Ayer recordaba de nuevo la sentencia de Paul Valery que tanto repetía Umbral: «La sintaxis es una facultad del alma». Perfecto, pero, ¿qué es la sintaxis? Porque, con ese nombre, bien podría aludir a un huesecillo de esos que rondan la espalda o la pelvis. «Mbappé se ha roto la sintaxis; tiene para cinco meses».
La sintaxis es, sencillamente, el orden. ¿Dónde va cada palabra? ¿Dónde debe ir situada? ¿Dónde se colocan las estructuras que conforman las oraciones, las partes del todo? Dónde van y por qué van ahí y no en cualquier otro lugar. Es decir: que la sintaxis exige comprensión, conocimiento, hasta cierto ramalazo de sabiduría.
Y claro: ahí está el alma. El alma de la escritura. De modo que escribir es elegir, descartar, ordenar. Escribir es quitar. Trufar de silencios y omisiones un relato que otro se llevaría a lo literal, que no a lo literario. Todos conocemos a personas que cuentan las historias insoportablemente mal. Que no saben omitir. Que intentan contártelo todo en el mismo orden en que ellos recuerdan que sucedió, y no como el relato lo pide para ser asimilado, para resultar atractivo, para que la narración sea eficaz.
El orden, el alma. El otro día nos maravillábamos en Valladolid, en el sitio de la sepia, junto a la Plaza Mayor, de que aquella gente funcionase tan bien. Una multitud atendida al punto, sin equivocaciones, con inmediatez, hasta con cierto gracejo. Había sintaxis en aquel local. Había alma. Todos sabían lo que tenían que hacer. Eran una maquinaria perfectamente engrasada. Admiré el orden y la armonía con que trabajaban. Los que venían conmigo se asombraron, y yo les expliqué que antes, hace veinticinco años, así eran todos los camareros y así era prácticamente en toda la hostelería. Y ellos se dieron cuenta entonces de qué quiero decir cuando digo que todo ha ido a peor.
En el barrio está el bar de Raúl. Raúl Ávila. Tiene muchas camareras, a las que a mí me gusta llamar las Chicas Raúl, como si fuesen Chicas Bond, o Chicas Hermida, o Chicas Almodóvar. Nicki, Emi, Dulce, Alejandra, Yelany, Paula, María… Hay sintaxis en ese sitio. Lo percibes porque Raúl no sólo sabe elegirlas –de dónde las sacará, parece que tiene una cantera de camareras–, sino que impone un orden. Su sola presencia hace que la rueda se active y no se detenga. Es un bar que funciona. No es fácil conseguir ese nivel de eficacia. Yo reflexiono mucho sobre estas cosas, intento aprender de quienes lo han conseguido. ¿Cómo se logra que las cosas marchen? ¿Por qué a unos les va bien y a otros no? ¿Qué hacen diferente? La sintaxis.
Escribir es quitar, descartar, borrar. Y colocar en orden. Y ese orden nos habla de nosotros mismos, de nuestra personalidad. Por eso los escritos oficiales resultan tan grotescos, porque no poseen alma. Y el desorden, la confusión, el sustituir una virtud por un defecto, ahí es por donde intentan colárnosla. Es una facultad del alma. Cada cosa en su sitio. Orden, coño, orden. Sintaxis. Sujeto, verbo, predicado.
Y luego, cuando dominas la sintaxis –no antes– cuando dominas la norma, puedes jugar con ella e incurrir en ciertas alteraciones. Y ahí ya ocurre la literatura, claro. Por eso es tan difícil, tan magnífica, tan milagrosa. Porque es una anomalía. Una hermosa rareza. Una oscura perla.