Es el hermano pequeño de las doce tribus del año. Febrerillo, con un diminutivo que lo convierte en un mes simpático. Febrero, el loco, loco por disfrazarse y recordarnos que la vida es un carnaval. Conviene no olvidar su lado cambiante, con cielos que cada día despiertan distintos, travestidos, porque aglutina las lluvias, los vientos y los soles, y no sabe qué quiere ser de mayor, si máscara de Larra,Enterao del Selu o aspirante a Papa, como el Yuyu. Y febrero, además, cada cuatro años excepto en los finales de siglo se alarga una jornada más, exigiendo paciencia a marzo. Conocí una vez a un tipo que había nacido el 29 de febrero, y no sabía el hombre cuándo celebrar su cumpleaños: ni siquiera sabía si es que cumplía años o ediciones de los Juegos Olímpicos. No sé dónde andará. No sé dónde anda casi nadie ya.
Febrero contiene una primavera inaugural, porque las estaciones están adelantadas en nuestras cuentas, y realmente comienzan un mes antes de lo que creemos, como bien sabían algunos antiguos. De este modo, el verano finaliza en la segunda mitad de agosto, así como el invierno echa a andar mediado noviembre o la primavera le pasa el testigo al estío en medio de mayo. Nosotros, que tanto transitamos los caminos, sabemos que no existe eso del tiempo estable, que es o un invento para que aspiremos a una quietud quimérica o un modo de hacernos olvidar el seguro azar de Salinas, porque lo único fijo es la mutación continua.
El tiempo es inestable por naturaleza, tanto el meteorológico como el otro, el del paso de la vida, que nos va impartiendo simultáneamente lecciones de dolor y esperanza, como un profesor al que no se le toma la medida y que no acabas de concluir si quiere que aprendas, que suspendas o que mandes los estudios al carajo y te metas a jardinero, que probablemente hubiese sido lo más sensato.
Febrero es un aliado, porque contiene menos días para que los políticos nos roben. Y menos noches en vela, preguntándose si amanecerá. Febrero es un invierno cansado de sí mismo. Un relámpago en el calendario. Un período, me contaba el otro día Raúl, el dueño del bar de enfrente, más difícil que el de la cuesta de enero, porque por lo visto la gente tira de tarjeta y ahora es cuando pasan la factura y se evidencia que la manta no cubre lo que debería cubrir. Febrero despierta de los desatinos de los propósitos de principio de año.
Febrero es un acuario que se dirige a piscis. Cuatro semanas que se interrumpen abruptamente, como si el mes nos abandonase antes de tiempo, yéndose a las jurisdicciones de la memoria, donde habita todo lo que ya fue. A un amor de febrero hay que presuponerlo torrencial, alocado, intenso y con mil caras, a caballo entre la pasión y el odio, entre el asco y el deseo voraz. Febrero, en el almanaque que me regaló Pampi el sábado pasado en Valdemorillo, es José Tomás echándose el capote a la espalda, listo para la gaonera en la plaza de Madrid, en 2008, en una imagen en blanco y negro donde el único color es el del percal.
Febrero no da tiempo a nada, tiene prisa por quemar la existencia, como un adolescente que no cree que, por mucho que pase el tiempo, él vaya a acabar cumpliendo los treinta. Es James Barrie vestido de Peter Pan. Es Arlequín vestido de Juan Carlos Aragón. Es uno mismo disfrazado de su íntimo enemigo.
¿Cuándo va a dejar de llover?, se escucha en todos lados. Nunca. Cuando febrero quiera. Cuando sea. Y no lo dice gente que tenga un campo y que necesite que se detengan las lluvias para no anegar lo suyo. Es gente de ciudad, que sólo ha visto lo verde en las carteleras de cine que anuncian las películas de Hulk, a quien de niños llamábamos La Masa. Eso indica que el influjo de lo meteorológico en nuestro estado de ánimo es mayor del que se quiere admitir. La gente está lluviosa, borrascosa, azotada por dentro por los vientos de fuera, que se le meten en el alma hasta helar las estancias más recónditas. Viene otro frente, dicen. Pero la lluvia no cae en el bar, donde sólo cae el IVA. No es de extrañar que estemos tan locos como este mes, el benjamín de los meses, la fiebre del año.
Ay, febrero pasa tan rápido que siempre es febrero. Como la alegría. Como la vida. Febrereemos, pues.