Las peores cosas se hacen con las mejores intenciones. Llevo años repitiendo esa frase, ni siquiera recuerdo desde cuándo, pero sí lo suficiente como para haber constatado su veracidad. Desde luego, hay que reconocer que la Musa que me la inspiró se mostró generosísima aquel día, regalándome tal sentencia para que después yo creyese que se me había ocurrido a mí.
La cito por lo siguiente. Bueno, la repito antes, de hecho: las peores cosas se hacen con las mejores intenciones. Volveré a ella al final. Y digo que la traigo a la columna porque en el proceso de descomposición social en el que nos hallamos inmersos hemos alcanzado el punto de la inminencia de la declaración de intenciones. Me explico.
Como ya sabéis, se habla mucho de Estado fallido. Sin embargo, nosotros sabemos que no hay tal. Las instituciones fueron diseñadas y creadas con el firme propósito de perjudicarnos. En España esto se concreta en el denominado régimen del 78 y en la UE. Así, estas estructuras no han hecho más que cumplir eficazmente, sin fallos, su propósito: empobrecernos, enfrentarnos, aborregarnos, llevarnos al límite, desprendernos de la esperanza, enloquecernos con ideologías, disolver la industria, el comercio y el campo, dejarnos sin futuro y ya casi sin presente…
El sistema, en cualquiera de sus múltiples e incesantes crímenes, actúa conforme a un procedimiento marcado por las siguientes fases: primero, niega que la cosa en sí esté ocurriendo; segundo, admite que sí, que se da, pero que se trata tan sólo de casos aislados; y tercero, reconoce lo hecho, pero aduciendo que siempre hubo buenas intenciones. Recordemos: negar, restar importancia y, finalmente, excusarse en las buenas intenciones.
Vayamos a lo práctico, que siempre se entiende mejor, bendita inducción. Uno de los muchos ejemplos disponibles es el de los medios de transporte. El crimen consiste en desatender el mantenimiento, de modo que el sistema caiga y se produzca el colapso. Quien emite la orden de desarticular la red es el amo, el de arriba, el verdaderamente poderoso, probablemente más allá de lejanas montañas y desiertos remotos, parafraseando sarcásticamente al otro. ¿Y cómo lo hace? Colocando en los puestos de decisión a gente que sabe que tenderá a lo suyo, porque a la cabra el monte siempre le tira. Es decir: si quiero desmantelar una red ferroviaria o de carreteras, ambos casos están ocurriendo, simplemente coloco en los sillones oportunos a viles ladrones sin escrúpulos, de tal modo que ya no he de hacer nada más: ellos solos van a cumplir con su perfil, previamente elegido, y se van a dedicar a robar hasta que no quede un céntimo en la caja destinada al mantenimiento de las infraestructuras. No ocurre nada el primer día, ni el primer año quizá. Pero pasado el tiempo –estamos en ese tiempo– el desastre se materializa, como es lógico, dándole esto igual al criminal de la cúspide, al que designó al administrador. Las consecuencias han sido buscadas, nada de Estados fallidos.
Esto lo vemos ya con claridad, no es necesario detenerse más en ello –salvo que uno quiera embrollarlo todo para intentar que no se comprenda, en caso de pertenecer a la banda o de carecer de raciocinio–. Pero volvamos al esquema de antes: negar, restar importancia y, finalmente, excusarse en las buenas intenciones. En el caso del colapso de los transportes, primero negaron el hecho; después, comenzaron a excusarse, diciendo que eran casos puntuales, que había que ver, que si fallos humanos, que si el cambio climático –aquí se delataron, como es obvio–… Pero estamos alcanzando el tercer paso del protocolo: pronto dirán que sí, que hicieron y deshicieron, pero que todo fue con buenas intenciones.
Y esto lo podemos aplicar a cualquiera de sus crímenes: la inmigración, la economía, la energía, la justicia, el robo en impuestos, el sistema sanitario, la educación… Recordad: nunca llevaron buenas intenciones, desde el principio supieron lo que hacían –hablo de los altos puestos, no de lo de abajo, probablemente cegados por la ideología o por el miedo a desobedecer o a dejar de cobrar su sueldo Nescafé–. Todo lo que está ocurriendo fue premeditado, diseñado con maldad y ejecutado, bien por dementes, bien por viles, o bien por ambos elementos a la vez. Nunca está de más recordar, cuando se discute si es peor un imbécil o un canalla, que en las jerarquías de mando la más alta proporción presenta ambas cualidades simultaneadas.
Las peores cosas se hacen con las mejores intenciones, regreso al inicio. Sin embargo, oh, Musa, en este caso, tu magnífica sentencia hay que aplicarla sólo a una parte crédula y carente de perspicacia y de capacidad de percepción de quienes aún los creen, de quienes aún los defienden, de quienes colaboran con ellos. Ellos, los culpables de todo esto, jamás tuvieron otra intención que la del más absoluto mal. Hala, a votar.