Suicidio

Zozobran los ayuntamientos, tironeados sus recursos por colas interminables de foráneos en busca de la regularización. Se afana el poder en forzar el discurso oficial para que se imponga una espiral de silencio ante lo obvio: la ingeniería social de los amos del cortijo ha promovido el suicidio del país, introduciendo un número inasumible de gentes traídas mediante sus cauces, mediante los muchos medios de que disponen.

No vienen. Los traen. ¿Para qué? La inmigración siempre ha sido una herramienta que el poder ha empleado contra los autóctonos. Esto no es nuevo, aunque se pretenda vender como novedad. Tan viejo como el hilo negro. Europa se ha suicidado, los dueños de la ganadería están llevando a cabo cambios estructurales y los políticos, que son sus empleados, se limitan a cumplir con su cometido, que no es otro que obedecer a ciegas las órdenes que les llegan desde arriba por más que éstas supongan un atentado contra todos nosotros.

Escucho a diario a ciertos analistas que se ocupan de la guerra de EEUU e Israel contra Irán. Se trata de expertos de verdad, no de tertulianos televisivos, y muchos de ellos han ocupado cargos de altura. Saben de lo que hablan. Pero si no supiéramos quiénes son, si les quitásemos el rótulo que los identifica y nos quedásemos con el mensaje que transmiten, no hay duda de que la oficialidad los denostaría como parias, ya que contradicen todo cuanto se afirma desde los medios tradicionales, voceros del poder. Me llama la atención que alguno de ellos ha llegado a sostener algo que en esta columna se lleva diciendo desde el principio: los gobiernos están actuando contra las poblaciones a las que dicen representar. Esto resulta inocultable en España, pero también en muchos de los países europeos y hasta en EEUU. Ayer escuché a uno de ellos soltar una perla: ningún pensador clásico –citó a Adam Smith, David Ricardo, Marx y Keynes– consideró la posibilidad de que las instituciones tomasen decisiones que perjudicasen a sus ámbitos de acción. Ninguno de ellos, es decir, consideró que quienes se encuentran al cargo de las riendas de los países se decidiesen por el suicidio. Pero es lo que tenemos ante nuestros ojos, por delirante que parezca. ¿Quién podría prever que Alemania apoyase la destrucción del gasoducto que le garantiza la energía? ¿O que países como Francia, España, Inglaterra, Bélgica o Suecia importasen África para destrozar lo que queda de sus economías y de su convivencia? ¿O que EEUU acelerase la caída de su imperio mediante acciones bélicas de las que nada obtienen pero que conducen inequívocamente al marasmo económico mundial? Solamente se entiende esto partiendo de un hecho, llegando a la última capa de la cebolla que aquí solemos emplear para tratar de entender: los gobiernos son meras herramientas en manos de poderes más altos. Quienes mandan en el mundo han decidido acabar con las sociedades occidentales –y conviene en este punto no confundir Occidente con el Imperio angloestadounidense–. ¿Por qué? ¿Para qué? Ellos sabrán. Pero es lo que está ocurriendo, nos guste o no, nos suene sensato o no. Una porción del mundo se está suicidando, obedeciendo las órdenes recibidas. Ese suicidio pasa por la demolición de las economías, de la vida cotidiana, de los sistemas educativos y sanitarios, de los modelos energéticos, y todo conduce a una pobreza generalizada de la que, según parece, ellos esperan obtener alguna ventaja.

El mal gobierna el mundo y lo hace a través de la imbecilidad colectiva; imbecilidad que, previamente, se han ocupado de cultivar a través de la educación y de los medios de comunicación. Que cueste asumir las motivaciones por las que sucede el mal no cambia la realidad. Y ante una agresión de estas dimensiones, sentarse a intentar comprender por qué nos agreden no basta ni es producente, sobre todo si eso conduce a negar la evidencia. Esto explica desde esas colas en los ayuntamientos a los cielos otanizados. Y explica por qué toses tanto. Y por qué no llegas a principio de mes. Y por qué tus hijos no tienen ni futuro ni presente. Para todo lo demás, Mastercard.