Estuve viendo ayer diez minutos de la entrevista que al cineasta vitoriano Juanma Bajo Ulloa le hicieron en Horizonte, el programa de Iker Jiménez. En tan poco tiempo, el dibujo del panorama quedó perfectamente trazado, con las líneas fundamentales de un sistema inicuo al servicio del poder, alejado de toda pretensión, no ya artística, sino hasta artesanal. Siempre hemos sabido que el cine es una potente herramienta que le permite al poderoso inculcar en la masa los sentimientos, los odios y las opiniones que interesan a quien manda, y no a quien es mandado. Cuando jóvenes, leímos a Iliá Ehrenburg, que en su Fábrica de sueños ilustró hasta qué punto esto era así. No es nada nuevo, pues, lo de fijar una verdad a través de la imagen y del sentimiento, importando poco que lo contado corresponda a lo cierto, a lo realmente ocurrido.
Bajo Ulloa no ha hecho más que constatar lo evidente y decir que el rey está desnudo, nada que ignoráramos. En España no existe industria cinematográfica como tal, sino un sistema de subvenciones al servicio del discurso oficial. Alfredo Landa, en el breve pero contundente prólogo que firma en la obra Alfredo el Grande, de Marcos Ordóñez, explica este asunto con meridiana claridad. De este modo, tal y como ha recordado Bajo Ulloa, lo que tenemos es un filtro de opiniones que garantiza que quien trabaja es obediente al dictado de las mentiras, los puntos de vista y las inclinaciones de los altos despachos. Este sistema, engrasado y de funcionamiento sencillo, se basa simplemente en el hecho de que quien disiente del poder se queda fuera, no trabaja, se ve casi abocado a abandonar la profesión, por ser imposible producir, distribuir y exhibir ningún título que no aplauda a las ocho desde el balcón. Y, a la par, quien obedece y ejerce de propagandista del sistema tiene garantizado un trozo del pastel, más o menos grande dependiendo de la utilidad con la que se sirva al amo y de la competencia entre el resto de esclavos indignos que aspiran a succionar de esa corriente de dinero público –es decir, de todos, pero manejado por unos pocos, los de siempre–.
En la actualidad, esto se traduce en que el título ha de postrarse ante el wokismo, ese delirio que ha conducido a medio mundo al suicidio colectivo. ¿Y qué se vende? Odio hacia el hombre, superioridad moral de la mujer por el simple hecho de haber nacido mujer, desintegración de la identidad en un constructo de treinta y no se cuántos géneros –se refieren a sexo cuando dicen género, por influjo del inglés–, división de la sociedad entre bandos, entre buenos y malos –los buenos son quienes obedecen al poder, los malos son ridiculizados–, culpabilización del europeo blanco, demonización de los valores tradicionales, propaganda a favor de la instauración de la pobreza energética mediante formas de obtención de la energía poco eficaces y muy contaminantes pero que a ellos les garantiza el liberticidio. Y, por encima de todo, aunque los autores de este desaguisado probablemente ni lo sepan: defensa a ultranza del materialismo, del ultramaterialismo, una suerte de religión sin Dios que busca eliminar, desde el siglo XIX como poco, la dimensión espiritual del ser humano.
Esto es el cine en la actualidad. En concreto, en España. También en Hollywood, donde el monstruo ha devorado la imponente tradición colectiva de Chaplin, Groucho, John Ford, Billy Wilder, Kurosawa, Truffaut, Tarkovski, Hitchcock o Fellini. Aquí, aparte del citado Landa, nos queda refugiarnos en el recuerdo de las obras de Azcona, Berlanga, Buñuel, Fernando Rey o Fernán Gómez.
Todo está bien si todo está claro. Con el dinero deglutido a través de los impuestos o creado mediante la deuda desbordada, el poder mantiene a una factoría de aplaudidores del discurso oficial. Conviene saber todo esto que cuenta Bajo Ulloa, como lo de que te hacen una prueba y, si no comulgas con sus dementes parámetros, te condenan al ostracismo.
Esta misma semana entrevisté a Albert Serra, el director que ha impactado con Tardes de soledad, un soberbio documental sobre la figura del diestro peruano Andrés Roca Rey. Él me insistía en que ha finalizado el imperio de lo políticamente correcto. Ojalá Serra tenga razón, pero no estoy tan seguro. Porque esto no ocurre sólo en el cine: se extiende al mundo editorial, mediático, musical… Y en todos esos apartados tenemos desde hace décadas a camadas enteras de colaboracionistas que miran hacia otro lado y que se limitan a trabajar a favor del crimen institucional a cambio de su plato de comida.
Stevenson lo vio venir, cuando dijo que la burguesía posee un eficaz modo de hacer que obedezcas, que consiste en retirarte los medios de subsistencia si no pasas por el aro. Lo que sí resulta chocante es que pretendan llamar cultura a toda esa papilla ideológica travestida de película, de libro, de reflexión. No, miren ustedes, cultura es un territorio en el que habitan Esquilo, Lope, Goya, Woody Allen o Garci, y no vuestros rebaños de rumiantes subvencionados.