Hombre y mujer, de mediana edad, quizá de la mía, rondando la cincuentena. Ella, bien presentada, descuidada en cuanto a aderezos y complementos: sólo el móvil le parecía importante. Él, con un panamá que dejó sobre la parte libre de la mesa. Ambos guapos, pero no con esa guapeza llamativa e impactante a primera vista, sino con la del buen vino: cuanto más los mirabas, mejor te parecían, hasta revelarse como inevitables.
No eran pareja. Quizá lo fueron hace décadas durante algunas horas. Pero se querían. Se hablaban con respeto y con mucho amor, amor del bueno, del que no se encuentra a expensas de caer desmoronado por un mensaje equivocado en el WhatsApp. Por lo que pude colegir, ambos estaban casados por su cuenta, con hijos, con profesiones liberales, y ambos críticos con todo, hasta consigo mismos.
Comer solo en un buen restaurante tiene ventajas cuando superas ese incómodo momento inicial en el que el resto de comensales te mira con lástima por entender que si estás solo es porque tu vida va mal. Pero a mí, la otra tarde, me vino bien, entre las gildas de entrante y el pulpo sobre magnífico puré de patatas, en Matices, de Juanma Zamorano, en Cáceres, un sitio que me habían recomendado quienes no suelen errar el tiro.
Con mi vino tinto, mis charlas con los camareros y mis pensamientos dedicados a lo que estoy escribiendo ahora, que me ocupa íntegramente. Pero no pude evitar escuchar la conversación de la mesa de al lado, que me pareció jugosísima y que me tentó muchas veces para levantarme, sumarme e inmiscuirme en el asunto. Al parecer, ella, rubia y completa, cincuentona y apetecible como un jamón del bueno, mantenía un romance con un señor de otra ciudad situada a varias horas. Él, que me recordó en lo físico a un Cortázar afilado por el Greco, la escuchaba relatar acerca de ese tira y afloja que la mujer mantenía con el amante. Él masticaba las gildas, el daba tientos a la cerveza y escuchaba, escuchaba, escuchaba, eso que muchas mujeres dicen que no hacen los hombres. Por fin, cuando ella acabó de verter sus quejas, que se basaban en el hecho de que el amado distante no daba el paso para comprometerse más, el tipo se pasó cuidadosamente la servilleta por la boca y se lanzó. Me recordó a un mecánico que dicta sentencia una vez analizado el motor del coche que le han traído. Intentaré condensar lo que le escuché; qué lástima que no estuve rápido y no accioné la grabadora del móvil a tiempo.
«Los señores somos paleolíticos. Salimos a cazar. Nuestra misión es garantizar que haya ciervos en la cueva. En el amor, actuamos conforme a ese patrón. Nos abrimos al mundo, escogemos presa y nos lanzamos a la captura. A vosotras, en cambio, os rige un gen neolítico: sois el terreno, el cultivo, la paciencia, el tiempo, la palabra, el diálogo. Tú estás molesta porque le has otorgado a él el privilegio de entrar en tu territorio, de penetrar en el sembrado. Y no entiendes que ahora él quiera estar entrar y saliendo. ¿Cómo no valora el don recibido? Él, en cambio, no siente más que el peligro de quedar inválido, preso de ti, carente de libertad. Mantendrá su interés por ti en tanto en cuanto vea amenazada la captura. Pero si la tiene garantizada, lo único que percibirá en tu cercanía es una cosa: problemas. ¿Le vas a dar problemas? Las más tías problemáticas son las que afirman que ellas no causarán molestias. El simple aviso activa la huida del señor, al que el gen ya no le urge tanto con esa edad y que, en todo caso, tiene otras cazas a su disposición, siempre que haya envejecido sin engordar, medianamente con pelo y con capacidad para pagar una cena y para mantener una conversación lógica».
La señora abrió unos grandes ojos azules con los que miraba al tipo como quien mira a quien le está revelando al fín el código de Matrix. Le dio la razón en todo, y añadió: «Pero, ¿por qué no me dice él eso tan fácil como tú me lo estás diciendo? Porque es absolutamente verdad todo». Y el otro añadió: «Pobre hombre. Él ni siquiera sospecha nada de lo que te acabo de decir. Sólo tiene miedo». Y pidió más cerveza.
Yo salí de allí intentando disimular que no pegaba la oreja a cuanto ellos decían. Luego, por la noche, hay que ver las casualidades, los volví a encontrar en una terraza de Cáceres, en Los siete jardines. Hablaban entonces de literatura. Entendí que no acabaron juntos esa noche porque ninguno habría soportado tanta verdad paleolítica. Prudente, me retiré temprano, sabiendo que tenía una columna hecha. Mi caza.