Félix Rodríguez de la Fuente: el jefe de la manada

Dice el escritor Robert Louis Stevenson refiriéndose a la educación: “Pasar la mañana en la naturaleza, subirse a las ramas de un árbol y dejar que transcurra el tiempo mientras se reflexiona sobre lo que se ve… Si eso no es educación, ¿qué lo es?”. Pues no lo sé. No tengo ni idea de qué puede ser la educación. Me subo a las ramas de mi tiempo y pienso en la instrucción escolar que yo recibí, en la década de los ochenta. Recuerdo con desagrado general las clases, las maneras de casi todos los profesores –benditas sean las excepciones, que las hubo-, los temarios, los valores, sentir como un claustro las paredes del aula y como un castigo las horas y los calendarios… Comparo todo aquello con lo que percibo en la educación de ahora, la que le va tocando a mi hija, y me parece que a nosotros nos prepararon para ser senadores romanos, convertida ya la escuela en una factoría de personas con un conocimiento confuso y precario, listas para ser arrojadas a las arenas de un sistema laboral y social que los devorará con la tranquilidad del que sabe que nada se le ha de oponer. Ojalá esté equivocado. Pocas cosas me harían tan feliz como tener que admitir mi error en este punto.

En fin, que yo sacaba muy buenas notas, al parecer, a pesar de mi desprecio creciente por el sistema escolar y de que las calificaciones me daban absolutamente igual. No había internet, pero en la biblioteca del pueblo nos esperaban libros suficientes con los que resolver por nosotros mismos las dudas que ciertos maestros no sabían disipar. Algunas de esas cuestiones las he aclarado al cabo de mucho tiempo o siguen pendientes de respuesta, la verdad. Pero se sorprendían padres y profesores, a tenor de mis resultados, de que yo detestara el colegio y todo lo que suponía; y de que lo expresara con claridad. Supongo que esa aversión luego continuó y se transformó en mi rechazo visceral al trabajo, a ir al trabajo, sobre todo. Ya cruzando el umbral de los cuarenta, la vida azarosa en cuya contemplación tanto se deleitaba Stevenson me puso ante el reto de escribir acerca de Félix Rodríguez de la Fuente. Y aunque en apariencia fue un trabajo, la pasión que descubrí en él se me metió dentro y convirtió esos meses en una labor gustosa, en una aventura, en un gozo.

Ahora que se cumplen noventa años de su nacimiento y treinta y ocho de su abrupta muerte, he leído algunas notas sobre él. Me ha encantado la de Pedro Simón, en El Mundo, con la que estoy de acuerdo hasta en las comas. Y me han empezado a salir estas líneas de forma natural, como si hubiese echado a andar por una mañana de primavera camino al río infantil, con mis compañeros de andanzas de entonces. Supongo que esas correrías nuestras se parecían a las de Félix en el páramo burgalés, en los alrededores de Poza de la Sal, cuando lo llamaban los poderosos patos y lo tentaban los paisajes como un lienzo recién pintado. Él recordaba en alguno de sus magníficos discursos que, al volver por la tarde a casa, el olor de la leña y los corrales del pueblo lo acogían de manera maternal, prometiéndole todo el descanso que precisaba aquel cuerpo que venía de las guerras de la lluvia y las serpientes. A mí me impresionó la imagen de Félix niño mirando por los prismáticos y topándose con los ojos del lobo, cuando comprendió que aquel animal encarnaba la hondura y la nobleza y que de ningún modo era la alimaña inmunda que el mundo creía por aquel entonces.

Félix se enamoró de los lobos, de los halcones, de la Tierra. Félix sintió la llamada de lo salvaje, de lo que nos une a la memoria de lo que somos y que ninguna vida artificial y enfermiza ha logrado matar por ahora. Nos enseñó a varias generaciones la grandeza de la Vida, con mayúscula, y fue empapándonos de conocimiento, porque abrigaba la teoría de que sólo lo que se conoce íntimamente se ama, y sólo lo que se ama se respeta y se cuida. Y tenía razón. Por eso fue capaz de la titánica labor de cambiar la sensibilidad de un país entero. Félix se puso a la cabeza de la manada, comprendió la ternura del rinoceronte, la angustia del cazador que sabe que un fallo en la siguiente captura puede significar su muerte, el llamado del mar agonizante y la esencia de la tierra mojada que nos dicta las instrucciones del mismo modo que se las dictó a los indios de las praderas americanas, o a los habitantes del corazón africano o a nuestros padres paleolíticos.

