El azul Krahe

Ante la muerte de don Javier Krahe en julio de 2015, Juan Cruz tuvo a bien publicar estas líneas de un servidor en el diario El País:

“Javier Krahe, matrícula de honor en recreo, se marcha y nos deja el azul. Azul de sus ojos claros, donde uno veía reflejadas las aguas gaditanas en la alta mar de la madrugada. Es el azul del mar de los griegos Homero y Heráclito, de los que fue compañero, ejerciendo de poeta y de presocrático. Se ha ido de noche, como el que abandona la tertulia y el vino sin despedirse y busca del paseo redentor de vuelta a casa. En vez de volver al hogar, el poeta se ha encaminado hacia la aventura de la nada, a la caza de más sirenas, de más metáforas, de más nieblas que hilvanar.

Nos ha dejado el azul cristalino de sus versos, dignos del Siglo de Oro, bien contados, finos. A ratos, se pensaría que los fenicios inventaron el alfabeto, si es que fueron ellos, para que Krahe lo convirtiera en canción. “Y al mar, me dicta mi instinto, al mar, que es un laberinto”.

Hoy muchos lo descubrirán, acaso confundiéndolo con uno más de entre las estadísticas. Pero ha muerto un hombre vivo, a diferencia de quienes fenecen sin ánimo, sin ánima.

El Krahe se ha ido. Se ha ido escrito. Ha zarpado hacia la última singladura. Quedan viudos los fabricantes de puritos, los arcángeles de la noche, las novias, la poesía. Que el mar te sea leve. La muerte se ha vestido de azul Krahe”.

El azul Krahe en El País

 

 

La extraña pareja

Alberto Garzón y Pablo Iglesias no compartirán cartel para las elecciones, con lo que, de entrada, me están cuestionando el título de la columna. Pero es que resulta irresistible imaginar a Iglesias con el piso desastrado, y con Íñigo Errejón, Kichi y Monedero por ahí en medio, jugando al póker y asaltando una dudosa nevera llena de propuestas que se les están echando a perder. A esta escena se suma Alberto Garzón, que viene de no atreverse a acabar con Izquierda Unida lanzándola por la ventana de un hotel, y sin saber si se ha divorciado del todo o no de Cayo Lara.

A Garzón le duele el cuello, porque ha mirado a la izquierda con demasiado ímpetu, e Iglesias le sugiere que se quede a vivir con él, que hay sitio para los dos y que desde ese hogar pueden ir enmendando a dúo los siglos de casta que lleva sufridos este país.

Pero Garzón mira hacia el futuro y ve una convivencia complicada: teme que los cabellos caídos de la coleta de Iglesias le dejen atascada la ducha, se barrunta que Iglesias llegará siempre a deshoras por ir a la televisión de tertulia en tertulia, y se horroriza pensando en una mañana de domingo pasada en casa, los dos en chándal en plan Nicolás Maduro.

Pero, más allá de la humorada, sobre todo, me temo que Garzón siente que Iglesias no es más que él. O que la estrella del otro se va apagando. O que Iglesias no parece dispuesto a consensuar, sino a dictar. Vamos, que cuando Pablo dice “Podemos”, el propio Garzón ha empezado a pensar: “No, no podéis”.

Así que Alberto masculla cualquier excusa, recupera el tono muscular del cuello mirando a su izquierda de siempre, se desliza hasta el ascensor y acaba la película antes de tiempo. Allá baja, mirándose en el espejo, sin saber cómo lo acogerán en su casa y quizá pensando que su barba le recuerda a la de Anguita…

Atrás quedan Iglesias, Errejón, Kichi y Monedero, que no sabe si quedarse a dormir o no, si está o no está, si es o no es. De haberse quedado Garzón, ¿cuál de ellos habría tenido que dejarle su cuarto y dormir en el sofá?

Que no, que no, que sostengo el título: Alberto Garzón y Pablo Iglesias, la extraña pareja. Sólo que, por lo visto, no van a ser pareja. ¿Quién se beneficia más de esta ruptura preventiva: Garzón, Iglesias… o Pedro Sánchez?

Alexandria.0

alexandriaEl reto que me planteé al escribir esta novela fue el de mantener al lector sin darle tregua, al estilo de esos libros que viajan en metro con una persona pegada a sus páginas. Pero también tenía claro que todo no podría ser un juego de artificio, una fachada llamativa sin nada dentro. De modo que trabajé planteando cada problema narrativo como una estructura matemática, alzando andamios en cada capítulo (y quitándolos luego, obviamente), pensando como siempre en el que relee y no sólo en el que lee por primera vez, metiendo en las tramas todo aquello que me interesa: la ciencia ficción, el arte, Egipto, la biblioteca de Alejandría, la anhelada París…

Hasta qué punto alcancé el objetivo de crear una historia redonda y atractiva es algo que juzgará cada lector. Por mi parte, sí que opino que Alexandria.0 tiene el valor de haber alcanzado un estilo propio, reconocible, a pesar de que el modelo de novela no sea intimista. O lo que es lo mismo: ¿se puede hacer un libro de los calificados como comerciales sin renunciar a los gustos propios? Y la respuesta es que sí.

