Tártaros

La vida es eso que ocurre mientras hacemos planes. Creo que recordar que la frase es de John Lennon, o que la he leído atribuida a él. La vida va pasando mientras proyectamos o recordamos, pero también mientras hacemos. Pero, ¿qué hacemos? ¿En qué ocupamos nuestros contados días? ¿Y qué ocurre cuando al filo del abismo que se abre ante el final, en ese momento en el que hay que dar el gran salto a la inexistencia –o al abandono de esta existencia–, hacemos cuentas?

Yo no lo sé todavía, me mostraré paciente, pero el novelista italiano Dino Buzzati nos dejó en El desierto de los tártaros (1940) una obra maestra y muchos indicios de por dónde van los tiros. Hago memoria y no doy con una historia que iguale a ésta en maestría a la hora de describir el acelerado sentimiento del paso del tiempo. El joven militar Giovanni Drogo es destinado a la Fortaleza Bastiani, donde pretende iniciar una carrera encaminada a los honores y la gloria. Al norte del bastión se abre la solitaria explanada de un desierto por el que se teme que avance el enemigo, y se menciona a los antiguos tártaros como posibes contrarios, de ahí el título de la novela. Drogo se desencanta nada más llegar. La Fortaleza no posee nada de heroico, ni allí parece que se pueda aspirar a protagonizar hazaña alguna. Nadie va a venir desde el norte. Su primer impulso es el de abandonar el destino, regresar a la ciudad y reencaminar sus pasos. Pero es joven. Considera el tiempo como inagotable o, al menos, suficientemente abundante como para no andarse con precipitaciones. Y ahí comienza el reloj sus cuentas. Los años van pasando, la novela se va acelerando. Drogo se hace mayor en la Fortaleza. Regresa a casa de vez en cuando en breves permisos. Buzzati maneja el ritmo interno de la narración con precisión de maestro. El amor no espera a Drogo. La familia, tampoco. El hogar al que vuelve de visita se va sintiendo como un lugar ajeno en el que no encaja. No queda lugar en el mundo para él más que la solitaria Fortaleza, en la que tantos dejan pasar la vida aguardando una nada.

Se siente el peso de las instituciones como hados impíos e irrebatibles, a lo Kafka. Drogo envejece. Cada vez más rápido, como la propia obra, que incrementa su velocidad e introduce al lector en un tobogán por el que se cae con vértigo creciente. Demasiado pronto, el protagonista ha traspasado los lindes de la juventud, y de la madurez, y alcanza la vejez, la caída del cuerpo. ¿Dónde está el joven personaje del primer capítulo? ¿De qué modo se le ha fugado la vitalidad? Son varios momentos muy concretos, muy sutiles y muy bien escritos aquellos donde Buzzati pisa el pedal y gasta la edad de Drogo. Resultan párrafos memorables, que saltan de la novela hacia el rostro del lector como saltó el alien a la cara de John Hurt.

Llega el final para el protagonista, que visualiza ese sentimiento de pérdida del tiempo propio que lo condujo a un ruinoso estado de enfermedad e invalidez. «Una vida equivocada», escribe el autor. La muerte llega de manera indigna, siendo retirado Drogo de su puesto cuando por fin acometía el enemigo y él podía aspirar a la gloria en la batalla. La muerte paraliza la cuenta atrás, abre los ojos, otorga consciencia. La muerte le revela que envejeció mal, que vivió mal, que esperar a los tártaros no tuvo sentido. ¿Y dónde quedaron los años? ¿Qué has hecho con tu tiempo, Giovanni Drogo? Él sonríe cuando en la habitación penetra como una brisa la de la guadaña, que viene a buscarlo. Y Buzzati no lo dice, pero sabemos que se trata de una sonrisa triste que, en todo caso, supone un alivio, porque libera de la carga de la vana esperanza, porque permite comprender, aunque tarde, que la vida fue eso que pasó mientras él proyectaba, recordaba, no hacía nada o hacía absurdamente. ¿Cuáles son nuestros tártaros? ¿Qué yermos desiertos estamos vigilando? ¿En qué estamos malgastando el precioso tiempo que se nos ha dado? ¿Es nuestra vida equivocada?


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