Cuando la muerte blanca se lo llevó, él ya se había adentrado muy profundo en las reflexiones sobre nuestra existencia. No sabemos hasta dónde habría llegado siguiendo ese curso que lo guiaba, aligerándolo de prejuicios y otorgándole el atrevimiento de los felinos. Pero nos dejó un legado de comprensión, de respeto, de responsabilidad, de valentía, de intensidad. Nos convirtió en cachorros que nunca hemos soportado los barrotes de la jaula. Nos hermanó con la bella matadora que es la jineta y con el pirata de la espesura que es el azor.

Cuando hace unos meses, en una exhibición de cetrería en Benalmádena, Málaga, un águila se posó sobre mi brazo, lo comprendí todo. Porque sólo al cabo de los años entendimos aquellos a los que el aula nos parecía un páramo que, en realidad, el páramo era un aula. El aula de Félix, donde se imparte la libertad, allá donde habitan la cigüeña, el lince, el oso y el lirón. De donde nosotros mismos nunca debimos salir. Si él no nos educó, él y Stevenson, ¿quién lo hizo? Gracias, jefe de la manada. Que sepas que mi hija te imita y que aúlla a la perfección, y que durante ese aullido suyo de niña salvaje yo me estremezco porque siento que aún nos queda esperanza. Gracias, Félix.

Para qué ser periodista

He asistido a un encuentro con Juan Cruz en El País en el que se ha hablado del oficio de periodista. Había una leve mayoría de mujeres entre los asistentes, 17 a 13, pero eso no me ha llamado la atención; a fin de cuentas, en la Facultad de Ciencias de la Información, hace veintitrés años, por cada chico había cinco chicas. No, la diferencia principal ha estado en la edad. Salvo un economista y dos periodistas de la vieja escuela, de unos cincuenta y pico años, y yo con cuarenta, el resto del grupo lo han conformado jóvenes que no llegaban a los veinticinco; algunos, ni siquiera a los veinte.

Pronto, he aparcado en la puerta y me he tomado un café en el bar de enfrente. Mientras leía en el teléfono crónicas de cómo estaba la cosa por Cataluña, he visto llegar a algunos de esos estudiantes de periodismo. Un sábado, temprano, en un lugar más o menos apartado… no ha tenido excesivo mérito el deducir que iban al mismo sitio que yo. Mi sensación ha sido la de estar recordando algo. Los he visto salir a la terraza a fumar mientras tomaban su café. Una de ellas hablaba y el resto la escuchaba con atención, con caras de interés sincero. Y en ese mismo instante he reconocido la situación. Hace más de veinte años yo estaba en una mesa parecida, mezclado con otros protoperiodistas, charlando, poniendo o viendo esos mismos gestos. Después, en el encuentro, a lo largo de la mañana, esa sensación se ha asentado en mí. Como el que ve una foto antigua y reconoce una ropa de hace años y que ni siquiera sabe cuándo desapareció de los armarios.

– ¿Qué te interesa de este encuentro? –me ha preguntado Juan Cruz a las primeras de cambio, ya en el transcurso de la charla.

–He venido a recordar por qué quise ser periodista. Porque a ratos no lo recuerdo –y como si ella misma detectara en su fuero interno el desencanto, ha asentido a mis palabras una chica joven, espantosamente joven para andar ya enredada en ese sentir.

