Las encuestas electorales son una cortina de lluvia

Noviembre nos ha pillado mirando hacia arriba. Miramos si llueve, si las nubes se van o vienen, miramos los cielos quizá siguiendo un instinto que se nos fue imprimiendo con el paso de los siglos. El miembro de la tribu que permanece en nosotros alza la vista para ver cómo vienen los dioses, los vientos y las encuestas. Las encuestas, sí. Porque estamos en días de muchos sondeos electorales. Esta mañana, antes de desayunar, ya me he encontrado con tres encuestas diferentes. Pones la radio y la encuesta salta desde el aparato y se te agarra al rostro como el Alien. Las tormentas han causado inundaciones en el sur. En Algeciras, en Tarifa. Pero lo que se está anegando es el país con tanta estimación de voto. Se han visto ciudadanos achicando encuestas, lanzando datos a cubetazos desde sus casas, arrojando gráficos a la calle: y las alcantarillas no dan abasto para recoger toda esa demoscópica riada. Se tiene la impresión de que cada medio publica la encuesta que desean sus lectores. Y aunque no fuera así, da igual: son cambiantes, según el día y la cabecera que los publique. Luego vendrán las urnas, dicen, que son la verdadera encuesta. Y eso, a pesar de que el nivel de confianza ha caído a niveles tan bajos que hay quien incluso sospecha que los votos en las urnas realmente no se cuentan. Como si siguiéramos en el siglo XIX.

En todo caso, sea artificio o no, lo que parece claro es que nadie va a conseguir la mayoría absoluta. Vamos a pactos. Al entendimiento. Y uno ve a los candidatos, a la clase, casta o profesión política, como le queramos llamar, y se pregunta: ¿con esos mimbres? ¿Esos señores están capacitados para entenderse entre ellos? Ojalá, por el bien de todos. Aunque más bien parecen diseñados para obedecer las órdenes de los verdaderos dirigentes. Y ésa sí que es la cuestión. Y sobre eso no nos ofrecen sondeos. Que sigue lloviendo, en fin.

Cosmos, de Carl Sagan Rajoy

Carl Sagan nos enseña que el «cosmos es todo lo que es o lo que fue o lo que será alguna vez». Así nos lo recuerda el doctor Sagan cada vez que nos subimos con él a la nave de la imaginación, que es como él llama al vehículo que nos transporta en su serie Cosmos. De Sagan dijo el humilde Isaac Asimov que era una de las dos únicas personas más inteligentes que él mismo. La obra de Sagan sigue mostrándonos las maravillas del Universo en libros, trabajos de televisión y todas las entrevistas y magníficos materiales que el divulgador nos dejó. Sus seguidores conformamos una legión por todo el planeta. Y además hemos tenido la oportunidad de relamernos con el Cosmos 2 del astrofísico Neil deGrasse Tyson, científico al que muchos recuerdan por haber sido el «culpable» de que Plutón perdiese para nosotros su estatus de planeta (algo que el gran Sheldon Cooper de The Big Bang Theory no le ha perdonado todavía).

Pero ni Sagan ni Asimov, que tan bien anticiparon muchos de los acontecimientos y logros de nuestro tiempo, pudieron prever lo que ocurriría en 2015. Fue ayer mismo, cuando el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se plantó en un encuentro de emprendedores que tuvo lugar en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid. Y allí se vino arriba al encontrarse de frente con uno de los fundadores de Apple, Steve Wozniak; se le subió la Marca España a la cabeza o lo mismo es que se mareó con las gafas azules que le habían puesto (los candidatos tienen el tic de besar niños y de ponerse en la cabeza todo lo que le van dando: sombreros, gafas, consignas…). Y entonces tembló el misterio, porque a Rajoy, inspirado, se le cayeron los velos de los ojos, vio más allá de la realidad y profetizó: «El futuro está al alcance de las manos, porque España tiene todo para convertirse no en el microcosmos, sino en el gran cosmos de la ilusión emprendedora a poco que no nos desviemos».

Es extraño que tanto entendimiento acerca de microcosmos, cosmos y otras entretelas físicas provengan de un país que ha paralizado la investigación. «A poco que no nos desviemos»: o sea, que me sigáis votando o cambiará la dirección. Ahí volvió a la mecánica clásica. Rajoy ayer enunció una especie de Teoría del Todo Español, donde protagonizó la proeza mayor: no la de aunar física cuántica y relatividad, ríase de eso, sino la de compatibilizar ilusión y panorama español.

«España se ha desembarazado de los lastres del pasado para emprender un futuro común. El trayecto ayer incierto es hoy imparable», siguió Rajoy. Y a su alrededor, en esa zona del Cosmos que sólo él habita, en la orilla de su océano cósmico, reinó el vacío. La nada. Lo de siempre. A ver si Higgs, el del bosón, puede meterle mano a esto. Viva Carl Sagan. Viva el vino. Rajoy parece a punto de romper a bailar en público.