Expertos

Están a la vuelta de la esquina, esperando, listos para echarte todo su saber encima. Se apostan en las barras de bar, ayer los escuché, mientras me preparaba para no ver el partido del Atleti en la Copa. Los expertos. Yo hablaba en una mesa aparte, copa de vino mediante, acerca de lo que el veterinario Julio Fernández me había contado el día anterior, temas verdaderamente interesantes y que mueven a reflexión. Pero el tipo, uno en concreto, se afanaba en aleccionar a voces a un grupo de oyentes en la barra. Les explicaba el porcentaje del petróleo que pasa por el estrecho de Ormuz rumbo a China y a Europa. Comentaba los plazos previstos en el ataque de Israel y EEUU a Irán, así como la estructura de la Guardia Revolucionaria, la manera en la que la zona va a alterar sus mapas y las tácticas militares empleadas en el conflicto. Anoche sólo fue uno, pero hay muchos, proliferan. Hay expertos en todo, y los mismos que ahora exhiben su ciencia respecto a lo que ocurre en tierras iraníes son los que hace poco pontificaban sobre Venezuela, Ucrania, el brexit o la política exterior china.

El desahogo con el que este tipo de personas pasan de un tema a otro me recordó algo que se comenta en los toros. El toro de lidia actual es el fruto de mucho tiempo seleccionando genéticamente a los animales con la finalidad de que embistan y de que lo hagan prolongadamente y con clase. Esto, a decir de los que saben, ha dado como resultado un astado mejor que nunca, más válido que nunca, apto para el ejercicio del toreo. Pero, a la par, ha provocado un efecto inesperado: el que muchos, desde los tendidos, perciban que lo que se hace sobre la arena no reviste tanta dificultad, y que, delirantemente, algunos hasta se vean capaces de hacerlo ellos mismos. Es como si pensásemos que eso que hace Djokovic o lo que hacían Indurain o Iniesta no es tan difícil, que se halla a nuestro alcance.

Pues algo parecido, me temo, es lo que está ocurriendo con estos expertos de bar, de barrio, de proximidad. Y es lógico, ya que estas gentes obtienen su conocimiento de la televisión, fundamentalmente. ¿Y qué ven en ella? A los expertos de la tele, que en efecto lo mismo te opinan de geoestrategia que de medicina, economía, cine o literatura. Como además carecen del más mínimo dominio de la expresión, ofrecen un ejemplo que mueve a esos contertulios de bar a la imitación. No es tan difícil opinar sobre algo, concluyen, por complicado que sea el asunto. Yo he visto a parroquianos discutir indistintamente sobre Einstein, sobre el olivo, sobre las causas de la inflación y sobre el islam. Se ven capaces de todo porque lo que ven en la tele les invita a ello.

Si, en cambio, asistieran a debates con auténticos expertos, percibirían la dificultad de conocer, en el sentido estricto de la palabra. El conocimiento es la consecuencia de mucho tiempo y esfuerzo dedicados a una tarea. La figura del divulgador, o la del polímata, es magnífica, pero, como decíamos ayer de la gracia, no todo el mundo puede ser el Selu, Leonardo o Miguel Ángel. Se puede aprender de cualquiera, sí, en cualquier momento, pero no es creíble que alguien sepa todo de todo. De hecho, un divulgador es alguien que sabe un poco de mucho y que, a mi juicio, posee la extraordinaria capacidad de conectar saberes que a priori se encuentran alejados entre sí, creando de ese modo un terreno fértil para la idea y la novedad.

No es el caso de estos expertos de los que hablamos, ni en lo tocante a los de la barra del bar –imitadores, repetidores de lo que han oído hace un rato en la pantalla– ni a los de las tertulias televisivas –meros contratados obedientes que se limitan a repetir ellos también las consignas que les han pasado desde arriba–.

Supongo que un buen criterio para distinguir al verdadero experto es el de no admitir que domine más de un asunto. Ayer escuché durante más de una hora a un militar estadounidense, muy crítico con los mandatarios de su país, dar razones minuciosas de lo que está ocurriendo en Irán y de lo que puede ocurrir a continuación. Hablaba del porvenir con mucha cautela, por cierto. Un hombre, una pasión, decía Delibes. Y aquí ocurre lo mismo: una persona, una especialización. Quizá alguna más, pero sólo en casos excepcionales.

Y luego, finalmente, está la figura del sabio, que también he conocido en algunas tabernas. Esos hablan poquísimo, pero cuando lo hacen, sale el sol aunque sean las doce de la noche. Y entonces se secan todas las palabrerías de los otros, todas sus necedades, todas esas prisas por opinar de lo que no se tiene ni idea.