La otra noche, después de unas buenas horas sumergido por libros de geografía e historia, me sentí muy de regreso a mi camino de baldosas amarillas. Venía bien de los libros. Venía recargado, limpio, ordenado, en paz. No se trata de una pose, postureo, o como se le llama ahora al fingimiento, ni maldita la falta que hace nada de eso. Sencillamente, el contacto con los libros me hace estar mejor –en lo intelectual, sí, pero también en lo sentimental y hasta en lo físico–. Padezco bibliofilia, en fin, hasta el punto de ser miembro de una asociación dedicada al asunto. Esto no lo vuelve a uno mejor ni peor, aunque goce de tan buena fama: se puede ser un canalla con una biblioteca de cien mil ejemplares o un buen tipo ágrafo. No van por ahí los tiros.
Pero a lo que iba: confortado por ese estado de ánimo tan gozoso, escribí un tuit que venía a decir que a ratos me dan ganas de abandonarlo todo y dedicarme sólo a hablar de libros. Con esto, no deseaba lanzar ninguna queja, ni dar síntomas de hartazgo, ni de fatiga ante el mundo. Pretendí expresarme con ánimo positivo, dado el bien que hacen los libros, y no cargado de rencor hacia el universo. Pero lo debí de escribir de forma muy confusa, o equívoca, quizá llevado por el arrobo de mis horas de estudio, pues a ese mensaje han contestado unos cuantos amigos tuiteros, todos en la misma línea: dándome ánimos e incitándome a la no rendición. Para que veamos que hay gente buena en todas partes, yo diría que hasta fuera de las redes sociales.
No obstante, a raíz de esta anécdota, sí que me apeteció dedicar la columna de hoy a los libros. ¿Por qué no? Levanto las manos del teclado, me doy la vuelta y contemplo los estantes. ¿Qué autor me mueve a garabatear una líneas y dar curso al pensamiento? Ahí tengo a Mario Puzo, con su impresionante y clásico El padrino. Sin embargo, considero enseguida: si me pongo a hablar de mafia, de gentes sin escrúpulos, de asesinos, de estafadores, de ladrones, de guerras entre facciones que acaban dañando a quienes no tienen nada que ver, de bestias sedientas de poder… ¿Qué diferencia habrá respecto a dedicar la columna a la política? Máxime, cuando esto ha llegado al punto en el que Corleone resulta más fiable que cualquiera que pertenezca a un partido.
No pasa nada. Miremos hacia otra estantería. Ahí están Orwell, Huxley, Bradbury… Ya, pero para detenerme en tales distopías, ¿no sería mejor, directamente, abrir la ventana y ver el mundo tal cual?
¿Las mil y una noches? Ese libro no falla nunca. Además, tengo varias magníficas ediciones, entre ellas, la de Cátedra y la de Edhasa, con selecciones distintas de los cuentos. Pero claro, para hablar de una cueva de ladrones, ¿no es más práctico referirse una vez más al sistema de impuestos con el que nos mantienen al filo de la pobreza? Se trata de Alí Babá con cargo oficial. De Alí Babá intentando convencerte de que, si no te dejas robar por los ladrones al mando, entonces el ladrón eres tú.
Pues se está complicando la cosa. Por que sí, puedo hablar de Lovecraft y de su horror cósmico, pero eso ya me lo produce cualquier informativo. Está el Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, pero ya hemos vivido 2020 y 2021, en un mundo de ciegos que sacaron lo peor que llevaban dentro al servicio del poder más criminal. Y nunca nos faltará la posibilidad de referirnos a El Quijote, pero cómo explicarles que el caballero de la triste figura no acometió molinos por confundirlos con gigantes, sino para combatir la pobreza energética a la que nos conducen mediante la denominada agenda verde… ¿Crimen y castigo, de Dostoievski? Bueno, tenemos un crimen institucional organizado a nivel planetario, pero no se ve castigo por ningún lado, sólo sometimiento.
La verdad es que pensé que sería más sencillo dedicar la columna a los libros, sólo a los libros. A ver si ando más fino, porque últimamente no acierto ni el reintegro… Y sí, queridos amigos tuiteros, tenéis razón: para atrás, ni para tomar impulso. Que se rinda su puta madre. A por ellos, pues. Vale.