Durante el actual tiempo medio de retraso del tren podría uno escribir cientos de columnas, anotar libros enteros o ingresar en la cafetería para hartarse de comer alimentos de plástico pagados a precio de oro.
Se quejaba la buena de Mara esta mañana de sus habituales suplicios en el Cercanías de Cataluña, que no recuerdo cómo se llama, Rodalies o algo así, un nombre precioso, donde la cosa está aún peor que en el resto de España, que ya es decir. Creo que, concretamente, se refería a una línea internacional, R3, no sé.
Como en otras facetas, no asistimos a un problema puntual, sino a un desmantelamiento calculado con minuciosidad para que la red pública de trenes quede destrozada. Por supuesto, tú sigues pagándola como si te estuviesen llevando en palanquín varios porteadores descritos por Kipling, pero también eso pertenece a la trampa: pagas servicios carísimos y recibes un maltrato continuado: en los transportes, las infraestructuras, los servicios sociales o las denominadas tan alegre y engañosamente sanidad o educación.
De entrada, no debemos olvidar que desde finales de los años ochenta la red ferroviaria se empleó para parasitarnos, en una operación milmillonaria que consistió en sustituir las líneas del muy eficaz, veloz y cómodo Talgo por el AVE. No hacía falta. No hacía ninguna falta. El Talgo corría tanto o más que el AVE –llegaron a frenar Talgos para justificar el cambio y dar apariencia de avance–, pero claro, la cuestión radicaba en que en cada kilómetro de vía construida se perdían dinerales por el sumidero de la corrupción. También en este apartado debemos incluir el dejar sin funcionamiento estaciones céntricas por otras hechas en mitad de la nada pero que se situaban en terrenos previamente comprados como suelo rústico y después vendidos por grandes sumas de dinero a sus compinches en la Administración. Fueron todos culpables, como suele, y el marasmo se vendió propagandísticamente, también como es habitual, como un ejemplo de modernidad. Nada nuevo. Aplausos a las ocho.
El desastre actual consistió en liberalizar el servicio de ferrocarriles sin las debidas estimaciones –más de cien años tirando vías para entregarlas sabrá Dios a cambio de qué y de cuánto–. El resultado es una red sobrepoblada, con materiales que se fatigan y que, además, no se mantienen, ya que el montante destinado a ello también se volatiliza rumbo a los bolsillos de los de siempre, aunque esto conlleve accidentes mortales como el reciente de Adamuz, en Córdoba. Ya en 2013 la voracidad política generalizada provocó el desastre de la curva de Angrois, en Santiago de Compostela, del que aún se espera dolorosamente justicia.
La corrupción cuesta vidas. La corrupción mata. Pero no es el deseo de robar lo que motiva este colapso. Quien decreta el colapso está más arriba, y su objetivo es deshacernos como sociedad. Es en el siguiente paso cuando incluyen la avaricia como factor, pues basta con colocar al cargo de lo público a ladrones escogidos de los criaderos políticos –por tanto, ladrones profesionales– para que ellos, buscando por instinto sus intereses propios, obren el resto y disuelvan la estructura.
Y todo esto, no nos engañemos, lo sabe todo el mundo. No es ningún secreto. Se encuentra a la vista. Y eso, al menos, se agradece. Tenemos retraso, sí, pero como sociedad, presa de unos cuantos psicópatas y sus ejércitos de empleados.