Durante cuatro horas, Cruz, incansable como es él, nos ha mostrado todo un catálogo de herramientas periodísticas, salpicándonos su entusiasmo por el oficio y sus reflexiones sobre una profesión que se tambalea entre las dudas provocadas por los cambios de costumbres en el manejo de la información. Y durante ese tiempo, he escuchado atento lo que decían; sobre todo, lo que decían los veinteañeros, ya que los periodistas mayores hablaban eclipsados por la lógica pena de haber sido apartados del ámbito laboral. En los otros, en los estudiantes, en los que empiezan –algunos ya ejerciendo, incluso–, lo que he detectado, lo que he recordado, son los mismos miedos, esperanzas, interrogantes, ilusiones… que yo tenía por esta misma profesión y a esa misma edad. No ha cambiado nada. Pero nada en absoluto. Cuando yo comenzaba, se anunciaba la llegada de las autopistas de la comunicación. Ahora, el fenómeno Twitter tiene a las empresas del ramo en un rincón del ring, a la expectativa, sin saber muy bien qué hacer con el nuevo modelo de comunicación. Cuando yo era joven, ya sabíamos que sería difícil encontrar trabajo si no contabas con alguien conocido dentro de los medios. Yo lo hice, no obstante. Tuve suerte. Esta mañana, estos chicos han explicado que sus profesores los animan a entrar en gabinetes de prensa donde el trabajo sea más o menos estable. En las universidades, en efecto, el profesorado siempre ha sido el mayor inconveniente para la formación. Veo que eso tampoco ha cambiado.

– ¿Un consejo? –ha acabado pidiendo una de las periodistas.

– Lee –le ha dicho Juan Cruz, como el que ofrece una esperanza a quien se encamina a la batalla.

He sentido alivio por no estar en la piel de esos chicos. Supongo que la mayoría de ellos tendrá que cambiar de oficio, como lo hicieron muchos de aquellos compañeros con los que yo tomaba los cafés primeros. El futuro no existía, como no existe ahora para ellos. Pero una mezcla de inconsciencia y optimismo despreocupado me llevó a seguir adelante, a no plantearme hacer otra cosa. ¿Ser periodista sin que tus padres lo sean, siendo pobre, sin una agenda influyente de la que echar mano? Creo que no tendría fuerza para volver a intentarlo. Me daría una pereza que supongo que resultaría invencible.

En fin, que no he recordado por qué quise ser periodista. De hecho, he salido con la duda de si quise serlo en serio alguna vez. Porque lo que he querido ser fehacientemente, digamos que a lo que responde mi vocación, es a la escritura en sí, no necesariamente en los medios. ¿Puedo escribir crónicas, noticias, columnas…? Claro, como escribo poemas, ensayos, guiones, cuentos o novelas. Podría escribir hasta homilías. Ojalá. Pero el oficio de periodista consiste en contar lo que ha pasado. ¿Es lo que he querido realmente? No lo sé. Ni esos chicos lo saben. Quizá no lo lleguemos a saber nunca. Pero sí he recordado el entusiasmo por vivir, que es el mismo que tenían ellos en sus ojos. Ese brillo, por todos los dioses, no lo han conseguido apagar ni las empresas en las que he trabajado, ni la labor de casi todos los jefezuelos que me han tocado en suerte, ni la espesura envenenada de muchas de las redacciones en que he tenido que habitar…

– Estás más joven que antes –me ha dicho Juan Cruz con un asombro que no ha disimulado.

– No han podido conmigo, Juan.

– Este oficio es hermoso, a pesar de todo.

Lo es. Es mi oficio. El de escribir, incluso en los medios. Leed, muchachos, leed. Y no hagáis caso a los agoreros. Nadie ha escrito el mañana. Eso nos corresponde a nosotros, precisamente. Había gente en esa sala con madera para la duda. He escuchado preguntas certeras como flechas apaches, comentarios hondos y análisis estupendos en bocas jóvenes pero ya con conocimiento. Benditos sean. Cómo me hubiese gustado seguir escuchándolos mucho más tiempo, incluso cuando se han referido a asuntos que yo creo tener resueltos.

No se sabe por qué un chico de once años de repente quiere ser periodista, de modo que mucho menos debemos esperar que ese mismo sujeto, veintinueve años más tarde, recuerde qué lo motivo a semejante insensatez. Ahora elegiría ser matemático, o físico, o pintor… O no. Para qué engañarnos. Lo más seguro es que volviera a lanzarme sobre las teclas de la máquina de escribir y luego sobre el teclado del ordenador del mismo modo, dando los mismos picotazos de pájaro hambriento. De entrada, me temo que iré a más encuentros como el de esta mañana, aunque sólo sea para constatar lo joven que estoy. Juan Cruz dixit. Y él es un maestro, carajo.

