Ayer todo me salió mal o muy mal. Valga esta frase como comienzo, pero que conste que nunca me ha gustado que el columnista aproveche su espacio para airear el problema que tuvo con el albañil, regodearse en lo que le pasó en no sé qué tienda o exponer la discusión que tuvo por la calle con un viejo conocido.
Si empiezo hablando de lo mal que salió ayer todo es sólo para contextualizar lo que le escuché a un señor que, cuando ya no daba crédito de lo que estaba ocurriendo, porque unos jaleos burocráticos nos estaban impidiendo realizar determinada tarea en cierto lugar, clamó entre incrédulo e impotente: «Pero en este país qué es lo que funciona, Díos mío». El caos, le respondí yo, y añadí: pero no un caos casual o al que se haya llegado por error. Está todo calculado, diseñado, medido al milímetro. El caos se extiende como una mancha de aceite sobre el mantel. Pero que no nos engañen: la aceitera la han tirado a propósito, con mala intención.
Da igual cómo acabara la cosa para nosotros, porque no va de eso esta columna. Ni siguiera sobre el caos. Va de la queja. El mundo está empeorando por días, y es lógico que la queja se haya puesto de moda, se haya popularizado, se haya extendido como ese aceite derramado. Hay que hablar de la queja, por tanto.
Lo primero que hay que decir es que quejarse es feo. Para quejarse con arte hay que tener mucho talento, y no todo el mundo es el Selu, carajo. Un tipo quejumbroso –qué palabra tan prodigiosa– pierde razones, justificaciones y presencia.
Lo segundo es que quejarse no sirve para nada. En Uno de los nuestros un personaje lo dice: «Me quejaría, pero para qué».
Se puede llegar entonces al dejarse hacer, a la conformidad con los golpes, como un boxeador que se acostumbra a caer a la lona y que ya ni siquiera opone resistencia al KO.
Pero, ¿entonces? Porque esto pasa: sale algo mal, y algo mal, y lo siguiente, y todo. ¿Qué hacemos, si quejarse no sirve de nada y la desidia tampoco?
Bukowski, cuando la cosa se ponía así, opinaba que lo único que cabía hacer era permanecer en casa, aislado, sin hacer caso a nadie, sin interactuar, sólo estar, estar quieto, recargarse. Según él, la marea pasaba sola y al cabo de unos días ya podías salir de nuevo a hacer vida normal, sea eso lo que sea, que yo no lo sé.
Pero hay que reconocer que existen malas rachas que duran semanas, meses, décadas. Vidas. Nos está pasando a nosotros con un sistema que se deshace y que amenaza con derrumbarse sobre nuestras cabezas. Se resiste a morir y batalla, llevando la guerra lejos, para evitarla en su propio territorio. Se trata, en gran medida, de una demolición controlada, pero eso no significa que no nos puedan sepultar los cascotes de esto que se cae, intentando como andan cambiarlo todo para que todo siga igual.
Pues nada. No queda otra que echarse al día presente esperando que no despliegue, como el de ayer, todo un catálogo de malas artes. Y considerar si hay algo que se pueda hacer que no se esté haciendo o que se pueda hacer mejor, algo que esté en nuestras manos. Y asumir, no obstante, que a veces no queda otra que hacerse un Séneca: soportar y renunciar. Torear con viento.
A mí me parece que el que tiene razón es Josep Pla, que aconsejaba lo siguiente: cuando acabes el día y hayas salido vivo, vete a tu casa, cierra la puerta y, en paz, brinda contigo mismo, porque por una vez no te ha alcanzado la fatalidad. Ojalá brindemos hoy.