Septembrear

Qué cosas tiene septiembre, empeñado en que todo continúe. A su modo, es un mes cruel, al que no le importa quién se haya quedado atrás. El verano parece un cadáver bien enterrado al que, a estas alturas, nadie llora. Y eso que muchos le prometieron amor eterno. Pero ya sabemos que existen eternidades de una hora.

Reina septiembre, y brotan de nuevo los coches desde los manantiales de los aparcamientos subterráneos. Dice la RAE que escriba párquines. Y ahí están de nuevo los atascos, toda esa gente yendo a ningún sitio a la misma hora. Y las obras. Algunas hemos de entender que ya son perpetuas, que se van a quedar ahí para siempre. No recuerdo desde cuándo no hay obras en Atocha, o en el paseo de Extremadura, o en la esquina de mi casa.

Al sol le cuesta cada día más levantarse. Son las siete y media y sigue haciéndose el remolón, insistiendo en sus sueños. ¿Con qué sueña el sol cuando es de noche? Seguramente, con que se encuentra al otro lado del mundo, en la China, alumbrando multitudes.

Se apunta la gente a cursos. Y a los gimnasios. Y meten a los niños en todo tipo de extraescolares, no sea que a los chiquillos les quede una hora libre para jugar, eso nunca. Mientras, los padres se arraciman haciendo tiempo hasta y media. ¿Y de qué hablan? Estamos en unas semanas complicadas, porque ya es tarde para comentar dónde te fuiste en julio y agosto –con profusión de los diminutivos: playita, calorcito, solecito, cervecita, calita…– pero aún parece pronto para empezar a dar la turra con los puentes de otoño. La cosa es hablar de fugas. Fantasear con la huida. Todo menos habitar el presente. ¿Qué vas a hacer en Nochevieja?

Vuelve el otoño, al que están intentando retrasar mediante la manipulación climática, que es una teoría muy loca a pesar de tenerla delante, a simple vista, y de estar anunciada desde los años sesenta, cuando admitieron que «quien domina el clima domina el mundo». Pero la actualidad consiste en no ver lo que tienes delante y en creer lo más inverosímil. Ayer soltó alguien en el bar que «ha vuelto el covid», como quien se refiere a un cuñado que ya regresó del pueblo. Y lo mejor es que lo decía porque se había encontrado a otro con un trapo en la boca. Entre ellos se juntan y se meten miedo, sin saber que están cumpliendo órdenes. Probablemente, también repetía algo visto en la tele, esa fuente de inspiración. Y los mismos que creen las chaladuras inoculadas por el poder son quienes consideran una locura que los criminales al mando manipulen lo meteorológico. Pasen y vean.

Pero por eso septiembre es septiembre. Porque quiere que todo siga: lo malo, lo idiota, lo bueno, lo rutinario… Septiembre no concibe que llegue octubre. Pero yo sé que es septiembre porque va tocando el Zapato de Oro de Arnedo. Y la feria de Otoño de Madrid. Y recoger versos escritos en las hojas caídas. Ojalá existiera el verbo septembrear.


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