatunos: pasear sin destino, subir hasta las murallas, otear horizontes, trazar la vereda del río, leer y escribir a manos llenas, ir al cine, trabajar. ¿Por qué aquí el tiempo cundía más? ¿Por qué aquí escribía mejor, paseaba mejor, se comprendía más eficazmente?

Agatha Christie, Lovecraft, Sapkowski, Juan Ramón Jiménez, Poe, Sun Tzu… ejercieron como guías, sin necesidad de mostrarle nada, sólo un vacío de tiempo, sólo un silencio. Por eso, el tipo, que dormía en tantos sitios al cabo del año, solía despertar muchas veces en esa misma habitación. Llegó a escribir un cuento en el que el protagonista, un trasunto suyo, quedaba atrapado en ese bucle existencial, viviendo como un turista sin obligaciones, como un ser humano sin más propósito que la contemplación. Pero no logró acabarlo, porque ese relato no podía tener otro fin que el del personaje muriendo y quedándose como un ente fantasmal que insiste en el mismo día eternamente. Y eso le pareció duro por premonitorio, por invocar un mal agüero.

Al cabo de unas cuantas visitas, una vez que asumió que lo penetraba una rara euforia cuando llegaba y que experimentaba resistencia cada vez que se marchaba, desarrolló una idea inquietante: estaba viviendo un anticipo de su jubilación. Y comprendió que no hacer nada era el único modo de hacerlo todo. Y que el sitio era tan atrayente porque actuaba a modo de espejo: le devolvía lo que él portaba, un reflejo de lo bueno y malo que cargaba. Y supo que, alguna vez, no volvería más, pero que siempre permanecería en esa balconada, viendo amanecer, viéndose amanecer.