Lunes

Hoy quise que me traspasara el día. Hoy quise escribir para la tarde. Atravesar las horas, recorrer nuevas veredas, senderos de regreso. Reconquistar el salón, el pasillo, la biblioteca. Saludar a los de siempre. Reincidir en el mismo vino en el mismo lugar y con los mismos amigos. Volver. Y, sólo entonces, abrir la página en blanco y comprobar qué ocurría.

Pero no lo he conseguido. He fracasado en mi intento. No pude evitar que la columna se escribiese a sí misma antes del alba.

Comenzó mi lunes antes, mientras las tuberías del hotel iban despertando a los más madrugadores. Me ofrecieron los serenos las llaves del oriente para que abriese yo la cerradura de la mañana. Desperté a los despertadores. Vi a la noche llevarse los rescoldos de la semana anterior, ya perteneciente a un pasado tan remoto como lo más lejano. Las últimas horas del domingo, las de anoche, ya se encuentran más cerca de la Guerra de las Galias o de Colón plantándose en América que de mí.

De modo que ahora, ya escrito, tendré que acometer todas las rutinas sabiendo que, de alguna manera, ya han sido vividas, anticipadas por la palabra.

Yo quise ir masticando despacio lo que he visto. Las peregrinaciones a los cinco domicilios que conoció Delibes, todos en torno a Campo Grande. El eco de su pensamiento, cuando afirmó que cada vez le hacían hablar más y que él cada vez tenía menos que decir. El mareo que sintió al leer Relato de un náufrago, de García Márquez, alabando la capacidad del colombiano. Qué inusual encontrar un escritor que reconozca y loe la calidad de un coetáneo. Qué inusual la honestidad.

Quise conducir en silencio, rodando sobre el pensamiento de Córdoba 1925. ¿De dónde han brotado todas esas erratas que no estaban en versiones anteriores?

Recordar la torería de Aarón Palacio saliendo de la cara de los victorinos, que me impresionó y me hizo pensar: nos enredamos en el juicio acerca de las generaciones que vienen, pero olvidamos que siempre surgen individuos que no pertenecen a generación alguna, sino que cumplen su propio destino, tan sólo pendientes de un propósito. ¿Cómo podemos incurrir en tal descuido, si eso lo hemos vivido en primera persona?

En fin, como decía, que quise escribir para la tarde. Que quise demorar que sucediese la escritura. Fracasé. Ahora se me queda un día libre, podemos decir, un día tan sólo dedicado a las labores inmediatas. Un lunes despojado de intenciones, un mero lunes. Va siendo hora de que nos llueva el otoño, empapándonos de hojas secas.


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