Sigue susurrándome el maestro Battiato frases suyas, que continúan revelándose como clarificadoras en este extraño sindiós que habitamos. «Se quiere otra vida», canta en los ochenta, supongo que inspirado por los años que pasó en Milán. Habla de días perdidos en tareas ingratas, de transportes públicos que tardan, de atascos en los que se va el poco tiempo libre que dejan las obligaciones. Y asegura el sabio italiano que no sirven tranquilizantes ni terapias.
Mucha gente quiere otra vida. No está contenta con la suya. El casado anhela la soltería. El soltero busca pareja. Pero unos y otros se sienten solos. La soledad cotiza al alza. Para un escritor, es la materia prima con la que construir lo suyo. Y aun así, cuesta. No imagino lo que debe de ser afrontar tantos días solitarios para alguien que no cuente con la suerte de esa otra existencia añadida que suponen las letras. El que trabaja detesta su labor. El ocioso se aburre. El que se ha ido de vacaciones siente que el tiempo se le derrama y que se queda sin él, con el regreso a la rutina a la vuelta de la esquina como una amenaza que se va agigantando a cada hora y hasta el momento final del retorno. Ocurren síndromes postvacacionales y angustias en la corta noche estival. El que no soporta el calor está deseando que acabe septiembre. El que ama el verano considera que éste es muy corto. Se quiere otra vida.
De lo que hablamos, en el fondo, es de insatisfacción. El adolescente es el insatisfecho por excelencia, por eso nada le viene bien, salvo parapetarse tras el grupo de amigos, todos como él, disconformes. Proviene de la infancia, donde al menos todo aparenta estar hecho, fácil, claro. Y se enfrenta a un horizonte que se abre incierto y sin señalizar. La sociedad actual es una sociedad adolescente. Ha perdido la inocencia del niño y no ha alcanzado la claridad del adulto. La sociedad al completo: esto incluye a todas las edades. Hay gente de cincuenta o sesenta que permanece en esa adolescencia perenne que no parece que vaya a superar.
No es casual. Desde los altos poderes se ha fomentado esa actitud. Una masa insatisfecha es fácil de manejar, mucho más si se encuentra triste, perdida y asustada.
Pero, ¿qué otra vida se quiere? Ahí está la cosa. No se sabe. Lo único que se sabe es que lo que hay no te gusta. «¿Y a ti qué es lo que te gusta?», preguntaría mi tía Araceli, en una duda que es un puñal.
El problema no es que no se quiera esta vida, sino que no se tiene claro cuál se quiere. Por eso es imposible alcanzarla, por ignota. Nos topamos otra vez con el propósito, por lo tanto. El novillero o el torero que torea poco sabe que quiere ser figura del toreo. El escritor se lanza sobre el teclado para encontrar literatura en lo que ha vivido. El que se apunta a las juventudes de un partido político sabe que quiere vivir del crimen y a costa de los demás. Tienen un propósito estas personas. Podrán alcanzarlo o no, pero al menos dotarán de sentido a su existencia.
¿Se quiere otra vida? Pues claro. Quién va a querer vivir esta bazofia que ofrece la oficialidad. Pero nadie te va a proporcionar otra vida distinta, mejor y plena, si antes tú, querido amigo, no te pones a la tarea. No te lo digo a ti, en concreto: nos lo digo a todos. Y es que, a lo mejor, el único sentido es encontrar el sentido.