Que vienen las urnas

Parece el título de una película de la transición. O de la Transición, con mayúscula, eso ya depende de sensibilidades y de los planes de estudio con los que se criara cada uno. Lo cierto es que llegan los votos, como se dice todavía en ciertos lugares, y da la sensación de que lo hacen como un modo de amenaza para muchos. Para los que ostentan cargos, para los que no tienen qué decir, para los que se parapetan en despachos, para quienes comen o subsisten gracias al clientelismo, para los que están anclados en el pasado y hasta para quienes esperan que el futuro solucione cualquier problema con el mero pasar de los calendarios.

Vienen las urnas, que vienen las urnas, y hay quienes temen por lo que pueda salir de ellas y quienes temen por lo que pueda no salir. Las dudas, no obstante, no las disipará ningún ministro portavoz enunciando resultados. El domingo por la noche nos van a decir cuántos números de votos y cuántos escaños se queda cada partido, pero, ¿estamos viviendo un gran cambio político o no? ¿Este anunciado cambio será, si es, para que se transforme la realidad del país o para que las instituciones se actualicen de forma superficial pero sin meterle mano a los problemas que acucian a la calle? ¿Se producirá un relevo de personas y de generaciones pero no de políticas? ¿Alguien recordará el lunes lo importante que parecía hacía un mes lo de la reforma educativa? ¿Viviremos mejor o peor en 2016? ¿Qué diferencia habrá en los grandes temas? ¿Cuáles son esos grandes asuntos? ¿Se puede ir a peor? ¿Qué hay de realidad en todo cuanto percibimos de este entramado político y social?

Que vienen las urnas. Yo, como voté por correo hace bastantes días, he vivido la campaña con la tranquilidad de no tener que elegir. Y no sabéis lo distinto que es escuchar promesas electorales sin la necesidad de masticarlas y digerirlas. Ha sido como ir al supermercado después de comer, sin hambre, sin la angustia del hambre. Qué suave es todo habiendo votado antes de la campaña. Me temo que lo haré siempre así. Voté por desahogo, no obstante, sabiendo que el escepticismo -sobre todo respecto a uno mismo- no cabe en una papeleta. Conviene recordar que un voto puede cambiar un gobierno -eso dicen- pero, ¿y al votante? ¿Quién nos cambia, además del tiempo?

Frankenstein 04155

Se ha estrenado el documental Frankenstein 04155, que se ocupa de las circunstancias que rodearon al accidente del tren Alvia de Santiago en el que el 24 de julio de 2013 murieron 81 personas y 147 quedaron heridas de diversa gravedad. De momento, la investigación judicial prosigue, con el maquinista como único imputado y con un rosario de decisiones antes y después de la tragedia que son las que esta cinta pone de relieve.

Que nadie espere una hora y media de melodrama. Porque, aunque duela, y duele mucho y hondo, la película va más allá. Es evidente que el Alvia entró muy pasado de velocidad a la curva de Angrois, pero, ¿ese exceso de velocidad explica todos los interrogantes? Veamos.

En Frankenstein 04155 se indaga en las razones por las que el tren de alta velocidad a Galicia se hizo como se hizo: a tenor de lo visto, y a falta de que lo contradigan, con prisa, con intenciones políticas sobreponiéndose sobre las razones técnicas, con trenes armados sin argumentos profesionales, hechos con trozos de otros trenes (de ahí el nombre de Frankenstein). En este tramo, destaca el protagonismo de José Blanco, el ministro de Fomento bajo cuyo mandato y responsabilidad se llevó a cabo este proceso, y al que se señala de manera directa como artífice de esas prisas, de esas malas decisiones tomadas sin conocimiento en la materia.

Pero prosiguen las razones: ¿qué pasó con las advertencias que exigían incrementar las medidas de seguridad, que hablaban del peligro de la curva, que exhortaban a instalar las precauciones técnicas que la alta velocidad requiere y que no se materializaron?

