La columna

A qué mejor que a la columna se le puede dedicar la columna de un domingo. La lengua se celebra a sí misma, en un ejercicio de autobservación, contemplándose en el espejo de la mañana. Su nombre proviene de la habitual disposición en los periódicos tradicionales, vertical, desde arriba hacia abajo, derramándose por el folio, en una cascada de ideas y sonoridades. Ahora leemos también en pantallas, pero se hereda la nomenclatura anterior, del mismo modo que yo heredé el pelo y las costumbres de mis bisabuelos, hombres de taberna, partida de cartas, novelita del Oeste y horizontes.

Hay quien le llama artículo e incluso firma, pero a mí me gusta su nombre clásico, columna, que evoca la arquitectura de la sintaxis y que además posee un doble significado al que me aferro: la columna no se sostiene, sino que me sostiene, me permite acceder a la nueva jornada, abandonar el lecho como Ulises dejó atrás a Calipso, junto a la que sólo le aguardaba una nada despreocupada en la que atocinarse.

Venga a nosotros tu reino, columna, tus dichos y tus consejos, compañía de palabras que se disponen en formación nada más tocar a diana el día recién estrenado. Porque en el ejercicio de este tipo de escritura sucede el pensamiento. Hay amaneceres en los que uno no recuerda ni quién es, ni en qué día o mes o año se encuentra. Ni, mucho menos, qué se piensa, si es que se es capaz del pensamiento. Pero te pones a escribir y sale el sol del alfabeto alumbrando a la cabeza, al sentir, a los recuerdos, al juicio. Cuando no sé qué opinar, escribo sobre ello, y la columna esparce su antorcha sobre el asunto, aclarándome. ¿Qué piensas?, me digo. No lo sé, voy a escribirlo para averiguarlo.

La pieza te puede salir más o menos poética, pero en todas ha de prevalecer un ramalazo de belleza, engalanando a la expresión. Te puede salir contestataria, en forma de látigo, y entonces sueltas el mandoble a todo aquello que nos quieren ocultar o imponer. Consuela de la tristeza, compartiendo la carga. Diluye el dolor, haciéndolo más o menos manejable. Materializa las ansias de libertad en un mundo que nos acosa por orden de los criminales. La columna se abona con el tiempo y con la soledad, como toda escritura, y a cambio te permite una cosecha que, cuando se da bien, te regala brotes de ingenio, o una sonrisa, o una claridad donde antes imperaban las tinieblas.

Desconozco qué columnistas hay ahora, ya lo he dicho alguna vez, salvo excepciones contadas. Pero intuyo que siempre habrá de quedar alguien ofreciendo techo bajo el aguacero, no todo va a ser discurso oficial y amanuenses del dictado del que manda. Alguien tendrá que decir la verdad, aunque sólo sea por probabilidad o descuido. A uno eso le da igual. Uno escribe para sobrevivir, para salvar a las horas de la quema del tiempo. Porque cuando se está escrito, adviene la paz, el sosiego de haber dicho, la ligereza del que queda expresado, del que pare lo que el alma gestaba mientras el cuerpo fingía cumplir con la vida cotidiana.

Nunca se está a salvo del error, de la errata, del patinazo, máxime cuando no se da tiempo a la corrección, de la que soy tan obseso en las otras escrituras. Porque la columna nace con el gen de la urgencia, con necesidad irrefrenable de que se le abra la jaula y de echar a volar hacia su improbable destinatario, en este caso, tú.

El final de la columna, si se está fino ese día, se alcanza como un estuario en el que el Nilo de lo tecleado se abre hasta conformar un delta fértil, y comprendes entonces que has llegado hasta el mar, donde la columna se va fundiendo con el día para dejar su impronta en el lector, y que puede ser un sentimiento, una compañía, una idea útil, un bastón en el que sostenerse, una bocanada de hermosura que respirar. ¿Ha sido el caso, en este domingo? Ojalá.