Sabina 77

Baja el frío por la calle Relatores hasta desembocar en la plaza de Tirso de Molina, que tiene algo de zona de puerto, como si desde aquí zarpacen embarcaciones rumbo a los múltiples Madrides que todos conocemos. Madrid no es una ciudad, sino muchas a la vez, y esa distinción no se sitúa tanto en lo físico como en lo temporal. Habitan dentro de nosotros muchas capitales: el Madrid casi ilusorio de los ochenta, el de la niñez, cuando todo era enorme, inexplicado, inasible, mitológico. El de los noventa, la selva aquella en la que nos internamos apartando tupidas vegetaciones y esquivando de milagro una trampa mortal cada día, y no digamos cada noche. El Madrid de los libros leídos: el bohemio de Valle Inclán, el de la cerveza de Baroja, el dandi de Ruano, el de Umbral, cuajado de metáforas exquisitas, o el del Siglo de Oro, acanallado en lo quevedesco y sublime en lo gongorino. Y que viva Lope. Y el Madrid de los libros escritos: mis paseos con la Alicia de Lewis Carroll o Javier Krahe metiéndoseme como personaje en la novela de Alejandría.

En la actualidad, Madrid es una Troya, una Jericó, una Atenas que contiene capas y capas de otras ciudades: da igual dónde metas la piqueta, que sale un estrato anterior, siempre literario, siempre con nombres de guapas mujeres olvidadas, amigos idos y camareros que fueron traspasados en alguna mudanza. Pues bien, en todos esos Madrides hay algo del Madrid de Sabina, de Joaquín Sabina, que hoy cumple setenta y siete años –qué viejos somos todos, hasta los más jóvenes– y al que han venido a felicitar los elementos. Porque el frío, como digo, baja por la calle Relatores, donde vive él, donde viví yo, pero también se hacen presentes el sol y el viento, y quién sabe si a la tarde, díscola y de límites inciertos, no vendrá la lluvia a traerle su regalo.

Lo merece, por tanto dado. Un artista suelta lo suyo y sus versos se le escapan, lo traicionan y se van al mundo para abrigar a otros. Un poeta no sabe a quién va a salvar su soneto, de qué manera su estribillo va a servir de hombro de consuelo para los dolientes o qué pasiones se propagarán mediante alguno de sus pareados. A Sabina se le deben tantos besos que ya no vamos a tener tiempo de devolvérselos. Nació en el año dos después de Manolete. Fue joven cuando el Cordobés. Compartió humo con Chenel. Ha llorado con José Tomás. Está a tiempo de que le hable de Morante.

Asabinado es un adjetivo que significa que, cuando las cosas se dicen bonitas, parecen mejores. Que cuando el dolor rima, se dulcifica. Que el olvido se lo puede llevar todo, menos las benditas cicatrices, esas medallas. He cantado a Sabina con Olga Román, con David Cáceres, con Pedro Martín, con Íñigo Crespo. Si existe el paraíso en la Tierra, parafraseándolo a él, debe de parecerse a un local determinado a no amanecer, donde la penumbra es la única luz y en el que suena Calle Melancolía, de donde nunca nos hemos mudado a pesar de tantos vaivenes y cambios de códigos postales.

Heredero de Chavela, espía de Alberti y de Cernuda, hermano del Krahe y de sí mismo, sobrinito de Neruda, contemplador de Dylan, visitante de Vallejo y de Guillén, herido por una luna lorquiana, salvado por la poesía.

Lo que yo querría es sentarme con Sabina a hablar de toros y de libros, enronqueciendo ambos la charla con vino y con Ducados. Lo que yo querría es que Madrid, de una vez por todas, se me rindiera. Como a Umbral, como al mismo Sabina, como no lo hizo con Góngora, que no sé qué le pasa a Madrid con nosotros, los cordobeses. 77, en fin, parece un número hermoso, carajo. Como todos. Y es que esta noche, a las diez de la mañana, es un día de enhorabuena en Tirso de Sabina. Venid a ver correr las canciones por las calles. Brindo por usted, maestro. De verdad. ¡Salud!