The Animal

Mi hija me ha implorado que no lo haga. Que se moriría de vergüenza si sus amigos me vieran por redes. «Por favor, papá, que ya te han encontrado en X y leen tus columnas. Bastante tengo con eso ya».

Se trata de una idea que me ha surgido ante el convencimiento de que lo que está pasando con la música no es casual. Me refiero a la degradación de las canciones que se ofrecen desde el sistema. Incurre en lo generoso seguir llamando música a esos fraseos gangosos expresados de tal modo que resultan indistinguibles de los esfuerzos que llega a hacer una persona al evacuar. Pero admitamos que es música. Que podemos llamar música a esos productos prefabricados en el laboratorio de las discográficas e interpretados por supuestos cantantes cuyo único talento es emitir algo parecido a la berrea del ciervo en Jaén en otoño.

Tampoco entro en considerar la letra –pasemos también por conceder que lo que emplean constituye una letra–. Pero, llegados a este punto en el que lo grotesco reina en lo musical, y teniendo en cuenta que la cosa va a peor, ¿cuál puede ser el siguiente paso en ese descenso hacia la fealdad y lo ridículo? ¿Qué es lo próximo que pueden llegar a ofrecer a estas generaciones que jamás han escuchado música de verdad? Pues se me ha ocurrido, y ahí es donde mi hija tiembla aterrada, crear un personaje: The Animal. Un tío que en cada tema se mete en la piel de un animal y que sale en el vídeo con una máscara o simplemente con una camiseta en la que aparece la cabeza del animal en cuestión. Un elefante, un cochino, un perro, un lobo, un gato, un pavo… Y las canciones se limitarían a lanzar los sonidos propios de cada uno de ellos acompañados de una base rítmica sencilla, repetitiva, obsesiva, imbécil.

Barritaría el elefante, aderezado por una coreografía en la que se moviese el brazo emulando la trompa del paquidermo. Temazo del verano. El elefante sudante. ¡Brrrrriiiririrurururuururuuuuu…! Y con dos o tres fantoches detrás, el coro, siguiendo los movimientos al compás.

Gruñiría el cerdo, rebuscando trufas. El cochino divino. Aullaría el lobo, estirando el cuello hacia arriba y amenazando con dos terribles zarpas. El bolo del lobo. O un loro que insulta: el taco del pajarraco. Nada de letra. ¿Para qué? Es la culminación de la ausencia de mensaje. Encarnaría muy bien, además, la condición animal a la que nos desean encaminar para tratarnos como tales.

The Animal lo reventaría en redes. Dos semanas después, las televisiones descubrirían, como siempre con retraso, aquello que llevaba días en boca de la gente.

Yo lo veo. Estoy por tirar p’alante. Mi hija, dándose por perdida, me implora que, al menos, no salga con la cara descubierta, que haga lo de las máscaras para taparme. A mí no me daría vergüenza. Vergüenza me daría ser directivo de una discográfica y hacerme viejo recordando que fui uno de los culpables del reguetón, o como ahora se llamen esos ruidos que ofrecen.

No nos engañemos: la música de los ochenta ya era mala. Y luego vino OT, otra bazofia en la que unos cuantos se enriquecieron a cambio de esterilizar el talento. Desde Mozart y Beethoven y Mahler y el jazz y el flamenco y Ennio Morricone, la música ha seguido el mismo sendero de corrupción del resto del sistema. La única contestación posible, desde mi punto de vista, es la de acabar ladrándoles a la cara. Que sepan que nos hemos enterado de lo que pretenden: deformarlo todo hasta que no quede nada.

El gluglú del pavo podría ser glorioso. La tercera edad del pavo. ¿Qué? ¿Nos hacemos The Animal? Voy a registrarlo, hija. Que lo sepas. Pregunta a tus amigas, a ver si quieren salir haciendo los coros. Ellas, no sé. Los padres querrán fijo.


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