Tras recorrer España de Pontevedra a Almería, desde Huelva hasta Gijón, desde Zamora a Teruel, los viajes de septiembre caen como un paseo de cercanías en torno a los parques aledaños a casa. Qué cerca parece Valladolid si lo comparo con las anteriores distancias. Me planto a orillas del Pisuerga en poco más de dos horas de carretera, escuchando el monográfico que Manolo Fernández dedica a Dolly Parton en el regreso de su nueva temporada de Radio con botas, el programa dedicado a la música americana. El bluegrass, el country, parece hecho para disfrutar en el camino, saludando montañas e hilvanando paisajes.
Pero llego con el tiempo justo para escribir una columna sobre la mujer e ir a ver la corrida de Victoriano del Río en el coso del Paseo de Zorrilla. Roca Rey extiende su imperio y Manuel Diosleguarde pugna por no quedarse atrás. Ambos salen a hombros de la plaza. Cuando eso ocurre, yo ya ando de regreso al hotel, dadas mis tempraneras costumbres.
De modo que, al despertar, siento Valladolid como una inminencia, como si yo no estuviese aquí todavía. Ahora, si amanece, será cuando eche a andar rumbo al centro, a la plaza mayor, a la catedral, a buscar librerías…
Esta vez he traído Un año de mi vida, de Delibes, porque cuando vengo a esta ciudad procuro acompañarme de Miguel Delibes o de Paco Umbral. Leerlos en Campo Grande, ese Retiro vallisoletano, me hace sentir cómplice con ellos, cercano, como si luego uno fuese a escribir mejor, o con la precisión y la maestría de Delibes o con la exuberancia barroca y de sintaxis vegetal umbraliana.
Siente Valladolid una pasión por el agua. Con el Esgueva, el Pisuerga y el Canal de Castilla. Me gusta ver las orillas del río. Soy tan de río. Ayer, cuando crucé hacia la plaza de toros, vi a una joven sentada en el pilar de uno de los puentes. Miraba el agua pasar, camino a sus sueños atlánticos, y quizá a su vez la chica soñaba que era agua y que a ella le esperaba también un destino fecundo e inspirador como el Duero.
Si dices Valladolid dices vino. Y caminar. Y fantasear con que estas mujeres son las nietas de Concha Velasco. Y piensas que ésta es otra de esas ciudades de tamaño sensato en las que jubilarse a hacer vida de señor paseante y anotador de lo cotidiano. A lo mejor, uno de esos señores tan estudiados que discuten entre ellos acerca del origen del término Pucela. Dicen que si Juana de Arco, que si una empresa de cementos italiana… No sé. A mí me gusta la teoría que propuso el historiador Celso Almunia, que alude a esa afición vallisoletana por el agua: como si la ciudad estuviese en una poza, entre sus ríos. Poza. Pozuela. Pucela.
Meseta, Castilla, llanuras, trigo, cereal, cielo alto y castigador. Ha amanecido ya, creo. Voy a mirarlo. Me voy a Valladolid.