Pensé que esta columna se iba a titular La desfachatez o Lo grotesco. Porque en un primer momento iba a partir de la famosa sentencia de Alexander Solzhenitsyn que dice: «Sabemos que nos mienten. Saben que nos mienten. Saben que sabemos que nos mienten. Sabemos que saben que sabemos que nos mienten. Y aun así, siguen mintiendo». Nunca ha estado tan clara o tan vigente esa cadena sintáctica que parece un trabalenguas. No lo es. Nos mienten. Lo sabemos. Sabemos que lo saben. Saben que lo sabemos. Y eso no cambia nada.
¿Por qué ocurre esto? ¿Cómo es posible que quienes están al cargo de los asuntos comunes se manejen con tal descaro? ¿Cómo es posible que no haya consecuencias? Imagina que unos dirigentes, desatendiendo sus obligaciones, dedicaran ingentes cantidades de dinero, a priori destinadas a mantener las infraestructuras, al lucro personal y de los suyos vía robo. Imagina que distrajeran no sé cuántos millones de euros, miles de millones –de euros, no de pesetas, que ya sería grave–. Y que, cuando esa negligencia y ese saqueo de los dineros públicos provocasen un marasmo mortal, en vez de entregarse, salieran plácidamente a echarle la culpa al cambio climático. ¿Sería comprensible, en tal caso, que las farolas continuasen desocupadas?
O imagina que estuviésemos viviendo el invierno más frío, duro, lluvioso e incómodo en décadas y que, mientras tanto, agencias oficiales supuestamente encargadas de recopilar y analizar datos se afanasen en ejercer de oficina propagandística del invento del cuento climático, llegando a afirmar –y junto a ellas, un ejército de subcontratados que cobran por obedecer y repetir consignas descerebradas– que no hace más frío, que lo que ocurre es que, en un invierno seco y cálido, tu percepción se encuentra alterada, como el clima, a decir de ellos. Y las farolas, ahí, ociosas.
Imagina que en un país a la deriva los dirigentes sonrieran aduciendo que todo va como un cohete mientras que los impuestos asfixian, los precios se desbocan y la vivienda se torna inaccesible –no ya en propiedad: ni siquiera en alquiler–. Imagina que estuviesen sentando las bases de la ruina definitiva y que exigiesen que salieses al balcón a aplaudirles a las ocho.
Nos mienten. Lo sabemos. Saben que lo sabemos. Y da igual. ¿Cómo es posible?
Es posible, creo, porque esos discursos no están dirigidos a ti, sino a la porción de la sociedad que sigue apretando los párpados, taponándose los oídos y con la boca amordazada para no reconocer que habitamos un corral y que somos ganado para ellos. Ese porcentaje de gente que simula que la cosa no es tan grave lo hace por miedo, por incapacidad mental o porque está en el ajo. Y se trata de un grupo cada vez más reducido. Pero, a medida que la sociedad se adentra en el proceso de degeneración que los mandamases impulsaron desde hace al menos un siglo, el discurso oficial ha de envilecerse. Por eso sus representantes han de ofrecer más vileza, en consonancia con el estado general de las cosas. Y por eso las mentiras resultan cada vez más evidentes, más grotescas, más grandes. Ese discurso, demente a las claras, ya sólo se dirige a los últimos de Filipinas de esa abducción ideológica cultivada durante décadas mediante la educación y los medios de propaganda.
Sin embargo, siendo sincero, he de admitir que, de los varios estados de ánimo a los que me mueve este panorama, el predominante en muchas ocasiones es el del asombro, de ahí el título de esta columna. Ya sabemos desde hace mucho que gobiernan criminales y que lo hacen mediante la violencia, la fuerza y la imbecilidad colectiva, que previamente se han ocupado de abonar. Sabemos que saben que lo sabemos. Pero me asombra que, en efecto, aún existan cándidos que se nieguen a ver, o que no vean, o que vean pero se den la vuelta y sigan como si nada. Suelo decir que el hambre despertará a los más crédulos, pero no me queda claro que esto vaya a ser así en todos los casos. Muchos morirán de inanición jaleando al carcelero, al torturador, al sicario que está ejecutando los planes de los de arriba.
¿Entonces, qué? No queda otra que la desobediencia. La desatención a sus constantes mensajes, tan dañinos como ridículos. El ser conscientes de que vivimos en territorio enemigo, en terreno minado. El crear comunidad con gente que se sepa igual de perjudicada. Y la esperanza. Porque una de las armas más siniestras del enemigo es ofrecerse como invencible, rumbo a un futuro sin alternativas. Asombroso, de nuevo, pero así es.