¿Y qué pasó cuando se produjo el accidente? ¿Por qué se negó entonces la evidencia de que se trataba de un percance sufrido en el entorno de la alta velocidad? ¿Por qué ese vaivén imputando y retirando la imputación a altos cargos de empresas públicas? ¿Por qué al final el maquinista es el único imputado? ¿Por qué se impidió en repetidas ocasiones que se creara la comisión de investigación pertinente? Y por ahí, además del de Blanco, ya van entrando en juego otros nombres: Ana Pastor, la ministra de Fomento que tomó el testigo en el cargo, y Rafael Catalá, actual ministro de Justicia, aunque secretario de Estado de Infraestructuras y Transporte en el momento del accidente.

Y de los episodios que más chirrían, el del trato dispensado a los sobrevivientes y a las familias de los fallecidos por parte del presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, liándolo todo con una polémica feísima al año siguiente, cuando, en vez de dar calor a los afectados e impulsar desde su cargo una investigación, lo que hizo fue otorgar unas medallas que se habían rechazado pero en las que él se empeñó y enviar a los antidisturbios para impedir que los familiares entrasen en el acto. Todo muy desafortunado e irremediable.

Aunque lo que de verdad es irremediable es la pérdida de las vidas que se fueron. Si al menos nos quedara la satisfacción de saber que no volverá a ocurrir algo similar por culpa del descuido, la desatención o una mala gestión… Pero no se espera que salgamos de este doloroso proceso con tales seguridades. Quedan muchas preguntas por responder y, aunque no parece que vayan a aclararlas, que no se niegue el derecho a hacerlas, a formularlas. Conocer los entresijos del poder puede quebrar la certidumbre de muchos en el sistema, en los poderes públicos, en los armazones que parecen protegernos. Otros muchos carecemos de esa confianza ciega en las instituciones, y por tanto resulta difícil que nos defrauden. Visto lo visto, la palabra con la que apetece terminar un escrito como este es: dignidad.

Al otro lado del espejo

Los espejos, esos artefactos que nos amenazan con nosotros mismos. Nos aguardan en cualquier parte dotados con la terrible magia de la duplicación. Como se decía antes, los espejos tienen la misma misteriosa capacidad del sexo: la de crear personas. Mi infancia son recuerdos de una casa en la que existía “el cuarto de la costura”, donde tras unas cortinillas se abría un probador con dos espejos enfrentados que se multiplicaban el uno al otro hasta el infinito. Y yo me asomaba a los espejos del final, intrigado por aquellas cabezas que se asomaban desde el fondo y que de sobra sabía que no eran la mía.

A la espera de que saliera Alicia a invitarme a pasar a través del espejo, fui creciendo. Y el resultado es el de asistir unas cuantas décadas después a un mundo en el que se duda si estamos en un lado u otro. Sin tener que echar mano de los grandes problemas del mundo, limitándose a dar un paseo por un día cotidiano, uno no sabe si el mundo real es el de la hipoteca, los impuestos y los precios o el del olor de la lluvia, las hojas caídas formando un sudoku de ocres y las entrañas jugosas de las granadas. A un lado del espejo, está Hacienda, las analíticas y el aire contaminado en el que nos vamos muriendo como peces estancados; al otro lado, la parte importante de los días es la migración a la biblioteca, donde acudimos en manada los padres con los hijos como rumiantes en busca de libros que pastar, como si los de casa no fuesen suficientes. Algunas zonas de Madrid huelen mal y exigen de forma urgente una limpieza en profundidad, algo que se percibe cuando te has marchado del centro, regresas, y te preguntas: ¿cómo he podido vivir en esta calle que apesta a baño de bar de los años setenta? Pero también es cierto que esos mismos lugares malolientes albergan exposiciones sobre las mujeres en el arte de Roma o sobre Julio Verne, cuyo nombre de justo basta para salvar todas las Sodomas que fueron, son o serán. En un mismo mundo, un derecho y un revés. Una polémica vocinglera y faltona o una discusión animada y constructiva entre personas respetuosas. Un trabajo en el que los compañeros se van comiendo unos a otros como inmortales de los que sólo puede quedar uno o un trabajo donde gentes distintas se complementan sus talentos, sin envidias, y alcanzan juntos magníficos logros. Todo esto, a la vez, es lo que se ve en un día cualquiera. Un día de esos en los que pareciera que el niño, algo crecido ya, siguiese jugando a contemplar los espejos del cuarto de la costura. ¿Cuál de esos mundos es más real? ¿En cuál de ellos habita Alicia, asomada a sus propios espejos?

