Bellezas

Así, en plural. Bellezas. No la belleza a secas. No en mayúsculas: la Belleza. No. No la Idea. Querido Platón,no te pedimos que invoques a Sócrates para que nos explique en qué consiste el fenómeno, o qué es lo bello, o qué categorías posee.

Hablamos de bellezas, de pequeñas manifestaciones diarias, cotidianas, tan cercanas que a veces se nos pasan por alto o las damos por supuestas, dejándolas escapar por distraídos. El mundo trae cada día suficiente carga negativa, no se puede andar de continuo soportando, como Atlas, ese peso inaguantable. De vez en cuando, hay que respirar hondo y cerrar los ojos para volver a abrirlos y contemplar algo que reconcilie con la existencia.

Una temporada viví en Málaga, cuando joven. Desde otoño hasta el verano siguiente. Me sorprendió que pasear por la playa fuese gratis, cuando a la par te cobraban por bobadas que no contribuían al bienestar de ese modo tan sutil en que lo hacían las olas rompiendo en la orilla, las arenas tranquilas, que semejaban ser una obra abandonada por albañiles desertores que se hubiesen ido a pasar el invierno a las tierras del interior.

La otra tarde, en el bar, Víctor me hablaba de Jiddu Krishnamurti, refiriéndose a la problemática de quedarse en los adentros, ensimismado, sin prestar oídos a lo de fuera. ¿Es posible vivir así? ¿Es la solución? ¿Se puede hacer de manera constante? El dilema es hondo y yo no lo tengo resuelto. Pero sí sé, o intuyo, que a ratos hay que volverle la espalda a lo malo y dedicarse a lo hermoso. Las bellezas, como decía. Un despertar plácido. El sentirse escrito, el haber escrito, con la plenitud que eso proporciona. La textura de la miel, tan misteriosa y ajena al paso del tiempo. El que un amigo te recomiende un libro. Reír, con quien sea, no digamos ya con alguien querido. Llenar el salón de risas y complicidades y que todo eso se quede impregnado en las paredes, en los estantes, en las lámparas. La luz de la entrada, tan cortés, siempre de guardia, cálida e incitante. Comer con verdadera hambre, tras un largo ayuno, alimentos jugosos y cocinados con cariño. Pasear, sin más, sin objetivo, pespuntando los senderos. Dos caballos bastándose para dar mate. Los prodigiosos diseños del escualo, del toro de lidia y del halcón. Cumplir con los quehaceres yendo bien de tiempo, despreocupado de lo que se tarde, sólo con el afán de que lo hecho salga bien, se tarde lo que se tarde. La maestría de la paciencia, que siempre insufla un ramalazo de la verónica de Diego Urdiales. Un abrazo sincero, como un refugio antiaéreo. El ritmo medido de Esquilo, que golpea al lenguaje como Miguel Ángel al mármol, preciso y eficaz. El cordero que me comí con César en Ciudad Rodrigo. Y qué boletus. Los sabores recónditos del vino y del jamón. La aristocracia del aceite de oliva, con memoria de los campos del sur. Leer en el parque, con Yoda como custodio de las sombras primaverales. Pensar que ha habido muchos otros antes que ya se ocuparon de lo que a mí me interesa, y poder subir a hombros de gigantes para contemplar con mejor perspectiva los números primos, la Ruta de la Seda o la historia de China. El agua cayendo sobre el cuerpo y llevándose los malos pensamientos que se le adhirieron. Caer en el sueño sin culpas, sin planes, con ligereza. El olor a romero de las palabras amables. La nueva colección de literatura fantástica, tan bien encuadernada, tan hermosamente ilustrada, pese a que ya sabemos, en fin, que toda literatura es fantástica, cómo no. Una tregua con los espejos. Las nubes de verdad. El sortilegio del café. Demorarse en la peluquería, siendo cuidado entre lociones. Las aves zancudas que visitan la rotonda, no sé desde dónde ni a cuento de qué. Emocionarse cantando mientras conduces. El silencio del viento, que ya lo dijo todo. Un mapa detallado. Un adiós elegante. Los dibujos de la niña, que ella olvidará antes que yo. La belleza de los instantes felices. Las felicidades de lo bello. La belleza de que un saco de tripas se afane en crear belleza. Y Aute.