Una imagen me ha impactado esta mañana mientras tomaba el primer café del día, y ha sido la del rostro del luchador Ilia Topuria siendo conducido, incapaz de sostenerse, tras ser derrotado por Justin Gaethje en los jardines de la Casa Blanca.
Supongo que el Matador, en esos momentos, simplemente no veía. Ni siquiera se podría asegurar que supiese dónde estaba, tras la lluvia de golpes encajados. Pero la mirada de Topuria sí que expresaba un hondo sentimiento. Son los suyos los ojos de alguien que contempla el abismo, lo increíble, lo inesperado: la caída. Después de diecisiete victorias, al fin conoció la derrota. Se enseñoreaba hasta esta noche el hispanogeorgiano de su condición de invicto, de no haber mordido el polvo jamás, de no haber sido nunca doblegado. No tengo ni idea de en qué consiste esta modalidad de lucha, ni de qué es la UFC, pero me parece llamativo que, sea cual sea la disciplina de la que se trate, alguien aspire a prolongar hasta un futuro retiro su racha de victorias. Y me llama la atención precisamente porque se trata de algo antinatural: ¿cómo pasar por la vida, por una vida de lucha, sin perder? Si lo que mayormente se hace es fracasar, si las victorias sólo llegan, por lo general, tras un largo aprendizaje en la derrota, en la espera, en la frustración, en la paciencia.
El vencedor de este combate, Justin Gaethje, llegaba con un palmarés en el que sumaba cinco derrotas en las treinta y dos peleas en las que había participado. Es decir: llegaba con una ventaja sobre Topuria, porque él sí conocía la condición de perdedor. Se conocía más a sí mismo y a la naturaleza de las cosas.
¿Cómo es no perder jamás? Algo iluso. ¿Y qué es vencer? Pues vencer es no rendirse, de entrada. Vivir con un propósito y no distraerse. Levantarte cada día subiéndote al cuadrilátero de lo cotidiano y fajarte contigo mismo para continuar aprendiendo, para no ceder ante los cantos de sirena del ego ni ante la provocación de ver cómo el sistema premia a quienes tienen peores condiciones que tú pero disfrutan de ventajas estratégicas por parentesco, amistad, influjo en los despachos o mera suerte. Vencer es aprender, aprenderse y superarse. Vencer es alcanzar el punto en el que ya no te mides con nadie más que con el tipo del espejo, que se cree tan listo, que te reta bravucón para ver si caes en sus provocaciones.
Y ese aprendizaje pasa también, y no en una medida menor, por la lección de la derrota. Entiendo que Topuria esté jodido. Que tardará en asimilar lo que le acaba de ocurrir. Pero con el tiempo comprenderá que una carrera invicta habría sido muy meritoria y fulgente pero que también le habría impedido conocer las enseñanzas que sólo brinda la derrota. Topuria, cuando se levante, podrá ser más imponente de lo que era. Más resistente. Mejor. En boxeo, eso sí me lo explicaron, aprender a perder puede arrastrarte al vicio de dejarte hacer, de dejarte llevar, de acomodarte y no seguir peleando. También la vida contiene esa corriente peligrosa: la de darse por vencido, la de bajar los brazos, la de dejar de luchar.
Pero la hondura te la da el asumir que el destino te ha destrozado la cara, que te ha dejado hecho un retrato cubista y que te ha cambiado el horóscopo de un directo. Ilia, Matador, has aprendido a perder. A partir de ahora sí puedes soñar con poseer la temible resistencia del junco, la fuerza que sólo ostentan quienes no temen a la derrota, puesto que ya han ennoviado con ella. Bienvenido a la victoria que sólo otorga el fracaso. Por fin puedes aspirar a ser un verdadero campeón.