El lunes llega como una tierra prometida después de varias jornadas consecutivas atrapadas en un domingo perpetuo. Habíamos caído en una zona pantanosa de festivos. Parecían haberse detenido los calendarios: todos los días eran el mismo; todas las horas, dispuestas en fila, clonadas. Todo el mundo fingiendo que no pasa nada. Haciendo como que todo va bien.
Se está agudizando la compulsión que se produce en la huida cada vez que se concatenan tres días de asueto. Y eso a pesar de que en las gasolineras hay que entrar con las manos en alto desde que la pregunta fetiche del latrocinio ya no es: ¿La bolsa o la vida?, sino: ¿Diésel o gasolina?
Pero se escapa, se escapa de lo cotidiano, del barrio, de la casa: de la propia vida. No sé adónde van los que se van. A los pueblos. A los sitios de autocaravanas, campers o como les llamen ahora. A los caminos. Lejos. Se escapa de una realidad que ha dejado de querernos, como una novia que perdió el interés en la relación y que, en vez de cortar por lo sano, se dedica a contaminar el ambiente, a discutir por bobadas, a endurecer el lenguaje, a hacer la cosa imposible. Eso es lo que ha pasado con la vida en España. Que nos ha dejado de querer.
Ayer se hablaba en la tertulia sobre la paradoja de que, en el momento de peores sueldos y expectativas, las terrazas sigan llenas de gente. La teoría aceptada fue la de que se está sufragando el alivio diario con el dinero que antes se destinaba al porvenir, a pagar la casa, a mantener la familia. Es decir: se está pagando el presente a costa del futuro. Y los jóvenes, concretamente ellos, a fuerza de quedarse sin futuro se han quedado también sin presente. Es decir: esas cervezas, lejos de ser signo de prosperidad, lo son de pobreza, pues quien paga a la ronda es la esperanza.
Claro que lo ideal sería poder pagarse el futuro y la cerveza. Pero no se puede tener todo: no cuando del sueldo de cada trabajador ha de salir en impuestos para pagar al político, al amigo del político, a los chiringuitos de la amiga del político, la pintura de colores para los bancos del parque, la vida de los millones a los que traen con la misión de que las condiciones empeoren aún más para el ganado…
El personal va tirando como puede. Pero los temas de conversación se acaban. El fútbol ya no tira tanto. Y quién va a hablar de viajes o de hacer planes. Los anuncios que nos saltan ya no son para que compremos el coche, sino para que lo vendamos.
Por eso, cualquier día, a la vuelta de un puente, no se volverá. Los que se marcharon se quedarán por ahí, perdidos, olvidados, desertando de una vida que los dejó de querer hace mucho. Como el que se fue a por tabaco y no volvió.
Cuando esto pase, ¿a quién le robarán en impuestos a diario? ¿Quién pagará la corrupción, el descaro, la inmoralidad farmacológica, la dictadura de las compañías energéticas, el adoctrinamiento en los medios de comunicación y los colegios, las paguitas, los machetes con los que se degüella a jovencitas o los gastos suntuarios de la mafia?
No sabemos qué pasará cuando Roma amanezca una mañana y los esclavos se hayan ido. Qué ocurrirá en Atenas cuando los que trabajan se dediquen a imitar a todos aquellos a los que ahora sostienen. Qué pasará en las plantaciones sureñas cuando los ejércitos de oprimidos abandonen los campos de algodón.
Dónde irán los que se vayan, si precisamente se marcharán huyendo de una tierra prometida en la que les aseguraron que manaba leche y miel y sólo quedan política y crimen, valga la redundancia. Cada vez resulta más milagroso, en fin, que el lunes reinicie la semana. A no tardar, uno de ellos amanecerá sin nadie que tire de él. Y la vida se preguntará por qué la han abandonado. Y todavía, manda cojones, habrá que explicárselo.