Urdiales

Lo que ha ocurrido aquí, aunque inusual, es muy sencillo, a mi entender. Diego Urdiales ha abierto la puerta grande de Madrid. Por segunda vez en su carrera. Hasta ahí, bien. Podríamos considerar que sólo se trata de un torero que sale a hombros de Las Ventas. Se ha dado unas cuantas veces en esta Feria –dos matadores más lo han hecho, además de tres novilleros– y hay muchos visos de que vuelva a pasar, dado el ambiente triunfalista reinante y el criterio con el que se están concediendo algunos premios. A quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.

Barrunto que la lectura que se hará de este San Isidro se ceñirá a lo numérico: mayor número de abonados y de asistentes, mayor número de salidas a hombros, mayor número de orejas… Y, en ese sentido, efectivamente, el triunfo de Urdiales es una cifra que sumar a otras. Sin embargo, quedarse en esa consideración limitaría el juicio y nos conduciría a error. No, lo de Urdiales de ayer no es algo más, una cosa más, un número más. ¿Por qué? ¿No se trata acaso de otro torero cortando dos orejas, una y una, y saliendo a hombros? ¿Dónde está la diferencia?

La diferencia no está en el qué, sino en el cómo. Y no me refiero al modo de ejecutarlo. Hoy se retuercen las crónicas a la caza de adjetivos, de la carga valorativa, del adorno: se habla, como es habitual, de relojes parados, tiempos detenidos, monumentos y en ese plan. Y es evidente que el concierto que ofreció el de Arnedo con el capote, o el sentido de la lidia que desplegó, todo siempre a favor del toro, o la pureza con la que entró a matar resultan impactantes. Pero cuando hablo del cómo no me refiero a lo hecho en el ruedo, que vieron hasta quienes no quieren ver. La plaza de Madrid oscila entre la caverna y la taberna, en un péndulo fatal que parece escrito por Poe y que va desde la pretensión de que el mundo se adapte a una estrecha plantilla aprendida de memoria hasta la exaltación etílica sin sensatez. Pero ayer, entre la caverna y la taberna, ocurrió Urdiales. ¿Y ahora, qué?

No es el qué, insisto. Es el cómo. Él mismo lo dijo cuando acabó de pasear el segundo trofeo –debieron ser más–: «El camino es duro y parece equivocado, pero parece ser que no». Ahí está. El camino. El modo. El cómo. Lo explica a la perfección Paco Aguado: esto contiene técnica, estética y ética. Y en esos tres apartados, Urdiales está a la cabeza. Ayer quedó patente la segunda de estas circunstancias, sobreentendiendo la primera: cómo dar ese recital a la verónica sin haber hallado a fuerza de años la rotura, la antigüedad de las muñecas de Paula. Pero es la ética. El tercer pilar sostiene el edificio. El haberlo hecho a tu manera, sin plegarte, sin entrar a formar parte del río caudaloso, de la vía ancha, siguiendo el estrecho sendero por donde tanto cuesta todo y tan poca colaboración se encuentra. Respetándote. El pasado 12 de octubre la afición más joven vio a los maestros Curro Vázquez y César Rincón y descubrió unas estéticas, unos modos distintos. Ayer recibió otro baño de realidad. Se habla hoy de clasicismo, de que Urdiales enseñó el clasicismo a los jóvenes. No. Lo que les enseñó es a hacer las cosas bien. El cómo. Y recordemos que sólo se pueden hacer bien o mal. Es el matiz. La distinción. Más allá de ese echar y recoger los vuelos, de ese bailar sobre la arena –fíjense en sus zapatillas cada vez que se coloca– o más allá de los perfectos tiempos de ejecución en la estocada.

Lo que ocurrió ayer es el triunfo del hombre recto. Nada más. Y nada menos. Algo sencillo de entender, aunque inusual, como decía. Porque en un mundo de apariencias, simulaciones y mentiras, un señor criado a orillas del río Cidacos trajo la verdad. En tiempos de IA, Urdiales desarmó el tinglado entero con su torería. Vean si no la puerta grande, esa manera serena y gustosa de salir saludando, que parecía aquello un paso de Semana Santa andaluz. Si eso no es de maestro, nada lo es.

Sé que la honda emoción que siento por lo de ayer es egoísta: incluso la que siento por él. La que siento por el mundo, no: ésa es desprendida y generosa. Y es que el mundo hoy es un poco mejor, para bien de todos. Y lo es porque Diego ha señalado el camino: es duro y parece equivocado, pero no. El camino a un mundo mejor pasa por la técnica –sacrificio, entrega, trabajo–, pasa por la estética –la belleza frente a las grotescas fealdades impuestas por el sistema– y pasa por la ética –respeto, valores, integridad, verdad–. Es el camino de la dignidad. Parece equivocado, pero es el único. Y sí, qué cojones, disolvió el tiempo y meció el aire. Y a muchos nos hizo llorar, aún a esta hora, escribiendo. Por un momento, pareció existir la justicia. Y ese torear en silencio por soleares…


Publicado

en

por

Etiquetas: