Lo bueno de esta negra etapa que nos ha tocado en suerte es que, a partir de ahora, nadie tendrá que explicarnos cómo es posible caer en el pozo sin que se haya podido remediar. Recuerdo que cuando era joven y estudiaba la historia muchas veces me preguntaba cómo fue posible que sociedades enteras se hundiesen en el fango hasta caer en la podredumbre más absoluta y sin que nadie lograse detener la caída. Hablo de sitios y lugares en los que las gentes tuvieron que padecer sistemas criminales, se llamasen como se llamasen. No es difícil pensar en la Camboya de Pol Pot, por ejemplo. Mas no han de faltarnos nefastos precedentes, aberrantes y extremos por uno y por otro lado del espectro ideológico, ese artificio de laboratorio.
Éste es el punto en el que los adictos al etiquetaje suelen detener el análisis y pierden el hilo discutiendo si lo que nos asola en la actualidad es dictadura, tiranía, partidocracia, mero golferío u opresión mafiosa. Quédense pues ellos en esa papelera, rebuscando términos. Porque, lo nombremos como lo nombremos, sabemos de sobra de lo que hablamos: de un sistema elaborado por un reducido grupo de poderosos que extiende su red mediante escenificaciones mientras tortura, parasita y se nutre de millones de personas que, o no se enteran, o no se quieren enterar o, simplemente, se ven incapaces de luchar contra la inercia de unas fuerzas sentidas como irresistibles y que ordenan sus vidas para mal.
Ya no tendremos que especular, por fortuna. Ya sabemos cómo es posible alcanzar la abominación sin que nadie mueva un dedo. Estamos atravesando una etapa oscura, liberticida y criminal. Sin embargo, a diario nos topamos con la colaboración necesaria e imprescindible de individuos que no sólo se niegan a reconocer el lodo nos enfanga, sino que lo defienden, obviando toda evidencia, trabajando activamente para que la llegada de un émulo de Pol Pot resulte cada día más verosímil. En esta nómina no sólo hemos de considerar a políticos, periodistas, jueces, financieros, militares, líderes de asociaciones y tal y tal y tal, sino a los otros. Los otros. El de enfrente. El que justifica el modelo de sociedad impuesto. El que cree que se está beneficiando del hundimiento del Titanic. El que se encuentra a gusto viendo cómo las instituciones van destrozando la vida de quienes él considera enemigos íntimos. El que prefiere que le saquen un ojo a condición de que a ti te dejen ciego. El que echa cuentas para ver si puede sumarse al bando de los ladrones que viven de desvalijar al resto. No hace tanto que escuchamos a un cargo decir que tenía que obedecer, aun a sabiendas de que cometía un acto vil, «porque si no cómo iba a pagar la hipoteca».
Los otros. Claro que, para ellos, nosotros también somos los otros. Y de esto va la cosa. El poder, antes de iniciar su furibundo ataque contra la gente, previamente se ha encargado de sembrar la discordia, el odio, la idea de bandos, de lados, de los nuestros y los suyos. De este modo, cuando se iniciaron las hostilidades, cuando comenzó el robo masivo vía impuestos, cuando se empezó a desmantelar el edificio de la convivencia, de lo que aún funcionaba, cuando se empezó a devorar el futuro hasta no dejar presente, ya estaba garantizado algo: una porción de los esclavos no protestaría, creyendo que los carceleros eran de los suyos. Así, y no de otra forma, es como se convierte La Comarca de los hobbits en el país de los Jémeres Rojos.
Signos claros del extremo alcanzado es que te mienten en la cara sin inmutarse, pese a que la realidad contradiga el discurso oficial al completo. Pensemos que nos están negando la carestía de precios, que todos padecemos, y que hasta han llegado al delirio de decir que no hace frío ni llueve cuando España duda entre la congelación o salir en lancha a comprar el pan. No, no se instaura una tiranía, dictadura o mafia sin la colaboración de una parte de los propios oprimidos. No se establece la esclavitud sin la anuencia de los propios esclavos, que aplauden sus cadenas a las ocho. Cuando esto pase, si es que pasa, muchos de esos colaboracionistas jurarán por sus madres que ellos siempre se opusieron a la barbarie, que siempre defendieron la libertad. Lo harán escondiendo en el bolsillo las pruebas de su vergüenza, que aún guardarán por si les son útiles: un bozal, un carnet de vacunación, una baliza V16, un voto, un epíteto tomado del poder o la daga con la que pensaban atentar, no contra el César, sino contra ti, si es que con eso sacaban tajada. Lo de siempre, vamos. Los otros. Nosotros. Como dice Estanislao Figueras, hasta los cojones de todos.