La educación en España

Y no nos referimos a hablar de usted cuando corresponda o de saludarse como es debido, que no es mala cosa, sino del sistema educativo. Uno conoce lo de los maestros a través de varias cercanías: sé de las pruebas a las que son sometidos, lo que estudian, cómo les van cambiando cada año lo que tienen que memorizar para aprobar unas pruebas que se supone que los capacita para educar, cómo luego pasan a ser nómadas durante su etapa de interinos… ¿Dónde está el problema de la enseñanza en España? Obviando el asunto de que para quien manda es más cómodo mantener a una masa de gente sin preparación, y obviando que el opositor se levanta cada mañana y mira hacia el cielo a ver si le han cambiado la ley ese día y si lo que tiene que estudiar es lo uno, lo otro, su contrario o todo a la vez. El problema viene de antes. ¿De la carrera de Magisterio, donde no se enseña a enseñar? No, de antes. Vocaciones aparte, ¿de cuando se hace el corte en la nota, porque aunque se pida más se sigue pidiendo poco y quienes entran en la carrera no son los mejores sino los que quedan y no saben dónde meterse? No, de antes. ¿Del bachillerato, de la primaria, de infantil, donde cada vez la preparación es más laxa y los conocimientos, las actitudes y las aptitudes son menos forjadas? No, de antes. ¿De cuándo, por todas las pizarras digitales de ahora y las tizas de antes? Los maestros de hoy en día están mal preparados porque son el resultado de décadas de mala formación. Si un ciego guía a otro ciego… Un gran profesor ya jubilado me decía: “El libro de texto que diga lo que quiera; yo luego cierro la puerta de la clase y sé lo que tengo que enseñarles”. Y lo hacía. Y vaya si sus alumnos salían con conocimiento de causa: unos más que otros, ya que la educación, lejos de igualar, aumenta la distancia entre todos. Pero, ay, ¿qué pasa ahora si cierran la puerta? ¿A qué les van a enseñar a esos pobres alumnos? ¿A decir la palabra “competencia”? ¿A repasar la ley orgánica de enseñanza de la autonomía del estatuto del profesorado del plan curricular…? En términos generales -siempre quedan honrosas excepeciones- tenemos malos profesores, profesores incultos, porque vivimos en una sociedad inculta. Cambiar el sistema educativo requeriría un acuerdo para que los políticos dejen de tocar el software del aprendizaje. No lo harán: viven de ello. Requeriría que quince o veinte años de promociones de maestros reconocieran su mala formación y volvieran al aula, pero para aprender. No lo harán: el que ha conseguido una plaza se cree en el Olimpo, intocable, que corran otros. Requeriría volver a respetar al profesor, hacerles exámenes periódicos para comprobar que siguen en forma para impartir sus saberes, preparar a los maestros para que, además de saber enseñar, supieran gestionar sus centros educativos, que los libros de texto los dejasen de escribir personas que piensan y sueñan con faltas de ortografía. Requeriría un gran acuerdo entre gente acostumbrada a no escucharse. José Antonio Marina aparece entre la niebla como una esperanza blanca. Pero los escépticos no nos permitirnos esperanza alguna en un mundo en el que la sintaxis está en peligro de extinción. Ay, si alguien lo lograra. Como decía Fernán Gómez en La lengua de las mariposas: “Si tan sólo consiguiésemos que una generación en España fuese libre…”.

