No quiere uno ir de sabiondo por la vida. Qué pereza da esa gente que ya lo sabe todo y que pretende explicarte incluso lo que tú mismo has vivido y ella no. Por eso, aunque procuro mantener la prudencia y no aceptar la primera cosa que llegue desde por ahí, lo cierto es que de vez en cuando hay que soltar la mano y dejarse aconsejar.
Lo digo porque hará un año un señor de estos que sabe de todo, que se encuentra a la última, que lo mismo te aclara cómo manejarte con la IA que te dice lo que tendría que hacer Simeone con esa plantilla, me dio un consejo, parece ser que preocupado por lo mío. En concreto, me deslizó que lo que a mí me estaba haciendo falta era un personal trainer. Me lo dijo así. Un entrenador personal. ¿Para qué, si yo no voy al gimnasio? Pues precisamente, insistió: empiezas a ir, te pones en sus manos, dejas que te marque las rutinas, que te haga un seguimiento, que te motive… Y, me aseguró, en pocas semanas ya vería los resultados.
No quise actuar de forma impulsiva, desechando de entrada una información que quizá me fuese útil. Así que agradecí sinceramente a ese señor que me diese tan edificante sugerencia y le hice caso. Quizá aquellos días andaba yo más aristotélico de lo habitual, pues consideré que en el medio estaría la virtud, así que opté por dejarme aconsejar pero adaptando la recomendación recibida a mi modo de ser. Hacerme un traje a medida, o sea, que a estas edades no cabe uno bien en lo estándar. Así que, en vez de con un personal trainer, como él me indicaba, alumbré la posibilidad de hacerme con un bar trainer, un consejero de bar, un maestro en barras, tugurios, locales y garitos. Y eso hice. Llamé al Marqués, jubilado, sensato y libérrimo, y le propuse el cargo. Él aceptó encantado. «Claro, brother, eso yo te lo clavo», exclamó con su acento cheli, más del Foro que la violetera.
Y nos pusimos a la tarea. No tardó en planificar el asunto, con sesiones de aperitivo a la una y pico, pues ambos somos de costumbres tempraneras, en los días sueltos en que ando por el barrio, que no son todos ni son los mismos. Un ribera o un rioja, que los langostinos no estén descongelados, oreja, callos, carne en salsa, boquerones, jamón. Dos copas, tres a lo sumo, y a casa.
El bar training del Marqués, que se pasó años en Alemania trabajando en una multinacional, enseñándole a los teutones cómo se hacen las cosas, ofrece otro apartado de más enjundia aún: dónde ir a comer en condiciones. Así, durante el tiempo que lleva ejerciendo como trainer, me ha descubierto el mejor sitio en el que ponen conejo –jugosísimo, en un lugar en el que hay fotos de toreros de los últimos sesenta años–, carne a la piedra, cordero, cochinillo, marisco… Como suelo trabajar los fines de semana, el día que nos viene bien cae en jueves, generalmente, ideal para lo nuestro. Ahí quedaron las fabes con almejas que nos apretamos en diciembre en el centro de Madrid, cerca de donde se había criado, con un vermú previo en la misma barra de cinc a la que él iba antaño a buscar a su padre para avisarle de que ya estaba la comida.
La chuletada donde Raúl me la perdí porque me surgió un viaje a Barcelona de última hora, allá por noviembre, cuando fui a entrevistar al novillero Mario Vilau. Tenemos pendiente esa asignatura. Después del último y glorioso arroz con bogavante, hará un mes, lo siguiente en el horizonte es esa chuletada o quizá una paella.
Por la noche, poca cosa. Si acaso, la copita de anís para ahormar la tertulia, pero la verdad es que cada vez me acuesto antes y llevo mucho tiempo sin ocupar mi escaño de contertulio.
En fin, que hay que evitar la soberbia y no creerse tan listo. Hace poco nos topamos con el señor que me incitó a lo del personal trainer. Nos hicimos un selfie con él y yo le agradecí mucho su consejo, que, aunque adaptado por mí, me está brindando tanta satisfacción. Tenías razón, le dije: el trainer me marca rutinas, me hace seguimiento, me motiva, vi resultados de inmediato… Y la de chistes del Comandante Lara que nos contamos entre vino y vino. Hay que tener mundo, carajo, no se puede ir a bares donde está la tele puesta o hay reguetón. Lo dicho: cuando queráis, invitados a una ronda con el Marqués. Naturaca. No sabéis qué figurón.