Partir al ganado en grupos, enfrentarlo entre sí y garantizarse de ese modo el manejo del mismo. La estrategia del poder es clara, antigua y hemos de reconocer también que eficaz. La cantidad alcanzada en la partición del conjunto es inversamente proporcional a la intensidad del odio que después puedes inculcar a cada una de las partes. Lo ideal, en este sentido, es dividir en dos, y que se den entre ellos, mientras tú pastoreas con impunidad y cómodamente. Ahí tenemos la gran división de laboratorio de izquierda y derecha, una de las herramientas más útiles por parte de quien se encuentra al mando, podríamos decir que en los dos últimos siglos, algo más quizá: desde lo de la Revolución francesa.
De modo que abrir un abismo, colocar a cada uno de los lados a un grupo y conminarlos a que se apedreen entre ellos. De las muchas virtudes para los amos que posee esta estratagema una sobresale sobre el resto: puedes machacarlos sin que se den cuenta de que eres tú el culpable de todo, ya que los has convencido de que todo lo malo que padecen proviene desde el otro lado de la brecha. Así, encontramos gente para la que la razón de cada desdicha está en la derecha, y viceversa. ¿Suben los precios hasta hacer la vida imposible? Son los otros. ¿El sistema de transportes se deshace, como antes lo hizo el sanitario y el educativo? Los otros, los otros. Para unos y otros, siempre los de enfrente. La culpa es de la izquierda. La culpa es de la derecha. Sin importar que a uno y a otro lado de la brecha los mandamases sean meros contratados por quien realmente toma las decisiones, que son los mismos que han alentado la división.
En el caso español, en el denominado Régimen del 78, así se diseñó la cosa, tras un arranque estético desde un supuesto centro ideológico, el de UCD. A continuación, se coloca en el poder al PSOE, una recreación de la CIA, y se lo aprovecha durante una década y media desmantelando la industria del país. Otra creación, la del PP, toma el relevo, y continúa al dictado de los amos, colaborando con la entrada al euro –esa gran ruina general– y ahondando en la partición del territorio merced a lo dispuesto en el Título VIII de la Constitución, una bomba de relojería diseñada desde fuera para que los de dentro se enfrenten entre sí mientras el Estado desvalija a unos y a otros.
El único cambio que tuvieron que introducir en la teoría de la brecha es el de los varios lados. Porque los partidos políticos son creaciones de ingeniería social que simplemente responden como reflejo a lo que ellos detectan en la socidad, procurando que el hartazgo no te saque de la obra de ficción. No otra cosa fue lo de Podemos, como ahora lo de VOX. Es decir: ya no hay una brecha, sino varias. Unos contra todos, un puzle imposible, pese a que se mantiene la ilusoria división entre derecha e izquierda.
Les funcionará más o menos en la medida en la que la masa siga creyendo. A la par, fomentan otras divisiones cuyo fin es el mismo: que nos odiemos entre nosotros. Así, han abierto brecha entre mujeres y hombres, entre jóvenes y viejos, entre los de un territorio y los de otro…
Sin embargo, existe una brecha distinta, que entiendo que no es creada por ellos, que se encuentra ajena a su voluntad y a sus planes de dominación. Me refiero a la grieta que se ha abierto entre quienes siguen creyendo en el sistema y los otros: aquellos que se han percatado de que todo es un tinglado formidable y, de entrada, desconfían de cuanto proviene del discurso oficial, sabedores de que las instituciones son nuestras contrarias. Esa división los destapa, de forma que para continuar esclavizándonos se ven obligados a echar mano de la violencia, ya sea ésta fiscal, como la que padecemos, o física, llegado el caso. Hay que explorar tal división. Porque supone una separación real: entre quienes ansían seguir bajo el techo de un mundo que se desmorona y quienes nos afanamos por escapar antes de que la demolición nos sepulte. En breve hablarán de un mundo nuevo: de hecho, ya trabajan para que todo cambie de modo que todo siga igual. Veremos.