Los talentos

Lo que aprende uno todos los días. Y eso aprendido se puede aplicar en cualquier ámbito, y no necesariamente en aquel que te ha brindado el conocimiento en cuestión.

Digo esto a raíz de un pensamiento que me lleva rondando toda la mañana y que me surge tras haber estado ayer en el coso de San Roque de Pontevedra, donde Diego Urdiales hizo el paseíllo por primera vez en su vida –a pocos días de cumplir los veintiocho años de alternativa, qué significativo en muchos sentidos es que queden cosas nuevas por hacer–. Se acarteló junto a Sebastián Castella y a Daniel Luque, con reses de Alcurrucén.

A priori, sus dos toros resultaron imposibles. Tras los primeros tercios, quién iba a apostar por que esos animales acabasen embistiendo y prestándose en la muleta. Falto de fuerza su primero, perdió las manos varias veces y acabó mirando hacia las tablas, buscando una salida de la pelea. Su segundo, sin entrega, a la defensiva, de viaje corto y sin contenido.

Desde el burladero, tomando notas, yo veía a Urdiales enfrentarse a la dificultad de un lote con tan escasas posibilidades y me fijaba en su respuesta ante la adversidad. ¿Cómo respondió el diestro, de verde y oro, ante estos problemas? Haciendo las cosas bien. Colocación, distancias, trazo, todo medido, el toque justo o sin toque, paciencia, imprimir ritmo donde no lo había. No aceleró, no procuró ansioso la ligazón por la ligazón, que es lo que muchos en el tendido hubiesen deseado, sino que dibujó uno a uno los muletazos e insufló ánimo –o sea, alma– a una obra de entrada impensable. Dos estocadas –la primera, de segundas–. ¿Oreja merecida? A tenor de lo visto, ¿cómo no premiar a quien hace manar agua en el desierto?

Y recordé entonces la parábola de los talentos, de Cristo, en la que el amo entrega distintas cantidades de capital a tres esclavos y luego les pide cuentas de lo que han alcanzado merced a ellas. ¿Qué has hecho con lo que se te ha dado, con lo que has recibido en responsabilidad? El resultado se mide en función de la materia prima de la que se parte. Qué fácil hubiese sido para Urdiales buscar excusas o escenificar que de aquellos toros no se podía sacar más. Paradójicamente, aquel que mejora lo que recibe hace mejor lo recibido, y precisamente por ello corre el riesgo de ser juzgado él mismo de menos. Quien, por contra, pongamos por caso, recibe algo mejor pero lo empeora con su acción –imaginemos un inicio de faena inapropiado y que quebrante al toro, inutilizándolo– quizá parezca haber estado por encima de su contrario. Es injusto, pero es así.

Pero la pregunta no es ésa, sino: ¿qué has hecho con lo que se te ha encomendado? ¿Qué has hecho, criatura, con los talentos que te di? ¿Los has mejorado, gracias a tu buen hacer, a tu oficio, a tu arte? ¿O los has desperdiciado?

El talento era una antigua medida, pero también es una cualidad del alma. Alguien talentoso no busca excusas, busca la excelencia. Y no se vende de cara a la galería, sino que procura obrar conforme a como sabe que ha de obrar. Y todo esto que uno aprende en una plaza de toros vale fuera del coso. Ojalá se aprendiese en las escuelas. Ojalá supiésemos, como sabe Urdiales, mejorar lo recibido.


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