La última maravilla de Alicia

portada_alicia_eeUna vez calculé que, sumando todos los kilómetros hechos en tren, le había dado la vuelta al mundo a la altura del Ecuador unas ocho veces. Por tanto, era lógico que comenzase una novela a bordo de un Talgo. Si a eso sumamos el gusto por Stevenson, por Madrid y por Lewis Carroll, este libro se antoja casi irremediable.

Años después de haberlo publicado, durante una charla literaria que mantuvimos en Madrid, el escritor y pensador Daniel Tubau desveló las conexiones que él había encontrado entre este título y Luces de bohemia, de Valle Inclán. Repasé cada uno de los detalles que brindaba su explicación y, en efecto, me convencí de que Tubau iba muy bien encaminado, como es habitual en él. Es misteriosa la literatura, hay algo de cierto en que nosotros somos “lo escrito” y no “los que escriben”.

Aprecio un grito, un ansia de libertad en La última maravilla de Alicia; y me parece que las ilustraciones de José Antonio García, Buble, encontraron a la perfección ese tono que la novela mantiene entre el juego, la contestación y el deseo.

Breverías

breveriasEntiendo que es natural haber comenzado escribiendo poesía. No recuerdo desde cuándo; desde niño, desde adolescente, desde siempre. Viví con eso como algo normal; y repasando todos los versos escritos pues uno va viendo su propia biografía: ahí hubo un amor, ahí una tristeza, ahí una ilusión, una despedida, una pasión… Y, en todo momento, cambio. Pocas mutaciones resultan tan asombrosas como la que experimenta la manera de escribir de un poeta. Al cabo de más de veinte años, cuando me senté a recopilar lo que entendí que podría ser rescatable para este tomo de poemas y de cuentos, no me reconocí en casi ningún texto. Esto tuvo el inconveniente de obligarme a rechazar prácticamente todo, pero la ventaja de no incurrir en publicaciones de las que arrepentirse en el futuro. Aunque supongo que, en el fondo, toda publicación conduce a algún tipo de arrepentimiento.

En fin, aquí está todo lo hecho hasta aquel momento. Sí quiero destacar algo: después de este libro, la poesía que comencé a escribir experimentó un cambio aún más profundo. Pareció como si me hubiese quitado peso de encima y la escritura se me hubiera aligerado. Será la edad, quién sabe, pero desde entonces escribí pensando en el conjunto del poemario y no piezas sueltas, construyendo tomos completos bajo una misma temática. Y, de momento, es poesía que sigue macerándose. Quizá dentro de otros veinte años…

El fin de la crisis

fin_crisis¿Y si publicamos una novela día a día, cada jornada con un capítulo nuevo… pero incluyendo en las tramas la actualidad más fresca? ¿Hay arrestos de hacer eso? Y los hubo. Javier Baonza, editor de Evohé, y un servidor hemos echado muchas horas proyectando, pero también haciendo. Me parece que la complicidad entre ambos dio alas a un experimento literario-web -que yo sepa inédito- que durante más de tres meses nos mantuvo en vilo. Cada mañana, antes de amanecer, repasaba las noticias del día y usaba esa información para urdir las aventuras de Aurora, la protagonista de esta novela. Cada lector se descargaba a las ocho de la mañana el capítulo de ese día, que venía caliente como pan, que manchaba de tinta las pantallas de los móviles, los ebooks y los ordenadores. No sé cuántos miles de descargas hubo, pregúntenle a Baonza, que lleva cuenta de todo.

Es la novela más larga que he escrito. Un folletín del siglo XXI. Cayó el bombardeo de Libia, la muerte de Gadafi, el 15M bullendo en la Puerta del Sol de Madrid… Todo parecía hecho a propósito para que se fuese escribiendo El fin de la crisis. Y todavía siento la emoción de llegar al final haciendo que las múltiples tramas cuadrasen, asistiendo a la cita entre la actualidad y la literatura, que se quisieron juntar.

