Verano tipo 1

Regresar a Madrid es volver al alivio del calor primaveral. Y es que tal calor, comparado con el de Córdoba, supone que la situación afloja y te ofrece un respiro. En Madrid hace calor, claro, pero es uno propio de finales de mayo, mientras que en Córdoba ya se ha pasado a lo que yo denomino Verano tipo 1. Existen, según mi catalogación, dos tipos más: el tipo 2 impide dormir por las noches; el tipo 3 impide vivir, a secas. El rejoneador Sergio Galán, –nacido en Madrid pero residente casi toda su vida en Tarancón, Cuenca–, la otra tarde, en el patio de cuadrillas del Coso de los Califas, se asombraba de que yo le dijera que el calor no había empezado en Córdoba, que eso vendría después. «No exagera», salió al quite un arenero en apoyo a mi afirmación.

El periodista Tico Medina ofrece su propia jerarquía de temperaturas. Distingue él, en gradación creciente, entre el calor, la calor, los calores y el calorín, estado último del asunto, algo sólo visto por mí en sitios como Badajoz, Sevilla, Córdoba o Egipto.

La primavera suave y habitable se prolongó hasta el sábado de la semana pasada, en torno al 16 de mayo. Ese día encendieron los motores y despegaron los aviones por todos lados para otanizar los cielos con ese ansia insistente que se traen de manejar el clima, algo que llevan pretendiendo desde finales del XIX y que llegó a ser explicitado: «Quien controle el clima controlará el mundo», a decir de Lyndon B. Johnson, el presidente estadounidense que recogió el testigo tras el asesinato de Kennedy y que se apresuró a deshacer cuanto éste proyectaba y que probablemente lo había llevado a la tumba.

En la actualidad, la pretensión de controlar el clima pasa no sólo por arrojar metales pesados sino también por el disparo de haces de radiación de microondas a través de lo que ellos denominan radares meteorológicos. Esto, hasta donde sabemos, porque no tenemos ni idea de los extremos alcanzados por estas armas climáticas, pues como tal hay que concebirlas.

Frente a ello, el discurso oficial reacciona como siempre. En un primer momento, lo niega. En un segundo, lo admite aunque aduce que todo lo que se hace es por nuestro bien. A continuación lanza a sus empleados –bots y subcontratados– a intentar desprestigiar a quien señala hacia los evidentes cielos. «Es calima», llegan a balbucear. Hablan en términos supuestamente técnicos para revestir sus mentiras de un pretendido aroma científico, y tienen la orden de calificar de ignorante a todo aquel que se atreva a denunciar lo evidente.

En este asunto, como en tantos otros, el rey está desnudo, a la vista de todos. Y cada vez más señalan hacia esa desnudez. El hecho de que activen su maquinaria de propaganda y la pongan a pleno rendimiento es señal de la nula credibilidad del sistema. Cuanta menos gente los cree, más violentos se ponen. Acabarán solos, el del tiempo y ellos, gritando que ha llegado el apocalipsis climático, que no salgamos a la calle, mientras fuera todos disfrutamos de un plácido paseo.

Sin la intervención inicua de esta gente, probablemente seguiríamos viviendo una serena y fresca primavera. Suena verosímil, dentro de los vaivenes climáticos naturales que nos llegan dictados por el sol, que nos dirigimos hacia una glaciación. La cuestión no es ésa, sino que el calor está siendo usado por el poder para justificar un poco más de esclavitud. Pero esto no cuela más que entre quienes aplauden a las ocho, entre quienes miran hacia otro lado ante el crimen organizado que nos gobierna. Entre sus ciegos y sus cómplices.


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