Me alegro

Ayer me llegaron noticias respecto a un individuo concreto; obviaremos su nombre, su identidad, su calvicie. Eran noticias negativas que hablan de desgracia, de una caída, de un revés inesperado que lo ha quitado de la circulación durante un tiempo, ya veremos si definitivamente o no.

Se trata de un mal tipo. Creo que he conocido a pocos cuya miseria moral alcance cotas mayores. Si acaso, uno de mi pueblo, que también es una prenda. Habría que arrojarlos a los dos juntos a una piscina de barro para comprobar cuál prevalece.

Pero no va esta columna de contar su historia –poco interesante, me parece, como el resto de él–. Va de un sentimiento impulsivo, intuitivo, instantáneo. El de la alegría. Cuando ayer me dieron razón de este señor del que hablo y me informaron de la mala etapa que atraviesa, mi primera reacción fue decir lo típico: «Es un hijo de mil padres, pero bueno, no me alegro de lo que le pasa». Sin embargo, detuve el carro de la lengua, y a mi interlocutor, buen amigo, le expliqué lo que sentía: «Te iba a decir que no me alegro pero es mentira. Sí que me alegro de que a ese tipejo le ocurran desgracias».

Me alegro. Cómo no me voy a alegrar de que exista la justicia poética, de que el azar o el destino den en la tecla por una vez y se ensañen contra quien tienen que hacerlo. Estamos hartos de ver que gente buena pecha con lo malo. De que lo malo siempre le pase a los buenos. De que los más viles se salgan con la suya.

A mí no me da ni me quita el hecho de que a este individuo el tiempo le haya propinado un directo en todo el mentón y lo haya tumbado sobre la lona. Hace años tuve que soportar su existencia. Ya no. Fui agraciado con un viraje de timón y con el regalo de mi indiferencia hacia él. Lo quité del radar, como dice mi buen Miqui. «Procura que en tu radar no aparezca cada mañana el mismo hijo de puta». Puedo tropezar con alguno, como le ocurre a todo el mundo, pero de un modo ocasional. No estoy obligado a ese castigo diario.

Añado que no creo que mi alegría o mi pena respecto a lo que le ha ocurrido al tipo influya nada en sus asuntos. A ese bicho le irá mal, regular o bien independientemente de lo que yo considere, me alegre o me entristezca. Mi alegría, en todo caso, puede a su vez ser miserable –aportando de este modo yo mi propia miseria moral, supongo–. Pero qué le vamos a hacer: sí me alegro, insisto, de que a ese encaste de humanos los hados le tuerzan el gesto.

Ojalá pudiésemos celebrar cada día, a la que cae la tarde, que nos llegasen noticias sobre lo mal que les va a todos esos que hacen la vida difícil a otros. Yo mismo descorcharía la botella para que brindásemos, sin sentimiento de culpa alguno, para que entrechocásemos nuestras copas a la salud de las víctimas. ¿Cómo no me voy a alegrar de que caiga un mentiroso, un trepa, un ladrón, un murmurador, un criticón por la espalda, un cobarde, un incapaz, un ser traicionero y abyecto, un aprovechado, un lameculos, un pelota, un lamentable ejemplar de la especie?

Sé que toca decir que no te alegras, para añadir después algo así como «bueno, lo tiene merecido aunque yo no me alegre». Y esa consideración, en el fondo, es una manifestación del gozo callado, disimulado, que sentimos cuando cae un canalla. En la dicotomía que se suele presentar entre qué es peor, si un malvado o un idiota, siempre hemos de recordar que lo más frecuente es que ambas características se presenten a la vez. El miserable aúna ambas. Y es el más dañino de todos los contrarios con los que nos topamos.

Ave, amigos lectores, un vil ha descarrilado. Uno menos. No. No acaba la columna preguntándose si es legítimo este sentimiento de alegría. Ni excusándose. Ni con figuras retóricas tras las que ocultarse. Acaba con alegría. Porque sí: me alegro. ¿Acaso no se nota la sonrisa que me adorna mientras escribo?


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