Demolición

Desde esta columna se insiste una y otra vez en la idea de que el mundo está gobernado por la maldad a través de la imbecilidad y de la miseria moral colectivas. No es una frase hecha, pretendidamente efectista. No está pensada para crear memes. Ni para colgarla en un cuadro en la cocina o en el trabajo. No ha sido lanzada para hacerse camisetas. Es, simplemente, lo que está pasando, lo real. Por desgracia. Y, como ayer vimos de nuevo, la realidad tiene una obsesiva manía: imponerse.

Un nuevo accidente ferroviario –si es que fue tal y no algo aún más siniestro– deja decenas de muertos. ¿Y qué tiene que ver esta tragedia con el concepto de que el mal gobierna el mundo mediante la imbecilidad colectiva? Pues todo. El régimen del 78 avanza hacia su fin, deshaciendo cuanto toca. Es una enfermedad en estado terminal pero que cuenta ya con casi cincuenta años de proceso. En el resto del orbe, los amos del mundo ordenan machacar a los ciudadanos, especialmente a los de las sociedades occidentales. ¿Para qué? Ya lo estamos viendo: para crear el caos, a través del cual, como sugieren sus hojas de ruta, pretenden imponer un nuevo orden. Un orden que es la esclavitud.

Así, en España, perdemos la cuenta de los crímenes perpetrados, auspiciados, permitidos o simplemente no evitados por el sistema. Dos grandes accidentes ferroviarios mortales en un año –recordemos que el de 2013 en Santiago de Compostela sigue sin hallar justicia–. Un apagado/apagón que nadie ha aclarado. Riadas provocadas en Valencia por la apertura de las presas. Manipulación climática de continuo. Media España incendiada cada verano para instalar después sus centros de datos y sus paneles solares, entre otros fines. Una epidemia de infartos, ictus, enfermedades degenerativas, cánceres… tras el envenenamiento masivo de la parte de la población que se dejó llevar por el miedo, la coacción y la imprudencia a raíz de la plandemia. Una economía basada en el robo mayúsculo y creciente hacia los ciudadanos. Unos impuestos diseñados no para pagar lo común, sino para conducirte a la pobreza. Una educación destrozada a propósito que en estos momentos practica la desidia abiertamente: y casi mejor así, casi mejor que no den clase, que sigan de huelga para siempre y dejen de adoctrinar y analfabetizar y dañar a los jóvenes. Una vivienda inasequible. Una inmigración dañina organizada y traída por el propio sistema para emplearla contra los esclavos autóctonos. Parte del territorio ocupado por fuerzas organizadas desde fuera con la obvia colaboración de las instituciones propias. Medios de comunicación colaborando para distraer, mentir y justificar a los causantes de estos males. Turbas subcontratadas por el poder para quemar calles y comercios haciéndose pasar por una muestra de la gente normal y harta. Y gente harta, en efecto, que sencillamente no sabe qué está pasando.

Señoras y señores, no está pasando más que esto: el mal gobierna el mundo a través de la imbecilidad colectiva, de la miseria moral, del hecho de acudir a las urnas a apoyar el paripé de que al rebaño se le deja elegir al matarife, de callar, de mirar hacia otro lado, de creerse la farsa de izquierdas y derechas. El mal gobierna a sus anchas mientras seguimos a la gresca entre nosotros y ellos envían a sus empleados los políticos para demolerlo todo. Ahí siguen, como si nada, como si no descarrilasen los trenes, como si el crimen no constituyese ya una institución, como si no tuviesen las manos manchadas de sangre.