Le sobraba el don. No lo necesitaba. Era Fernando, a secas. Tenía tanta clase que su nombre en solitario ostentaba más estilo que otros con cargo o título. De una pieza, qué espalda tan derecha, siempre demostrando cómo hay que lucir la chaqueta. Llegó muy joven a la capital, desde su pueblo, del cual no se marchó nunca, y en su muy prolongada trayectoria tuve la suerte de encontrarlo cuando él venía de vuelta de todo y yo todavía no peinaba canas.
Puedo prometer y prometo que conocí a Fernando Ónega. El otro día, cuando falleció, varios amigos y compañeros me avisaron, bien para darme la noticia, bien para preguntarme si asistiría a la despedida. Mariló, Miqui, Concha… Pero no soy de entierros. Probablemente, ni siquiera asista al mío. A mí la muerte me va llegando por entregas, en forma de ecos que hablan de la partida de seres queridos, familiares, amigos… Supongo que son anticipos del fin propio. Empiezo a entender la soledad del último de su generación, del que se quedó para cerrar la puerta al finalizar la fiesta. No suelo encajar bien el titular. Es después, pasadas las horas, o los días, o hasta los años, cuando la ausencia del que partió se me va haciendo real, a medida que me brotan recuerdos de lo vivido junto a esa persona. Es entonces cuando comprendo que siguen vivos, en cierta medida, mientras alguien aún sonría al recordarlos.
A Ónega, entiendo, le están brindando todo tipo de loas. Son merecidas, a mi juicio. Tampoco hizo falta que se marchara para que su buena fama resultase inocultable. En la profesión del periodismo, cainita y adyacente al poder, el canibalismo dificulta el reconocimiento al otro, y uno siempre sospecha que cualquier piropo contiene una porción de interés, dentro de ese contaminado ecosistema que es la jerarquía mediática. He conocido pocos lugares tan propicios para obtener lo malo de las personas como una redacción. Sin embargo, en ese contexto, Ónega se marchaba del plató impoluto, como si las batallas miserables que se libraban a su alrededor no tuviesen la capacidad de mancharlo. Porque intuyo que sus grandes guerras tuvieron lugar antes, frente a sus coetáneos, y que nosotros, de otra generación, ni siquiera las sospechamos.
Su voz fluía atrayente, honda, tenía el encanto de la voz de Saruman, capaz de embelesar. Hablaba dando la sensación de estar masticando los pensamientos antes de transmutarlos en palabras. En sus análisis ante la cámara, el micrófono o la página, siempre atinaba a obtener lo esencial. Preguntaba a los muy jóvenes. Preguntaba a todo el mundo. Escuchaba –qué bien escuchaba–. No contradecía. Observaba. Callaba. Y se quedaba para sí las conclusiones. Fuera de los focos, sus comentarios resultaban aún más demoledores. Recuerdo unos cuantos de ellos, gracias a los que aprendí más sobre el periodismo que en toda la carrera.
Conocía el ejercicio del poder y el influjo de éste sobre las personas. A colación de un libro que escribió sobre el rey Juan Carlos, hablamos de Kipling, del que él tomó el título, y sobre Chesterton, Galdós o Shakespeare. Conocía el alma humana. Comprendía el funcionamiento de los resortes del poder, como digo, entre los que se movió con pericia durante décadas, viendo cómo unos iban y otros venían, cambiando todo para que nada cambiase, mientras observaba, gastándose en el humo que lo envolvía.
Cuando uno era un niño, él ya había escrito la Transición. Mediante su exquisito trato, supimos que contemplábamos otro tiempo, quizá uno mejor, y que aprendíamos los códigos que mueven los despachos, los relatos periodísticos y gubernamentales. Siempre llevaba una libreta, una Moleskineen la que anotaba con una letra urgente y meticulosa. Una vez me referí a ello en un artículo, preguntándome por esas notas que yo ansiaba curiosear. Cuando él leyó la columna, no me dijo nada; simplemente apareció al día siguiente y me regaló una libreta como la suya, de tapa negra, y me dijo que no desperdiciara el talento, que es un regalo divino, y que escribiera mi propia historia.
Fernando, para qué el don. Qué prodigiosa mezcla de calle y seminario, de décadas pasadas y de porvenir. Qué manera de navegar entre tantas procelosas aguas. Y qué humor tan fino, cuando entrecerraba sus pequeños ojos y, parapetado tras las gafas, soltaba la frase preñada de inteligencia. Él fue quien me enseñó que un buen texto acaba rotundo con una aguda. Te hago caso, Fernando: contigo se ha ido un maestro, se ha ido un señor.