La mujer

Alguna vez he enunciado una teoría propia según la cual la distinción entre los poetas viene dada por la comprensión del tiempo de cada uno de ellos, por su modo diferente de concebir el asunto temporal. Ayer o antes de ayer, mientras iba de un lado a otro, ya no recuerdo haciendo qué, me sobrevino una de estas ideas que, afortunadamente, no sirven para nada y por eso me gustan tanto. Se me ocurrió de repente que otro de los aspectos que pueden definir al poeta, al creador, es la concepción que manifieste respecto a la mujer.

¿Qué es la mujer para cada uno de ellos? ¿Cómo la entienden? ¿Qué respuesta dan al misterio femenino? De inmediato, comencé a enumerar casos. En apenas una hora, me habían salido varios. Espero acordarme de algunos. Comencé por Joaquín Sabina, que a pesar de su larga carrera como escritor de canciones –esto es: a pesar de los cambios experimentados durante su dilatada obra–, ofrece una visión muy clara. Para Sabina, la mujer es una ausencia. Pero no al estilo de Bécquer –el jienense tiene mucho de becqueriano–. Para Bécquer, la mujer es un imposible, una ilusión, un rayo de luna que no se alcanza. Acaso una fantasmagoría que jamás va a materializarse. Sabina, por contra, sí entra en su jurisdicción, en contacto gozoso y carnal, pero luego la pierde. En Medias negras, la señora se marcha al amanecer, dejándolo solo y enamorado, después de haberle robado en casa. En Y nos dieron las diez pasa una noche con ella, pero no vuelve a encontrarla, por mucho que la busca por los mismos lugares. En Peor para el sol regresa al bar donde se topó con ella, pero acaba la canción y no sabe si es la voz de la amada o una ensoñación la que lo encuentra a él. Sabina traba conocimiento corporal, pero luego se queda en blanco, exiliado de la mujer. Eso es la mujer para Sabina: un exilio al que, después de todo, sólo cabe cantar.

Aute, por contra, entiende lo femenino como una experiencia religiosa, trascendente, como un milagro. «Cada vez que me amas es un milagro», asegura en su mejor disco, Templo. Pues bien, todos los versos que le dedica a la mujer, y son muchos, no suponen más que una variación de ese mismo, clave de su cúpula creadora.

Krahe encuentra en la mujer un refugio frente a un mundo con el que no se lleva bien. Pedro Salinas halla en su compañera un complemento, lo que le falta, el medio ser que culmina la plenitud del medio ser que es él. Para Bukowski es una contraria inevitable, un modo de huir de una soledad que, a la vez, le resulta necesaria e insoportable. En Baroja se distingue a la madre, a la novia y a la fulana, y parece haber una obsesión en sus protagonistas por distinguir ante qué tipo se está. Umbral me dijo una vez que ante una mujer sólo hay que saber a qué se acude: si a adorar o si a profanar, y ahí quizá Umbral tiene mucho de barojiano, aunque esto a él no le habría gustado reconocerlo en absoluto.

La mujer, lo femenino, desde un punto de vista estrictamente poético, en fin, puede ser que constituya, en efecto, un criterio de distinción, un modo de comprender al creador.

¿Y para ti, Manuel? Mójate. Pues no lo sé, sinceramente. Supongo que es más bien un recuerdo, uno de esos trozos de vida que se intentan salvar del olvido convirtiéndolos en escritura. Vamos, que la mujer, para mí, sería literatura, una criatura literaria, otra razón más para escribir.

Y hasta aquí. ¿Qué queríais, una tesis doctoral? No, no, por Dios, qué pedantería.