Dicen que anduviste desde bien pronto detrás de los monjes copistas, asomado por encima de los atribulados hombros que ellos inclinaban sobre el atril. Dicen que te encargaste de inspirar erratas, errores, tachones, fallos que manchaban el escrito y desacreditaban la esforzada tarea de todos esos amanuenses. Te creo capaz de todo, Titivillus, viejo pícaro. Te he visto representado sobre una Virgen, cargado de libros, y también en una imagen de Juan en la isla de Patmos, intentando arrebatarle la pluma con la que el último escritor bíblico –o escritor del último libro de La Biblia– tomaba notas de sus visiones para luego elaborar el Apocalipsis.
A mí nadie me quita que cuando apareció la imprenta de tipos móviles te quedaste fascinado por el artilugio de Gutenberg y te mudaste a los talleres de los impresores, donde disfrutaste de varios siglos más de trapacerías, haciendo de las tuyas con los tipos de plomo, metiendo la letra donde no era, provocando que el señor que componía los textos le quitara una T al vocablo Culto. Qué risa, eh, pájaro.
Eres un demonio, un duende, un goblin, un gremlin. No sé de dónde saliste, y a lo mejor tú ya lo has olvidado. Si sé que eres un tipo feo, bajito, contrahecho y juguetón. Te consuelas de todo eso en la burla sobre el que escribe. Y en los tiempos recientes, demostrando que jamás te quedas anticuado, te volcaste sobre los teclados de los ordenadores, un nuevo juego para ti. En concreto, malandrín entre los malandrines, soy consciente de cuánto te gusta jugar conmigo al gato y al ratón, lanzándome a la errata y ocultándomela luego; sólo me permites percibirla cuando ya, irremediablemente, la cosa está publicada.
Pero, ¿cómo no he visto esa coma, esa tilde, esea monstruosidad?, me digo una y otra vez. ¿Cómo puede ser que el otro día llamase alemanes a los ingleses o que, en la misma columna, en vez de relamí escribiese remalí –ésa te la pillé a tiempo, canalla–. Miro, remiro, leo, releo, pero tus gazapos pasan desapercibidos ante mis ojos, al menos hasta que el texto echa a volar hacia los lectores, cuando ya no hay solución.
Ando con el remate del tomo de Nautilus, pero sabes que sigo hallando erratas por doquier, repeticiones que debieron ser evitadas, jugarretas tuyas salpicadas. ¿No tendrás piedad ni siquiera ahora, terrible Titivillus, sabiendo como sabes el esmero y el cariño que estoy poniendo? Y en cuanto nazca ese libro, Javier Baonza y yo daremos el repaso final a Córdoba 1925, que se publica en septiembre, y también ahí tengo ya una lista de travesuras tuyas a corregir. ¿Me has ocultado más? Dilo, no me tortures cuando las andanzas de Juan del Valle estén ya en la calle.
Y, sin embargo, aunque a diario me enfade contigo y te maldiga, he de reconocerte una cosa: cumples, para mí, una función esencial, que es la de recordarme de continuo que ni la obra ni su autor son perfectos, que el error existe, que no hay razón para abandonar el cuidado. Supones, en fin, una cura de humildad constante. Porque me recuerdas que siempre se puede escribir mejor. Me alejas del ansia de perfección. Y me devuelves al proceso, que es donde reside la esencia de la escritura.
No, si verás que acabo dándote las gracias y todo, Titivillus. Ya veremos qué me has colado en la columna de hoy, eh, cabroncete.