Voces

Anoche me acosté escuchando un archivo sonoro, con los cascos, y así me fui durmiendo. Se trataba de una entrevista que José Ramón de la Morena le hacía a Javier Clemente, creo que en torno al año 2000. Era la primera vez que hablaban después de una década de desencuentros. La conversación fue embarullada, muy trabada a ratos. Participaban en ella otros periodistas como Alfredo Relaño, Santiago Segurola, Paco González y Manolo Lama. Discutieron mucho, hablaron sobre asuntos de poco interés a día de hoy: sobre su propia relación, sobre sus cuitas, sobre la condición de nacionalista vasco de Clemente… Durante la hora y cuarto que duraba el archivo –recortado, porque creo que la entrevista original se fue a casi las dos horas– no hablaron de fútbol ni siquiera cinco minutos. Por qué no llevó a Raúl a la Eurocopa del 96. Por qué no puso a Guardiola a manejar el centro del campo. Por qué adelantó a Hierro. Apenas nada.

Pero si menciono esto es por el hecho en sí de haberme acostado escuchando un programa deportivo de hace más de veinticinco años. Me saltó la opción en YouTube y me pareció que la idea era buena. Ponerse los cascos, taparse, echarse de lado y cerrar los ojos para ir cayendo en el sueño mientras estos señores discutían. Fue como volver a la adolescencia, o a los veintipocos años. A lo mejor lo que me condujo a escuchar esto fue la nostalgia, el volver a hacer algo de cuando tenía diez, quince, veinte años.

Me decepcionó un poco el contenido, pero fue llamativo reconocer las voces y distinguir juventud en las mismas. La voz también envejece, se torna más grave, adquiere matices, arrugas, ancianidades. Qué limpios sonaban Paco González y Manolo Lama. Me di cuenta de que estaba escuchando a unos tipos que, en aquellos momentos, eran más jóvenes de lo que yo soy ahora.

Otra vez el tiempo, en fin, esta vez en forma de radio. Me dormí finalmente, no sé en qué acabaría la cosa, pero sí distinguí entre sueños las consideraciones finales de Pepe Domingo Castaño. Supongo que bien pude confundirme en ese sopor final, y quizá entrar en los sueños pensando que hoy tocaba madrugar para ir al instituto, puede que calculando qué día era para saber si había que ponerse el chándal o ropa de calle. Pero no. Al despertarme, ya no estaban las voces de anoche, ni los ochenta y noventa, ni las pesetas para el desayuno. Sino mi voz actual, asabinada ya sin imitaciones. Y los precios de los desayunos, en euros y por las nubes. Me he tomado un café viendo a los chavales marchar al instituto. Y he tenido la suerte de poder sacudirme todo eso poniéndome al teclado. Dónde andará Javi Clemente.


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