Sísifo

Algunos días la cosa no fluye. Has dormido mal o, para ser más preciso, poco. Porque te has desvelado en mitad de la noche, recordando sueños en los que se han mezclado algún amigo de antaño y una moto que no sé qué pintaba ahí, pues ni a mí me gustan las motos ni tengo pensamiento de hacerme motero a los cincuenta.

La cosa es que, como decía Bukowski, estás vacío, acabado, sin demasiadas opciones de ponerte al teclado y que salga algo decente. Él aconsejaba, en estos casos, no escribir. No hacerlo durante varios días. Y estar solo. Sin salir de casa, si era posible.

No sé, Hank. Hace frío en la amanecida de Valladolid, y viene el viento con susurros frescos que cuchichean sobre los secretos de los campos castellanos. La ciudad se prepara para sabadear. Pienso en los victorinos de esta tarde. Intento tirar del hilo. Pero el espejo me devuelve un rostro más propio de alguien que estuviese regresando de pasar toda la noche por ahí. Ah, qué tiempos…

Y me he acordado de que hace unos días escuché una entrevista que le hicieron a Aute a finales de los ochenta. La periodista que hablaba con él a duras penas ocultaba la pasión que sentía por su entrevistado. Y le hacía la siguiente observación: «Con la imagen de vago que transmites, cómo choca que hagas tantas cosas: discos, recitales, cine, exposiciones de pintura…». Y Aute, que reconocía abiertamente tener esa propensión a la vagancia, aseguraba que tanta producción creativa por su parte se originaba en el hecho de que él no tenía tiempo libre. No porque no contase con opciones de disfrutar de horas o días de asueto, sino porque no sabía qué hacer con el ocio. «En cuanto descanso, me empiezo a encontrar mal, me vienen dolores, no me aguanto ni yo, así que me pongo a escribir, a componer, a pintar… y ya se me pasa».

Si volviese don Eduardo Aute, le diría que a mí me pasa lo mismo. Que el placer y el deber se me han entrelazado, que mis múltiples obligaciones coinciden con mis múltiples recreos, y que, como dice el Marqués, me parezco al ginecólogo: trabajo donde otros disfrutan. Pero disfruto trabajando. Y si lo laboral conlleva por definición un modo de sacrificio, de tortura, entonces tiene razón el ganadero José Luis Lozano, que este verano me dijo: «El que disfruta con lo que hace tiene una bendición: ése nunca va a sentir que está trabajando».

Tiene razón, ganadero. Ojalá me hubiese dado tiempo a decírselo a Aute. O a lo mejor es una maldición del revés, la de un Sísifo que goza tanto empujando la piedra que, si le das un día libre, se pone a buscar cualquier otro peso que llevar ladera arriba.

¿Lo veis? Acaba la columna y ya me encuentro bien. Qué extraño es todo. Tendría que hacer caso a Bukowski, carajo. O pensarme lo de la moto.


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