Te pareces al polvo que se acumula en la biblioteca. Eres una fina capa que nos va cayendo silenciosa, discreta, y por eso mismo eficaz. Nostalgia: dolor por hallarse lejos. ¿Lejos de qué? De la patria, afirman los diccionarios. De los parientes. De los amigos. Pero me temo que todo eso no son más que argucias tuyas, que consensuaste con los académicos para disimular la verdad: la única nostalgia es la del tiempo.
Nostalgia del olor a joven en la carne de tus padres. Y de los juegos inaugurales, cuando todo se encontraba recién pintado por las primeras ceras de colores. Y de los niños con los que jugamos a correr y al balón y a pelear, todos esos a los que hemos ido asesinando año a año, incluido el niño propio.
Nos dejas hacer vida común, ocuparnos de la compra y de los miedos y de lo que piensan los demás. Pero, felina como eres, aguardas tu momento, en el silencio de media tarde, cuando el sol entra al salón para juguetear con el perro y con la geometría. Y entonces, indefensos, no podemos evitar que le susurres al corazón. Y le hablas del olor de las mañanas de aquellos veranos que han quedado fusionados en uno solo, como si la infancia hubiese consistido en un eterno agosto poblado de ferias y de regalos. Y le cuentas otra vez los cuentos sin los cuales te negabas a comer. Y recuerdas a qué sabían aquellas habichuelas y los filetes y los plátanos de entonces. E imitas el sonido de las aguas del río, donde los abuelos se sentaban en la orilla con sus nietos habiendo tenido la precaución de llevar agua fresca en dos botellas. Y haces, nostalgia, tan bien tu trabajo, que al rato el que evoca acaba añorando incluso la botella que, como el abuelo, acabó extraviada en una doblez del calendario.
Te unes al paseo cuando vamos por el centro de Madrid, más certera que la sombra. Y a pesar de la monstruosidad en la que una banda compuesta por alcaldes, arquitectos y chamanes está convirtiendo a la capital, tú ves más allá de lo que hay. Cuando joven uno buscaba las calles descritas por Galdós. Ahora, sencillamente, uno ve a don Benito asomado a los escaparates de comercios que ya no existen. No están las tiendas, son todo cadenas que venden plástico. Pero sí está Galdós. Y eso es, también, una forma tuya, nostalgia. Una forma enajenada, caprichosa, un alarde. Una forma de echar de menos un tiempo que no vivimos.
Nos dueles por la lejanía del tiempo que se marchó. Y quizá tampoco sea eso. Nos dueles por la escasez, por la finitud del tiempo venidero. ¿Sienten nostalgia los inmortales, condenados a una inasumible acumulación de pasado? ¿Se puede añorar lo malo, o solamente las caricias y el sudor del adolescente salvaje que fingía urbanidad? ¿Se puede añorar lo que casi fue, lo que a punto estuvimos de alcanzar en un abrazo que nunca dimos?
Te pareces al sedimento del fondo de los mares, donde se congregan los naufragios y las conchas, ambos sorprendidos entre sí. Vas tejiendo tu tapiz con el hilo de recuerdos descartados que se nos fueron cayendo. Pero tú los recoges, como recogen a los gatos ciertas viejas solitarias y nostálgicas de los hijos que no concibieron, y con ellos confeccionas una manta que, en vez de abrigarnos, nos estremece.
Y nos haces dudar, nostalgia, en un precario equilibrio, entre despeñarnos hacia la melancolía y el dolor y la derrota o virar hacia la sonrisa al reconocer la voz de los que se fueron y que vuelven para decirnos que sigamos, que no hagamos caso, que echar de menos el tiempo no es más que una forma tonta de perder más tiempo.
Sé de tus artimañas, nostalgia. Sé que sabes desvelarnos tras el sueño en el que nos has llevado de vuelta al tiempo en el que la única nostalgia que sentíamos era por el porvenir. Eres más sutil que la tristeza. Encarnas la duda de no saber a qué se deben las lágrimas. A qué sabrá el amanecer.