Baroja, Alcántara, Garci

Después de los temporales se quedan las calles y los parques como la carne tras las inflamaciones: palpitan de realidad, de frío, de resaca. Por una de esas calles abatidas, quizá bajo el sol de la costa rehaciendo escaparates, Manuel Alcántara bajará a comprar la nueva novela de Pío Baroja. Dice Alcántara al respecto que los amigos nunca le han fallado. Una vez fui al despacho de José Luis Garci, acompañando a una compañera que iba a entrevistarlo. El cineasta se sorprendió de que gente que no era de su generación hablásemos con naturalidad del boxeo, de John Ford y hasta de él mismo. Pero sobre todo, de Alcántara. Cuento esto porque cuando el periodista malagueño habla de Baroja uno siente lo mismo: complicidad.

Cierta vez, hace tantos años que no había internet, me afanaba buscando unos libros de Baroja que no encontraba por ninguna parte. Había preguntado por ellos sin éxito en librerías de Madrid, Barcelona, Córdoba, Málaga, Valencia, Sevilla, Toledo… Y al fin, en la tienda de un librero de Salamanca, di con ellos. En la edición de Caro Raggio, con sus preciosas portadas. Con ese tacto que a mí me hablaba de lecturas en la cama y de olor a un papel como recién cocinado. ¿Aquellas alegrías son recuperables? Le dije al vendedor, inocente y pedante de mí, algo así como: “Claro, es difícil encontrar a Baroja. Se lee poco”. Y el tipo, sorprendido, me espetó: “¿Poco? Pero hombre, si Baroja es lo que más se vende”. Eso pasó a mediados de los noventa. Y desde entonces supe qué poca relación hay entre los grandes titulares y las vidas normales. Entre las selecciones de los departamentos culturales y los gustos de la gente. Entre la opinión publicada y la opinión pública. “Lo que pasa -apostilló el librero salmantino- es que los que leemos a Baroja no nos juntamos a hacer ruido en una plaza. Pero somos mayoría”. Me resulta simpático imaginar a una multitud de barojianos en una explanada, todos con nuestros ejemplares de La Busca o de Camino de perfección. ¿Conformaríamos un lobby de mucho cuidado? ¿Quién se disputaría nuestro escéptico y asqueado voto masivo? Por lo pronto, Manuel Alcántara sale a comprar la última novela de Baroja, Los caprichos de la suerte. Y detrás, nosotros. Si hasta puede que nos encontremos con Garci en la librería.

Las encuestas electorales son una cortina de lluvia

Noviembre nos ha pillado mirando hacia arriba. Miramos si llueve, si las nubes se van o vienen, miramos los cielos quizá siguiendo un instinto que se nos fue imprimiendo con el paso de los siglos. El miembro de la tribu que permanece en nosotros alza la vista para ver cómo vienen los dioses, los vientos y las encuestas. Las encuestas, sí. Porque estamos en días de muchos sondeos electorales. Esta mañana, antes de desayunar, ya me he encontrado con tres encuestas diferentes. Pones la radio y la encuesta salta desde el aparato y se te agarra al rostro como el Alien. Las tormentas han causado inundaciones en el sur. En Algeciras, en Tarifa. Pero lo que se está anegando es el país con tanta estimación de voto. Se han visto ciudadanos achicando encuestas, lanzando datos a cubetazos desde sus casas, arrojando gráficos a la calle: y las alcantarillas no dan abasto para recoger toda esa demoscópica riada. Se tiene la impresión de que cada medio publica la encuesta que desean sus lectores. Y aunque no fuera así, da igual: son cambiantes, según el día y la cabecera que los publique. Luego vendrán las urnas, dicen, que son la verdadera encuesta. Y eso, a pesar de que el nivel de confianza ha caído a niveles tan bajos que hay quien incluso sospecha que los votos en las urnas realmente no se cuentan. Como si siguiéramos en el siglo XIX.

En todo caso, sea artificio o no, lo que parece claro es que nadie va a conseguir la mayoría absoluta. Vamos a pactos. Al entendimiento. Y uno ve a los candidatos, a la clase, casta o profesión política, como le queramos llamar, y se pregunta: ¿con esos mimbres? ¿Esos señores están capacitados para entenderse entre ellos? Ojalá, por el bien de todos. Aunque más bien parecen diseñados para obedecer las órdenes de los verdaderos dirigentes. Y ésa sí que es la cuestión. Y sobre eso no nos ofrecen sondeos. Que sigue lloviendo, en fin.

