El Barón Rojo

Tener siempre por dónde huir. Saber cómo se sale de cualquier sitio en el que te hayas metido. No entrar en el embrollo sin antes situar la puerta de emergencia, de salida. Eso me decía el Fali, que dejó los trenes para navegar, en una técnica que él contaba que había aprendido del Barón Rojo, el famoso aviador de la Primera Guerra Mundial.

Pero hay lugares de los que no se sale si no es con mucho sacrificio o mucha dificultad, Falillón, ni aunque venga a buscarnos el alemán con su avión. A veces te pierdes, pierdes el hilo, te hundes en el fango y notas cómo el lodo va subiendo hacia el pecho, hacia el cuello, hasta amenazar con sepultarte. A veces, te quedas varado, inmóvil, temiendo que no suba de nuevo la marea y que jamás vuelvas a surcar el mar abierto.

Cuando esto ocurre, es bueno hacerle caso a mi amigo Fali y saber cómo se reinicia el asunto. Si te quedas quieto, no te volverás a mover jamás. La inmovilidad provoca tristeza, y viceversa. ¿Cómo se regresa al ser, al modo mínimamente decente de convivir con uno mismo y seguir en el día? Cuando él me hablaba del Barón Rojo, yo le respondía que eso para mí era el regreso al camino de baldosas amarillas. Camino a Oz, sabemos que si abandonamos el sendero nos perderemos, correremos peligro, puede que nos extraviemos para siempre.

Para mí, el camino de baldosas amarillas es la letra impresa –leída o escrita–. El conocimiento. Ponerme a estudiar, a aprender. Ahora ando con la Ruta de la Seda, que me sirve de base o contexto para dos tareas que he emprendido. Por cierto, qué curioso que ese nombre fuese acuñado por un tío del Barón Rojo, el bueno del tío Ferndinand, un viajero al que imagino como el tío Matt de los Fraggles.

Battiato se levantaba a las tres de la mañana para estudiar. Kafka escribía para alcanzar la jornada siguiente, temiendo no salir adelante si abandonaba el folio. Salinger se marchó a sólo escribir, lejos del mundo. González Ruano confesó a medias su medio siglo para seguir oculto, porque a su vida tan callejera le siguió una existencia de reclusión en casa, no sé si por falta de dinero o de ganas o de ambas cosas.

Lo que quiero decir es que para retornar al camino que conduce hacia adelante hay que tener un mecanismo, un truco, un plan. Cada uno tendrá el suyo, naturalmente. Pero sí es aconsejable contar con ese recurso, en tiempos como los de hoy, tan cambiantes, tan amenazantes, con tantas distracciones, con tanto viento frío helándonos el alma, con esos cuchillos dentro de los abrigos.

Nos rompemos y por las grietas entra la luz, le dije hace un par de semanas a Morante de la Puebla, que sonrió, reconociendo el hecho, y que me dijo que era una frase muy buena y muy cierta. Yo se la escuché a Leonard Cohen. Morante está roto, Cohen lo estuvo, todos lo estamos. A ver qué luz puede entrar desde ahí fuera, que no venga teñida de veneno, sino de polvo de una tarde machadiana, si puede ser.

El olor del libro, el sonido de las teclas picoteando el abecedario, el trazo sensual del bolígrafo sobre el papel, la luz de la biblioteca, el ir mirando detenidamente los estantes, reconociendo el lugar de cada apartado, los nombres propios, charlándoles en voz alta a toda esa gente que nos acompaña y cuya presencia es más viva que la de muchos conocidos. La libreta de notas en la que vas hilando las ideas, resguardándolas del manotazo del olvido. Todo esto forma parte de ese retorno a las baldosas amarillas, al ser, a cómo mantenerse en pie para seguir recibiendo golpes. Así es como regresa uno a la corriente personal, así es como escapas de los tiroteos del destino, del hado, capaz de rasgar el aire y ponernos cara a cara frente al horror en cualquier momento.

Fali, en qué mares andas. Aquí estamos a lunes. Un lunes gris tirando a negro en el que sólo los versos más sueltos siguen creyendo que va a ser posible otra primavera. ¿Sabes? Huele bien la página de libro bueno. Sólo hay un olor mejor: la del libro viejo.