La diferencia principal entre la literatura y la vida es que la primera es una maquinaria accionada por el para qué, mientras que la segunda funciona mediante porqués.
El otro día, en uno de esos extraños ratos libres que el año le va dejando a uno, vi de nuevo una de las películas del que probablemente sea mi director de cine favorito, Billy Wilder. Avanti!, con Jack Lemmon y Juliet Mills como protagonistas. No fatigaré a nadie con detalles de la trama, del prodigio que es Lemmon o de la sensualidad hipnótica de Mills. Me quedo con la ligereza del guión, otra obra maestra del propio Wilder en colaboración con IAL Diamond, basado en una obra de teatro de Samuel A. Taylor. La película es un rodillo que no se detiene pero que, lejos de atropellarte, camina sin descanso y te envuelve, desnudando a unos personajes que vienen rotos de la vida –sin saberlo– y que van comprendiendo que sus biografías no sólo no les satisfacen, sino que están ejerciendo de enemigas. Todo lo que ocurre en Avanti! está guiado por la inteligencia de sus creadores. Se presiente el sentido último de las cosas, el propósito, el que no se dé un solo plano o se diga una palabra que no cumpla su función. Eso es la literatura, eso es el para qué. Si en un relato, una novela o un guión de cine aparece un elemento es porque posee una finalidad. Se trata de la pieza de un conjunto que hace que éste funcione.
La película acaba, tú regresas a tu existencia y no tardas en darte cuenta de las similitudes que en muchos aspectos mantienes con esos pobres desgraciados de Wilder. Sin embargo, la vida propia, la nuestra, la de este lado de la pantalla o de la página, no está guiada por las sabias manos de Diamond. Aquí no funciona el para qué, sino el por qué. Las causas y los efectos. Desconocemos en gran medida las causas que están provocando estos efectos que vamos acarreando en forma de pequeñas miserias, zancadillas y abismos diarios. Cada vez resulta más inusual encontrar a gente como Ignacio, Váitovek para el mundo tuitero, sabedor de que la ciencia abandonó hace más de un siglo el método científico y que ahora sólo se mueve por invenciones teológicas arteramente manejadas por las intenciones oscuras de gentes que no dan la cara.
Por lo tanto, vamos a ciegas. O, al menos, a oscuras, tengando lo cotidiano por si reconocemos las formas de lo que nos rodea. Buscamos porqués y lo hacemos sin el alivio de que todo lo que ocurre responda a una finalidad, a un para qué.
Para suplir tal deficiencia, tal vacío existencial, están los propósitos, las benditas causas –entendidas éstas ahora no como razón u origen, sino como aspiración, como meta, como misión–. Hoy torea Tomás Angulo en su pueblo, en Llerena, Badajoz, y a mí me hubiese encantado poder asistir a ese festival, porque sé que ahí hay un hombre con una causa, con una lucha. Escucho el capotazo que dio anoche Albert Serra al recoger el Goya por Tardes de soledad y también entiendo que estamos ante alguien movido por una guía interna, por un mapa que él mismo se ha trazado. Pasé la mañana del viernes con Javier Núñez, el ganadero de La Palmosilla, en Cádiz, y también en él percibí todo eso, además de sacar la impresión de hablar con alguien que comprende el alma humana, con todas sus aristas. Como hacía Wilder, sin juzgar, simplemente tomando notas y caminando sin exponerse demasiado a los navajazos.
No, la vida no es una película de Wilder. Se parece más a una de Buster Keaton, porque por debajo de tanta palabrería hueca transcurre una historia que sonríe muda y que nos va zarandeando. A los personajes de Keaton los salvaba el amor que sentían por la chica. A nosotros, veremos a ver. Más que un por qué, lo que queda es preguntarse por qué no. ¿Por qué no avanzar, simulando que todo esto tiene sentido? Y que cuando el día llame a la puerta y pida permesso, nosotros respondamos con voz clara: Avanti!