La educación

Ayer se habló de la educación durante el café, con un grupo de padres conscientes del ínfimo nivel que ha alcanzado el sistema educativo en España. Pero no se llega a la podredumbre por casualidad. Y no ocurre como hecho aislado, sino en el seno de una estrategia de demolición de toda la sociedad en múltiples facetas. Los arquitectos de la ruina actual llevan décadas –quizá me quedo corto– trabajándose esta desolación. Así, el hundimiento del sistema educativo ocurre paralelamente al destrozo de la sociedad en lo ético, en lo estético y en lo económico.

Pero centrándonos en la educación, y yendo a lo fundamental sin que nos entretenga lo accesorio, podríamos describir tres objetivos básicos por parte de este sistema. A saber:

Primero: que los escolares, desde una edad tempranísima, vayan asumiendo como normales la quietud, la obediencia ciega, sin sentido y sin cuestionamientos ni protestas, y el hecho de perder casi todo el tiempo de la jornada en actividades a las que no se les encuentra sentido. Se educa hacia el absurdo vital.

Segundo: que el alumno acabe su ciclo estudiantil, sea esto cuando sea, habiendo desarrollado una aversión insuperable por el conocimiento. No se trata sólo de que hayan recibido una raquítica o nula formación académica o de que hayan sido adoctrinados en los valores, las mentiras y los odios que interesan al poder; es algo más: tienen que salir con la capacidad de aprendizaje desactivada, no sea que a algunos les dé por estudiar de manera autodidacta.

Tercero: que el alumno acabe su adolescencia y alcance su primera juventud con la autoestima deteriorada: a ser posible, disuelta. La meta es que estos jóvenes se sientan inútiles, incapaces por completo, y que además perciban que ellos mismos son los culpables, por idiotas, de no haber aprendido nada –cuando lo cierto es que en esos cursos no había nada que aprender, sino mucho que olvidar–. De este modo, cuando ese escolar pase a formar parte de los rebaños de esclavos a los que basta con echarles de comer un ingreso mínimo vital en el abrevadero, creerá que él no merece más y se sentirá agradecido hacia un sistema que lo mantiene en la subsistencia por bondad inmerecida.

Todo esto probablemente sea desconocido por la gran mayoría de profesores. Los criminales que diseñaron la estrategia no están en las aulas, como es evidente. Entre el profesorado, por lo que se ve, lo que predomina es el desánimo y la desorientación. No saben lo que les ocurre porque no saben por qué les ocurre. Y aunque siempre hay justos en Sodoma y muchos hasta cuenten con vocación y con buenas intenciones, hemos de comprender que ellos mismos son ya, desde hace años, fruto de ese sistema inicuo que persigue y consigue la analfabetización masiva. Profesores mayores, jubilados o cercanos a la jubilación, muestran idéntica estupefacción ante los delirantes planes de estudio actuales, así como ante el nivel general de sus jóvenes compañeros. Siempre con honrosas excepciones, insisto, que haberlas, haylas. Coño, si existen hasta periodistas que dicen la verdad…

Es importante que entendamos que estos proyectos pergeñados para convertir a la masa en una recua de asnos no atañen a los hijos de los de arriba. A los hijos de los poderosos –de los verdaderamente poderosos, no del alcalde de tu pueblo– no les alcanzan estos planes. Ellos cuentan con una educación verdadera, que los prepara para que después pastoreen a los que van a pastorear a los animales de carga, labor y sacrificio: a nosotros, a nuestros hijos y nietos.

Esta columna escuece porque la herida está abierta. Sólo un cómplice de la mafia o un descerebrado negará el basurero en el que el régimen del 78 ha convertido a la educación en España, con la participación y la connivencia de todos los partidos políticos sin excepción. Lo han hecho muy bien, hemos de reconocerlo: la siguiente vez que llamen para aplaudir a las ocho desde el balcón, exigirán además un concierto de balidos. Y lo obtendrán. Afinadísimo. Educadísimo. Pobres profesores y padres. Y, sobre todo, pobres hijos.