Momentos

Éste es el mejor momento del día, exclamas. Y sueltas un hondo suspiro que mezcla el alivio, la satisfacción y una punzada de intenso gozo infantil. Supongo que los años te enseñan a distinguir cuál es ese instante tan placentero y a considerarlo irrenunciable.

No sé por qué hace poco salió este asunto en la tertulia, y cada uno tiró para lo suyo. Se dieron ciertas coincidencias. Obtuvo partidarios eso de alcanzar el sofá por la noche, con todo ya hecho, y tumbarse en señal de que se acabó, de que quedas liberado de toda carga. Otros tiraron para lo gastronómico, o para el primer café de la mañana antes de echarse a los caminos, o para el aseo, con el agua arrastrando preocupaciones.

Yo, la verdad, no supe con qué quedarme. Y no por falta de mejores momentos del día, sino precisamente por lo contrario. Tú es que tienes muchos mejores momentos, me dijo una tertuliana. Sí, tienes razón, amiga, le contesté. Pero no supo cuántos, porque yo mismo empecé a enumerarlos y pronto perdí la cuenta.

De entrada, he de admitir que se va acentuando en mí la tendencia hacia la mañana, al amanecer. No sé si se debe a la edad o a que durante tantos años he madrugado mucho para salir pronto e ir al trabajo. Digo pronto, y me refiero a las cuatro o las cinco de la mañana. Ahora me sigo levantando antes de que amanezca, pero cada vez me desagrada más salir rápido a la calle. Amaneceres lentos. Pensándoselo todo dos y tres veces. Escritura lúcida inicial. Tomarle el pulso al día, a lo que tenemos por delante, en ocasiones con tantas y tan diferentes tareas… Como se escribe por la mañana, no se escribe luego, cuando el mundo te ha ido exigiendo que gastes los comodines que tenías reservados para la jugada diaria. Por eso, durante un tiempo estuve levantándome a las cuatro y diez, para escribir al menos durante una hora antes de ir a la redacción: al regresar de esa jungla, notaba que mi cabeza se la habían quedado ellos, y nada podía ofrecer yo al papel. Así escribí Sherlock Holmes y el misterio de las voces húngaras, precisamente, la última novela que hemos publicado en Ediciones Evohé.

El mejor momento del día. El despertar. Recordar aún los sueños antes de que la vigilia los evapore. Examinar el radar y que no te aparezcan en él hijos de puta habituales. La ducha, como una lluvia íntima que te va arrancando los malos presagios y te deja presentable para el espejo y para todos aquellos con los que te cruzarás. Pasear con Yoda, redescubriendo cada rincón, porque él vive como si todo lo experimentase por primera vez, y ahí tenemos un ejemplo del que aprender. Ver a la niña ir a clase, con la esperanza de que regrese sin que los planes de estudio y sus ejecutores le hayan calado, todo ese adoctrinamiento criminal. Contemplar el tráfico desde la ventana y que no nos alcance ese atasco. Ordenar el barco antes de zarpar de nuevo: dejar la cama hecha, los platos limpios, todo ordenado y sin rastro de nosotros, como le cuadra a cualquier conocedor de Pitágoras: qué paz.

El momento del paseíllo, en cualquier plaza, cuando uno siente que el mejor sitio donde se puede estar es ahí, viendo cómo siguen a los alguaciles los matadores y sus cuadrillas, y los monosabios, y los areneros, y las mulillas… El momento en el que se sale de la plaza, que contiene algo de descarga, de final, de culminación. Sentarse con un amigo y pedir lo de siempre –aunque nunca hayamos estado en ese bar– y darse a una buena conversación sobre cosas importantes: el soneto, la risa, los animales fantásticos… La primavera emergiendo en cada golpe de tacón femenino: donde pisan ciertas botas no vuelve a brotar el hastío. El sol del atardecer, si nos permite una buena caminata, a ser posible echándonos a los senderos de arena. Ir a comprar, como el que va de caza, premeditando las más jugosas piezas de ternera o perpetrando un guiso con enjundia. Abrir el libro nuevo y olerlo, inspirando la cosecha de las palabras. Hacer lo mismo con el libro viejo. Anotar una lectura más en el bibliograma. Desertar del mundo, dejar que corra en círculos, con una libreta de notas en la que ir apuntando, sin nostalgia, cuántos mejores momentos se fueron ya hacia el estuario del ayer, cuando a este listado sumábamos otros tantos que ahora, ay, sólo nos llegan en forma de melancólica sonrisa. Y terminar de escribir, ya sabéis, cuando uno queda escrito y parece que ha conseguido algo. Y soñar. Y hacer. Y no hacer. Y volver a empezar.


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