Qué sentido tan peculiar, que se basa en la percusión de los golpes del aire sobre un tambor y que, a partir de ese tamtam, nos pastorea el ánima y nos mueve a dialogar, a cantar, a evocar, a discutir o a comerciar.
Tiene su agencia un enclave exterior, la oreja, la pinna, el pabellón, que, bien visto, es la fachada de un palacio, diseñada por el Le Corbusier más inspirado. Porque otorga personalidad, tanto al orejudo u orejón infantil, diana de tantas crueles mofas, como al fantástico elfo o duende, de oreja apuntada, como si al dibujante que diseñó tal hélice le hubiese dado por rematar con una cúpula arábiga extraída de Las mil y una noches. Las orejas, exigencia de pulcritud, soporte de quienes llevamos gafas y de cuya parte posterior, leí el otro día, emana el clásico olor a senectud, que, por tanto, tiene modo de evitarse, afanándose en la limpieza de esa zona.
Pero es dentro, dentro, cuando se convierte en un hormiguero tallado hacia las interioridades de la cabeza, cuando la cosa se vuelve casi irreal, con sus pasillos y con su tímpano, esa pantalla de resonancia que recuerda a los altavoces del tocadiscos que veíamos palpitar cuando poníamos los vinilos de flamenco del abuelo y subíamos el volumen. Sus mecanismos de relojería, sus huesecillos milimétricamente dispuestos. Su trompa de Eustaquio, que tiene nombre de bar de pueblo desde donde sale el autobús hacia la capital y se echa la quiniela y se toma un aperitivo el domingo o un café tranquilo en la tarde del martes. Su cóclea, que suena a arma empleada por un griego de los que fueron a tomar Troya pero que nosotros simplificamos denominándola caracol, como si la escucha fuese a ser paciente y meditada. Su vestíbulo, que abunda en la metáfora arquitectónica. Su laberinto, donde entendemos que se pierden las palabras que no deseamos que nos lleguen. Y además contiene partes bautizadas como utrículo o sáculo, que bien podrían designar a dos guiñoles de un programa de humor.
El oído, junto al olfato, es el sentido de la memoria. «Los gitanos que llegaron a Macondo tocaban música tan nueva que a nadie le recordaba nada», dice García Márquez en Cien años de soledad. Sólo que no es cierto que el Gabo escribiese tal frase, pero yo la cito siempre bajo esa falsa autoría y todo el mundo suele asentir encantado y le da la razón a la sentencia. Por lo tanto, el argumento de autoridad sigue funcionando más que el razonamiento propio. Pero sí: el oído es memoria. Por eso se nos queda la música de la infancia, la nana de la madre, y ahí Lorca tiene razón cuando afirma que para conocer un lugar hay que probar los dulces autóctonos y escuchar las canciones de cuna que ahí se cantan.
El oído, que lo mismo nos conecta con la mentira en la boca del poderoso que nos permite escuchar al aedo armado de su lira o al rapsoda, que marca el ritmo del hexámetro a golpe de bastón. El oído se rasga con el trueno que convoca al combate de los elementos. O se estremece cuando se interpreta el pasodoble Manolete, obligándome siempre a ponerme en pie, esté donde esté.
El oído le dice a las manos cómo tienen que escribir según lo que esté sonando. Así, ante algo de jazz, la prosa se desnuda como una mujer que danza libre sobre la hierba. O se mece en las matemáticas de Shostakóvich o de Bach. O se detiene, incapaz de continuar, frente al quejío de Antonio Mairena.
El oído nos revela y nos rebela ante la voz amada. O nos otorga insospechados y hercúleos bríos ante la solicitud de ayuda de la niña. Borges, en el soneto La lluvia, nos destroza al decir: «la mojada tarde me trae la voz, la voz deseada, de mi padre que vuelve y que no ha muerto». El oído, en fin, en su máxima expresión, nos sumerge en uno de los más altos sonidos, pues todo lo contiene, y que es el silencio. Y ahora es cuando aparece un emoticono llevándose un dedo a los labios. Y tú sonríes.