Todos se han ocupado de ella: tanto los de la bata blanca como los poetas. Los primeros la destacan como un órgano, como el órgano más extenso y más pesado que tiene el cuerpo, con dos metros cuadrados y unos cinco kilos. Los segundos aseguran que es lo más profundo con lo que contamos.
La piel. La última frontera, que dirían en Star Trek. Aunque bien podríamos considerarla la primera. O la única. La verdadera frontera. Porque es la que marca el intercambio entre nuestras interioridades y el resto del universo. La que ejerce de puente, de Sumo Pontífice. La que negocia, suda, se enfría, se eriza, experimenta cosquillas, se siente descalza y desnuda, se broncea, se duele o se estremece de placer. La piel es un muro de Adriano que nos envuelve, una cápsula, una burbuja. Pero no nos quiere encerrados en nosotros mismos, sino que nos abre las puertas hacia lo que viene de fuera. Nos desea en contacto con los vientos y con el sol, que llama a filas a los que se alistan en la vida. Es nuestra vestimenta más salvaje y auténtica. Se hace a nosotros, sobrando en forma de estría al adelgazar o estirándose cuando engordamos o cuando la embarazada gesta a una nueva piel que ya late viva en su seno.
También actúa como un pergamino sobre el que el tiempo amanuense escribe nuestra historia. En ella nos firman los años cuando nos dejan cicatriz: el recuerdo de aquella operación, lo del accidente, aquel ataque del pasado. O cuando aparecen las arrugas, que nos van plegando como un animal que se encerrase en su concha después de haber visto demasiado. Qué bien quedan las arrugas en torno a los ojos de quien ríe mucho, prueba inequívoca de estar comprendiendo de qué va esto, de estar aprobando el curso.
Pero si es marca, si es Limes Germanicus, como hemos dicho, es porque supone un abismo insalvable. El entendimiento entre un lado y otro de la piel se antoja dificilísimo, como si se hablasen idiomas distintos e incomprensibles, sin presencia de traductores, en cada orilla del Rin. Cómo compartir entonces sentimientos, o cómo respetar ideas, o cómo comprender intenciones. No ya a través de una, sino de dos pieles. La nuestra y la de la otra persona. Cómo traspasar dos murallas chinas, dos cinturones de asteriodes, dos mundos.
Salvar esas distancias siderales entre una piel y otra, que yo sepa, sólo se puede hacer dejando que ambos misterios se rocen. Por eso nos damos la mano, o nos abrazamos, o besamos al crío, o se nos duerme la niña sobre el pecho, mecida por nuestra respiración y agarrada su pequeña mano a nuestro dedo. Por eso ocurre el masaje, y la caricia, la palmada y el mordisco, que se deben a un hambre de alma, y no de carne. Por eso dos pieles van a la batalla del cuerpo entre una y otra, para ponerse de acuerdo, para saberse, para alcanzarse. Por eso tiene razón Paul Valéry: sí, la piel es lo más profundo que tenemos.
Se habla mucho del segundo cerebro, de la importancia del intestino para ordenar, razonar, regir. Como si se pensase con las tripas. Pudiera ser. Pero, del mismo modo, quizá no debamos decir que queremos de corazón, sino de piel. Te quiero con toda la piel. Mi piel te desea. Te he visto la piel: no puedes mentirme. Cúbrete con la desnudez. Vístete con la carne expuesta. Suéñame, piénsame, quiéreme de piel a piel. El amor es tan profundo que permanece en la piel.