El otoño de regalos

El viento del otoño no deja que las hojas se depositen debajo del árbol del que caen. Como si se tratara de teletipos urgentes de noviembre, las hojas que fueron verdes salen zumbando hacia el otro extremo de las ciudades. ¿Qué mensaje portan? ¿Que recuerdos de la lejanísima primavera lleva consigo la hojarasca voladora? Colonizan los parques, convocan a los nefastos operarios que andan metiendo ruido con un artilugio que expulsa aire, van extendiendo las alfombras del Retiro.

Puede que el otoño constituya una especie de patria, ahora que hay tantas y que muchos buscan desgajarse de algo. Por fortuna, que yo sepa, no existen independentistas que ansíen que esta estación se desprenda del resto del año.

Es difícil negarse a la complacencia, cuando fuera ulula el desasosiego del viento pero uno no tiene que salir de casa. Cómo sopla. El teclado es el guante del domingo hogareño. Los titulares más urgentes no los componen las encuestas, sino los rompecabezas de la niña. Puedo escribir las líneas más plácidas esta tarde, ya que ni siquiera tememos que pierda el Atleti porque ya empató antes de ayer. Ya lo dijo el mismo Neruda recién parafraseado: tu belleza y tu pobreza llenaron el otoño de regalos.

Ésta es la dádiva del presente. El presente del presente. El regalo de este día. No hagamos por apresarlo. Es inútil. Dejemos que se nos caiga, como las hojas, y que el mismo viento que canta tras el cristal se lleve al atardecer tan lejos que lo podamos recordar. En estos momentos, pareciera que los años admirados por el Soneto XXV de Neruda condujeran a este instante, desembocaran aquí.

La balsa de piedra

Que dice Hacienda que hay 40.000 millones de euros de contribuyentes españoles fuera de España, y que casi la mitad de ese dinero está en “lugares opacos”. Ahora los llaman así. Los conocemos como paraísos fiscales: Suiza, Andorra, Luxemburgo… esos países imaginarios. Espronceda cantaba que el pirata tenía como única patria la mar; pero la patria de estos señores que sacan su dinero del territorio nacional no es el océano romántico, sino su propia cartera. ¿Habremos de culpar? ¿Quién no querría y haría todo lo posible por evitar a los inspectores que vienen desde el castillo feudal para quitarnos los sacos de trigo, usando para ello el nombre de “impuestos”? Pero sí sería de agradecer que se hablara claro. Por ejemplo, que dejen de hablarnos de patrias, porque además quienes más agitan las banderas suelen ser los que encauzan sus ríos de dinero al mar de capitales que baña Suiza, la que no tiene playa. Que dejen de decirnos que no debemos tener como ejemplos a Rinconete, Cortadillo, el Guzmán de Alfarache, Justina, el Buscón llamado don Pablos o Lázaro de Tormes. Ya lo dijo este último: sólo hay dos vidas, la de Corte y la pícara. La vida de Corte, la de los que viven a expensas de los demás; la vida pícara, la de los que van tirando como pueden, intentando que el ciego no se entere de que toman las uvas de tres en tres. La trampa está en intentar juzgar todos los actos como si fueran el mismo: nos dicen que tan culpable es el que saca diez millones de euros a un paraíso fiscal como el que no paga diez euros de IVA. Y con este presupuesto intentan que todo valga, que el camello pase por el ojo de la aguja.

Lo dice la propia expresión: paraísos fiscales. Y es que a esos paraísos no va el que quiere ni el que lo merece, sino el que puede. Eso sí: si desean saber si todos somos iguales, si merecemos el mismo apelativo, dennos a cada uno diez millones de euros y a ver qué pasa. Por sus frutos los conoceréis. José Saramago, en La balsa de piedra, ya explicó que al marcharse los ricos y sus capitales los ciudadanos seguían siendo igual de pobres que antes: el dinero de los ricos, esté donde esté, es de los ricos. Natural. Y lo natural es el paraíso, donde los millones andan desnudos, sin pecado y alejados del sudor de la frente ajena. Yo no pido los diez millones de euros. Para ellos. Sólo pido que nos dejen en paz con las doctrinas.