Tiempo íntimo

Caen ya muchas de las hojas de los árboles, rindiéndose al otoño en ciernes. Cicatrices ocres sobre los parques. La segunda quincena de agosto va anunciando un fin de fiesta veraniego, y su gran hallazgo es el del frescor matinal, pasadas las peores andanadas del calor. Salvo intervención de la geoingeniería criminal, damos por salvadas las semanas más temidas. Darse el gusto de bajar con chaqueta en el primer paseo matinal, una chaqueta justificada, supone una victoria casi moral para quienes detestamos los calores.

Parece que hace un mes que España ganó el Mundial, aunque haga una vida. Han pasado julio y gran parte de agosto entre viajes, libros, trajes de luces y todos los disgustos provocados por los gobernantes. Qué difícil es centrarse en lo importante, cuando desde el caserón de los señores feudales arrasan con las cosechas y los campos. Pero hubo logros de provecho: tres hermosas libretas de notas lo atestiguan.

No vi el eclipse, se me olvidó o estaba liado con algo de verdadero interés. Y si me preguntaran qué hice en el verano de 2026, serviría la misma respuesta que viene valiendo desde hace algunas temporadas, bastantes ya. Y eso creo que es señal de haber hallado una rutina correcta, un modo de vida sereno y en el que no caben grandes acontecimientos pero sí muchos pequeños y agudos placeres.

Y qué carajo, sí que supone un acontecimiento de altura haber encargado un nuevo libro de Borges, o que Tomás Angulo haya vuelto hondo y con sabor a los ruedos, o que Javier Baonza, amigo y editor, esté acumulando tanto por decirme, o preparar la charla con Ignacio acerca de Magnifica Humanitas, de Leon XIV. Y que el jueves que viene zarpa el Nautilus, qué emoción.

La columna de hoy, que ha ido filtrándose a sí misma, acaba encontrando ese tema: el del tiempo íntimo. Volvemos al mismo asunto: más allá de las precupaciones que desde los medios nos intentan imponer, está nuestro tiempo particular, propio, pleno de joyas secretas. Es decir: pasa el tiempo, pero pasamos nosotros también por él. ¿Y qué entregamos como resultado? ¿Cuántos talentos devolvemos? Conversaciones con Juan Antonio, en Santander, acerca de Ciorán. Una tarde soriana con el maestro Palomar en su pueblo. Un rosario de librerías visitadas en Huelva, Pontevedra y Gijón. Cada complicidad conseguida con la señora adolescente que heredará mi biblioteca para probablemente malvenderla. Más lecciones de paciencia impartidas por Yoda.

Me voy a la mañana del domingo, que viene fresca y en la que las urracas lanzan sus graznidos como antiguos vendedores de periódicos. «¡Extra, extra! –parecen decir– ¡Otro magnífico día para acumular virtud y conocimiento!» Quizá es el único titular posible. Hagamos caso a estos sabios animales.


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