Estoy escuchando a la semana salir del cascarón, golpeteando al amanecer con su pico afilado de ave prehistórica. Son los sonidos de la inminencia del lunes, que me llegan hasta aquí, hasta el teclado, en forma de despertadores, de primeros coches y de bostezos de vecinos que parecen salir, no de los sueños, sino de las catacumbas.
Dicen que los lunes ya no son lo que eran, que con lo del teletrabajo y el paro y la paguita ya no se forman los atascos de antes, cuando el inicio de la mañana suponía un Muro de Berlín que separaba el ocio del trabajo. O un Muro de las Lamentaciones, con el currito retornando a sus tareas entre sollozos y pensando que el siguiente viernes jamás llegaría.
Todo eso se ha acabado. El mundo laboral ha alcanzado el precipicio. Ahora muchos planean dejar de trabajar, en cuanto puedan. Asisten a la masiva entrega de sus impuestos a gente que no contribuye o a los políticos, que directamente se lo quedan, y cada vez más personal, claro, se siente robado, estafado. Se ha perdido el sentido de continuar esforzándose, porque el resultado de la tenacidad es hurtado mientras que se recompensa la inacción. Conozco algún profesional bien puesto que tiene decidido abandonar la empresa en la que lleva veinte años y limitarse a vivir de las ayudas, «como hace todo el mundo, ahora en cuanto nos quitemos lo de la hipoteca».
No hay motivos para seguir tirando del carro, cuando el carro somos cuatro y cada vez hay más gente subida al remolque. Ése es el sentir generalizado. Evidentemente, a esto no se llega de un día para otro, sino tras un largo proceso, de décadas, cuidadosamente planificado. Y otra vez, antes de que salga el sol y nos ilumine con su luz bendita de lunes, hemos de recordar el jaleo que solemos hacernos con las causas y los efectos. Porque se extiende como un rumor la decisión de dejar de madrugar, y el objetivo es no mantenerse en el absurdo de seguir matándose para sólo alcanzar a pagar impuestos, gasolinas, multas, zonas ZBE, chiringuitos ideológicos, pagas de los demás, barra libre sanitaria universal, el sueldo del político y de su prima y de su tío el que no tiene oficio, así como la crianza de los niños de aquellos a los que traen desde otros continentes –ya que tú no has tenido niños porque para tenerlos había que contar con ese dinero que te quitan para criar a los hijos de los que vienen–. Puede parecer un trabalenguas de Cantinflas, pero estoy seguro de que la totalidad de los lectores han leído y comprendido la última frase del tirón.
Lo que nos debe dar tiempo a decir antes de que se el sol se alce sobre el edificio de enfrente y penetre en la biblioteca y se acabe esta columna es que todo se halla planeado. El objetivo primordial del globalismo es acabar con la libertad del ganado. Y la libertad se consigue con dinero. Quitándote el dinero y obligándote a vivir del pienso que te eche el Estado se acabó toda opción de desobediencia. Y la vía más rápida para que aceptes este sistema inicuo es convertir en inviable la opción de ganar dinero de tu trabajo. Que te obligues a ponerte en la fila de los menesterosos. Que cada gota de sudor tuyo no merezca la pena. Que te gane la desgana. Que comprendas que trabajar es una estafa y que, para que te lo roben y encima se rían de ti manteniendo con lo que te roban a otros que van a vivir mejor que tú, que trabaje otro.
Por lo visto, en la universidad están así también, con los estudiantes concluyendo que ir a esas clases no les aporta nada, según leí ayer. Lo que está habiendo es una deserción masiva del sistema. Un bajarse. Un entender que esto se está derrumbando y que es mejor que no nos pillen debajo los cascotes.
¿Entonces, la solución es ponerse a la cola y que el ganadero nos eche el pienso estatal para mantenernos en la mera subsistencia? Eso están fomentando, en efecto.
Pero qué distinto sería si encontrásemos el modo de trabajar y evitar que los esclavos de los amos del cortijo nos robasen. Si lográsemos que nuestro esfuerzo siguiera valiendo la pena. Y que rendirse no tuviera sentido. Y que se murieran de hambre ellos, los culpables de todo esto y sus colaboracionistas, no nosotros y nuestros hijos –los que tuvimos y los que no tuvimos, que diría Aute–. Amaneció. Ha bajado el sol hasta las manos que escriben. Por fin es lunes. A trabajar.