Manolete

Parece la plaza de Córdoba, el Coso de los Califas, un salón de bodas al que no llegaran los novios. El calor seco se enseñorea del recinto mientras el cielo es surcado por aviones que dejan tras de sí una película de metales pesados con el objetivo de secar el ambiente y aumentar la temperatura. Bajo ese manto, la tarde da comienzo.

La banda ataca los primeros y solemnes compases del pasodoble de Manolete. Veo entonces a un tipo que está solo en el tendido y que reacciona automáticamente. En cuanto escucha los acordes, se pone en pie, se lleva la mano al corazón y mira hacia la banda, a la que saluda con el dorso de la mano, con un gesto muy taurino. Compruebo que el señor, de mediana edad, no presta mucha atención al paseíllo de los rejoneadores, sino que mira hacia el cielo, ese mismo cielo firmado por las estelas químicas, aunque no creo que esté fijándose en eso. Por un momento, temo que me descubra espiándolo, escrutándolo, pero no existe tal riesgo, porque se encuentra arrobado, metido en sí mismo, ajeno a todo lo que no sea el sentimiento que le produce la música. Le sobramos todos, colijo. Está a solas. Mira hacia el cielo, entiendo al fin, porque mira hacia Manolete, o hacia donde él cree que se encuentra Manolete, que también asiste a la corrida.

Comento con el periodista Javier Mardomingo, amigo y colega, que en Córdoba, por el aspecto, no puedes deducir qué joven es novillero y cuál no. Porque todos lo parecen: tan espigados, tan formales, con sus chaquetas, pese al calor. Peinados para salir en los carteles. Las mujeres son tan guapas y van tan bien puestas que ya no sabe uno si son guapas porque son cordobesas o si se realiza una selección previa y sólo se puede nacer cordobesa si se viene guapa.

Pero el tipo, el manoletista, ahí sigue. Antes de romper el paseíllo se interpreta el Himno de España y, entonces sí, toda la plaza se pone en pie. Al finalizar la pieza, tras una breve pausa, la banda retoma el pasodoble de Manolete. Y el tipo en cuestión, que había hecho amago de sentarse tras el himno nacional, escucha que retoman el pasodoble y vuelve a ponerse de pie, se lleva de nuevo la mano al corazón y regresa a su pose hierática, presentando sus respetos a los cielos.

A lo largo del festejo, voy echándole vistazos, como catas ocasionales. Está solo, tan quieto como Manolete lo estuvo delante del toro. No bebe. Sólo fuma de vez en cuando. No aplaude. No hace gestos. Es un ciprés manoletista, vertical, silencioso, con gesto serio digno de aparecer en el diccionario junto a la definición de estoicismo.

Suenan los olés de vez en cuando. Comentamos Mardomingo y yo el hecho de que cada plaza contenga una voz peculiar y única. Frente al olé multitudinario e incontestable de Madrid, o al olé alegre malagueño, o al olé flamenco de Jerez, en Córdoba suena grave, hondo, de un golpe, como la voz de un profesor mayor que ni siquiera cuando te felicita sonríe. Tiene mucho valor ese olé. Quisiera uno escuchar algo así mientras escribe, al rematar felizmente una frase, al hallar el adjetivo justo o al haber logrado mantener la frescura de la sintaxis.

Acaba el festejo. Nada más doblar el sexto, el tipo se levanta y se marcha el primero. No sabría decir si se ha aburrido, si se le ha hecho larga la tarde, si ha pensado mientras tanto en sus cosas o si ha estado manteniendo una profunda conversación con Manolete. Pero se va, y mientras lo veo perderse rumbo al día siguiente, reflexiono sobre el mutismo amanoletado de ese hombre y descubro en mí un deseo de entrevistarlo, de preguntarle a ese silencio suyo.


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