Futbolia

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Junto a José Machado, me di el gusto de escribir este ensayo en el que aunamos filosofía y fútbol: explicamos a nuestro modo qué dicen los pensadores más señalados: presocráticos, Sócrates, Platón, Aristóteles, Nietzsche, Ortega, Sartre… a través de los futbolistas más mediáticos del momento: Zidane, Figo, Raúl, Romario, Maradona, Cruyff, Stoichkov…

A la editorial Kailas le interesó el experimentó y el balón echó a rodar. Los paralelismos dieron de sí cuanto hizo falta. Estoy seguro de que este libro soportaría una reescritura con cada generación de futbolistas. Messi, Cristiano, el Cholo entrenador, la Roja de Aragonés y Del Bosque… Igual llamo a Machado y…

Formigal y el Celedonio de Platón

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De mi predilección por Sherlock Holmes y el género detectivesco espero poder dar señales pronto. Pero la afición llegó a un punto en el que deseé construir mi propio investigador, y partí del hecho de que Holmes se situó en el lado del bien -él mismo lo admitió-. Pero, ¿y si eso no fuera así? ¿Y si el detective, con sus grandes dotes intelectuales, resultase ambiguo en lo moral? ¿Y si no le importara ir y venir del lado oscuro? Y así llegó Jorge Luis Formigal, un tipo que me tomó la delantera enseguida, haciéndose con su espacio. Por ahora, éste es el único relato de Formigal publicado, y en él el personaje ya deja claro cuánto puede dar de sí.

Aquí hay un enlace para descargarse gratuitamente Formigal y el Celedonio de Platón. Mientras tanto, yo sigo escribiendo más aventuras de este hombre. No se fíen de él.

El gato sobre la cacerola de leche hirviendo

portada_gatoUn buen día, decidí hacer una novela. Porque sí. Quizá entendiendo que era lo natural, que tocaba o que después de tantos cuentos y poemas sería algo así como seguir la evolución natural del oficio. Puede que todo eso fuese cierto a la vez. Comencé sin plan preconcebido, un modo de escribir que ahora me resulta descabellado pero que entonces funcionó de inmediato: las palabras surgían con facilidad, las ideas estaban ordenadas y los personajes se empezaron a comportar con autonomía, algo que me extrañó pero que, a la vez, me fascinó de inmediato. Supongo que, en realidad, lo que ocurrió es que llevaba muchos años escribiendo ese texto: no es que no necesitara mapas, es que los mapas los tenía en la cabeza. Lo cierto es que me sentí como el lector de mi propia novela. De modo que me sobrevino el mandato de desaparecer como autor. Y de eso fue esa novela, nivola, cuento largo… yo qué sé. A mí me sigue pareciendo que es una novela, pero tampoco se me antoja necesario defender tal postura. En resumidas cuentas: el autor desaparece y los personajes quedan desamparados. Miedo a la existencia, que en su caso es miedo al folio en blanco, o a la palabra FIN, o al sacrosanto Autor…Pues de eso va este texto, muy querido por mí, inaugural, que escribí escuchando jazz todo el tiempo. Y eso, a su modo, creo que se nota.

La voz a ti debida

Mariano Rajoy tiene una pesadilla recurrente: él es un general romano que se acerca triunfal a Roma, pero en su carro va José María Aznar susurrándole al oído: “Recuerda a Albert Rivera”. El presidente despierta sobresaltado cada mañana, antes del alba, se levanta rápido a consultar las portadas de los diarios y, como temía, el dinosaurio de sus peores sueños sigue ahí.

Y es que, por primera vez en décadas, al Partido Popular le ha salido un competidor real en sus campos de labranza. Al granero de votos conservadores se le puede haber abierto un boquete y por ahí quizá muchas voluntades se están yendo a Ciudadanos.

En un primer momento, Rajoy quitó importancia al asunto, dijo que los resultados de Cataluña no se podían traducir al resto de España y señaló que el rival seguía siendo el PSOE de Pedro Sánchez. Pero la voz de Aznar, desde lo más hondo del templo de las esencias, advirtió del peligro de deshilacharse por el centro-derecha. No se sabe a quién molesta más la voz del expresidente, pero desde luego quienes se han apresurado a responder han sido los de su propia grey (que no Brey). Hace unos meses, Aznar preguntó desafiante: “¿Aspira realmente el Partido Popular a ganar las elecciones?” La cuestión puede haber ido más allá. Parece que, como un profeta que llega de su retiro en el desierto, Aznar ya no pregunta si el PP aspira a ganar, sino sencillamente si puede hacerlo.

Ahora que por fin se le ha desprendido la fecha de las elecciones, Rajoy cruza el Rubicón y sabe que ya sólo quedan dos meses y medio para la batalla sobre Roma (no diremos Marcha sobre Roma, para no levantar suspicacias ni crear equívocas metáforas). Lo que no sé es si a la nómina de enemigos que podrían impedirle su segundo triunfo -el señalado Pedro Sánchez, el propio Albert Rivera, quién sabe si Pablo Iglesias…- el presidente también estará sumando el nombre de su prócer, José María Aznar. Rajoy sueña con un nuevo triunfo, sí, pero la suerte no parece estar echada y una voz resuena en su oído, día y noche, poniéndole en duda los soñados laureles. Y esa voz le insiste: “Recuerda a Albert Rivera”.