Las carreteras españolas han degenerado hasta una especie de rayuela o regaña que permite cruzar la península saltando de grieta en grieta, de socavón en socavón. La antigua ardilla que recorría estos pagos por los árboles, sin tocar el suelo, ahora podría completar su trayecto pasando de placa en placa solar, y en cada uno de sus saltos subiría un punto porcentual el impuesto energético que te acerca a la indigencia. Del mismo modo, un Tarzán experto en aluminio emularía a la tal ardilla enganchando sus lianas de estela química en estela química. Y, mientras tanto, el telecreyente te diría que no, que todo es normal, que no pasa nada, que eres un conspiranoico o cualquier otro insulto de diseño creado en un laboratorio de ingeniería social y distribuido después a través de sus medios.
De este modo, podemos concluir que el asfalto que las vías están echando de menos lo han tirado sobre los rostros de quienes siguen defendiendo los crímenes de los de arriba. Cara de esfinge, se solía decir antes, cuando todavía se sabía qué era una esfinge, que ahora suena a nombre de programa informático de contabilidad. Cuádrame en Esfinge el presupuesto del trimestre.
Produce la situación actual una honda tranquilidad: la de no tener ya que discutir con nadie, la de no sentir deseos de convencer a nadie de nada. Revientan los neumáticos después de pagar la ITV, como si fuesen piñatas de cumpleaños. Con cada pinchazo, alguien experimenta la dificultad de mantener la cordura, defendiendo a sus carceleros. Con cada punto de IVA, se asesta una puñalada en el sentido de quien sigue entonando el mantra de que es para educación y sanidad, como si eso que tienen montado fuese educación y sanidad, por otra parte.
Pero el lunes echar a rodar en forma de atasco, de bandadas juveniles rumbo a sus centros de adoctrinamiento, de ruidos de los soplahojas –qué difícil que no se vayan las manos después de teclear sopla…–. Siempre hay un martillo compresor en alguna acera cercana, o un pensamiento negativo que revolotea sobre el escritorio con la esperanza de que te vengas abajo y desperdicies tu energía con él. Pero cuando hay tanto por hacer, cuando el ayuno que nos ha enseñado el doctor Esteban nos brinda un motor que para sí quisiera Fernando Alonso, no es difícil ponerse a la tarea y disfrutar de la acción, de la labor continua, de las horas fértiles.
Mi calle fue asfaltada hace poco. Ya han brotado las primeras fallas; hasta tres conté ayer. Es la imagen de un sistema en colapso, que ni siquiera recién duchado se alivia de la podredumbre, ya que ésta no es superficial sino interna, y le mana desde lo profundo.
Sé bien que la columna está quedando hoy nerviosa, urgente, vertiginosa. Quizá es febrero, que se acaba, o la primavera, que no se aguanta y da patadas en el vientre del calendario, anunciando que a lo mejor viene sietemesina y sale antes de cuentas.
Lo que quiero decir, en fin, es que da igual lo que hagan. Hemos llegado a tal punto de asunción de la vileza gobernante que a uno le basta muy poco para exprimentar el empuje de la nueva jornada y vivirlo con la calma de quien acomete una gran tarea. Esta misma mañana una de las protagonistas de la nueva novela ha venido a comunicarme que está embarazada, y eso ha cambiado toda la trama. No sé desde cuándo lo sabría ella, pero ha esperado hasta el lunes a primera hora para confesármelo. A lo mejor ayer domingo no quiso molestarme.
El panorama actual supondría un reto mayúsculo para Agatha Christie, pues de sobra sabemos quiénes son los asesinos, desde la primera página. Supongo no tardarán en iniciar la campaña de propaganda de qué calor hace esto no es normal paguemos más impuestos. Pero tranquilos: abandonemos sus caminos de asfalto enfermo. Las veredas de los campos nos aguardan, con el silencio como consejero y la paz, la paz, ésa que tantísimo nos envidian.