Y entonces, se recoge el año sobre sí mismo, se retira a las zonas de negrura, se aparta de la luz, se viste de oscuridad, y sucede noviembre.
Se agazapa en la etimología su condición de noveno mes, como un embarazo, dando a luz a la penumbra. Se quiebran las paredes entre los mundos, como cuando explota una pompa de jabón y revela que la membrana era frágil o ilusoria, y entonces escuchamos la voz de los que se han ido. Florecen las sepulturas como en un mayo inverso, y los futuros muertos acuden para recordar a los antiguos vivos.
Se queda el Tenorio indeciso, sin saber si amar a doña Inés o a la muerte, quizá sospechando que son la misma mujer. Se encienden los soles de las chimeneas, en un anticipo del invierno, porque noviembre es más invierno que aquellos meses que ostentan tal condición. Y dan ganas de que fuera todo se detenga para que dentro, desde este lado, crepiten los troncos ardientes y las llamas de la hoguera retomen los relatos ancestrales, los que se llevan contando desde antes de que los primeros empezasen a soñar la ficción.
Releen los ancianos los libros de su infancia. Los niños se distraen siguiendo el ovillo que juguetea con el gato. Las abuelas hacen pestiños, otorgando a las tardes el olor del vino caliente mezclado con pellizcos de matalahúva. Puede que llueva. Puede que el viento frío aúlle advirtiendo de espectros descabezados que perdieron los sesos intentando aprobar una oposición. Puede que los árboles se vayan desnudando para hacer el amor con el frío.
Noviembre convoca a su legión de oficios tradicionales, aunque cada año le cueste más hallar a quienes cubran los puestos de castañas. Llama a los armarios para que los abrigos abandonen su hibernación. Prepara la intimidad para que en ella quepa todo el teatro del mundo y las esposas vuelvan a ser las novias de sus maridos y éstos recuerden la ternura y el deseo y la luz indirecta sobre la lencería.
Puede que los insectos se hayan retirado a sus palacios subterráneos, cansados de las labores monumentales de la supervivencia. Puede que las noches prematuras enciendan los escaparates, dejando una actividad intensa bajo las farolas. Puede que se cierre la puerta de la calle antes de tiempo, abandonadas las terrazas donde la tertulia ya agotó todas sus posibilidades. Puede que se invente ahora el brasero, la enagüilla, la familia. Puede que la carne bajo las mantas se sorprenda de encontrar más hambre ahora que en verano, y que ello la agrade íntimamente, y que entonces se dé con más verdad que en junio. Puede que las bibliotecas reciban a los tomos más andariegos como hijos pródigos de regreso al refugio de las estanterias, y que les hayan preservado su hueco, como una madre que mantiene impoluto el cuarto del hijo que se marchó.
Noviembre no dormita ni se muere. Noviembre es la vida reflexionándose, satisfecha de lo conseguido, habiendo superado la batalla del calor y de los desamores de septiembre. Noviembre es reencontrarse con las alfombras, con la convivencia en casa, con los espejos. Es un beso de los de siempre. Es el beso frío del año. Pero beso.